A contracorriente

Moriré aferrado al escritorio

René Avilés Fabila

Así como he cumplido cincuenta años como escritor y periodista, he llegado a esa pavorosa cifra en tanto profesor universitario. Hace tiempo recibí la invitación a jubilarme. Me molestó. Recibiría como pensión unos 17 mil pesos mensuales. Un taxista gana más y no tiene tantos libros publicados como yo ni ha dado clases en licenciatura y doctorado, mucho menos ha titulado al número de jóvenes que han estado bajo mi responsabilidad desde hace varias décadas. Así que no puedo jubilarme, moriré aferrado al escritorio.

Tampoco estoy preocupado por mi jubilación. El tema lo traigo a colación porque leí las cifras que el gobierno les asigna a los que han presidido el país. Según un dato publicado, en lo que va de 2013, los expresidentes han recibido unos 41 millones de pesos. La nota explicaba que Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, acaso por ricos, renunciaron a la pensión vitalicia, pero siguen aceptando fuertes apoyos para mantener sus respectivos equipos de trabajo y seguridad. De todos, Felipe Calderón es quien más dinero recibe, seguido por Luis Echeverría y el inefable Vicente Fox, a pesar del buen dinero que obtiene del extraño organismo que creó desde el poder.

Felipe Calderón imparte clases en Harvard, tal vez por ello reciba más recursos, sus escoltas deben estar mejor vestidos y hablar inglés. ¿Qué dirá en sus clases, sus alumnos lo toman en serio o algo peor, qué sucederá con el prestigio académico de tal institución? Conozco multitud de universitarios que jamás tomarían un curso suyo ni asistirían a una conferencia dictada por el exmandatario.

Antes, los expresidentes solían acabar discretamente sus vidas, no había más cargos que buscar luego de gobernar México. Pero ahora llegan jóvenes y así concluyen, de tal suerte que muchos tratan de hallar trabajo en el país o en el extranjero. Zedillo, por ejemplo, es empleado de empresas trasnacionales. Consideremos que el exmandatario posee información privilegiada y dudo de que tenga escrúpulos para entregársela (uso su propia terminología) a los malosos. ¿Hará otro tanto Carlos Salinas que, aparte de una inteligencia aguda, tiene información más precisa y contactos importantes en México? Me dicen que suele asesorar a figuras importantes del extranjero.

Lo que resulta ofensivo para muchos es la cantidad de dinero que reciben tales políticos cuando ya hicieron negocios al amparo del poder y obtuvieron amplias sumas de gastos de representación. Lo señalo porque, gracias a la reforma fiscal, las mayorías estamos ofendidos, todos, menos la clase política y aquéllos que saben evadir el fisco.

Debo jubilarme, no sólo porque necesito concentrarme en la literatura sino porque la universidad necesita profesores jóvenes, con nuevas tesis y modelos educativos, que manejen por fluidez las nuevas tecnologías. Pero aquí hay dos problemas. Los viejos moriremos en el cargo y los nuevos tampoco son los mejores, con los sueldos de la universidad pública, aunque tengan doctorado. Si son de alto rango, buscarán grandes salarios en el gobierno y en las grandes empresas nacionales o extranjeras.

Hay formas inteligentes de llevar a cabo una reforma fiscal, lejos de la que hicieron los actuales legisladores, una que no agreda a nadie. Pero ésa pasa por un sistema culto, inteligente y sobre todo honesto. Y nosotros carecemos justamente de eso.

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