Patricia Gutiérrez-Otero

Las Ferias del Libro alrededor del mundo se han vuelto espacios en que las casas editoriales ofrecen, negocian y venden sus productos a otros empresarios que los compran para comercializarlos. El libro es un producto que entra en el esquema del negocio. Las editoriales y las librerías saben lo que vende y lo que no vende. Los nombres y títulos que ya tienen un capital que los respalda y los que no lo tienen, pero que vale la pena lanzar. El tamaño de los volúmenes según su público meta. Los riesgos que vale la pena correr y aquellos que hay que dejar pasar. Sin embargo, la Feria del Libro de la Universidad de Guadalajara (la FIL) ha hecho de este evento comercial uno cultural de gran envergadura donde escritores y público se dan cita y quiebran con su presencia lo prosaico del intercambio lucrativo.
Aunque no son el único lugar donde se da el encuentro entre el autor y su lector, pues normalmente se hacen presentaciones de libros, lecturas de autor u otros acontecimientos que los acercan, en las ferias la exuberancia crea un aura particular para aquellos que gustan de mostrar su trabajo y aquellos que gustan de encontrar al casi siempre mítico escritor o escritora que alguna vez le robó el sueño. En este sentido vale la pena acudir y vivir esta experiencia alguna vez, sin que necesariamente la feria se vuelva el lugar sagrado que canoniza a quien acude a ella como autor o autora.
Este año la FIL tiene como país invitado al controvertido Estado de Israel. No hablamos aquí de la respetabilísima y digna religión judía, sino del Estado fundado en 1948, tras la Segunda Guerra Mundial, en el territorio ocupado por los ingleses y en el que habitaban los palestinos. En el imaginario popular judío e israelí se mezclan de tal manera que es difícil saber si un autor judío es un autor israelí, lo que estrictamente hablando no lo es. Tampoco es cierto que todo israelí sea sionista. La complejidad del Estado de Israel es tan grande como la pequeñez de su superficie, veinte mil kilómetros cuadrados aproximadamente, lo que en sí podría dar como resultado que hubiese escritores israelís católicos o musulmanes; o hasta escritores judíos que no viven en Israel, pero que se consideren israelís o hasta sionistas. Aunque dos son las lenguas oficiales, el hebreo y el árabe, nos sorprendería agradablemente si el Estado de Israel llevara libros en este segundo idioma y autores de la religión musulmana.
Por la manera tan altamente criticable en que el Estado de Israel ha manejado la situación de los palestinos, por sus repetidos oídos sordos a las peticiones de las Naciones Unidas en esta materia, no puedo dejar de señalar que agradezco que venga a México a inaugurar la FIL 2013 el presidente Shimon Peres, quien tiene una postura más moderada, y no el primer ministro Benjamin Netanyahú cuya animadversión hacia los palestinos alcanza niveles indignos de lo mejor de la tradición judía.
Para cerrar quiero reconocer el amor y pasión que me despiertan muchísimos pensadores y escritores de raíz judía, de muchos países, de muchas épocas, comenzando por su Torá, sus Profetas y sus Escritos. Shalom a Palestina Israel. Shalom a Israel. Shalom a México.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos en manos privadas.

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