REFLEXIONES CONSTITUCIONALES
La diplomacia mexicana no debe cejar en sus intentos
Alfredo Ríos Camarena
Después de los incidentes internacionales que protagonizaron Vicente Fox y Hugo Chávez, se deterioraron las relaciones bilaterales México-Venezuela, lo cual es lamentable, pues se trata de naciones latinoamericanas con muchos denominadores comunes; entre otros, los productores más importantes de petróleo en la región.
Recientemente el canciller José Antonio Meade se reunió con el secretario de Relaciones Exteriores de Venezuela; hubo intercambio de embajadores y todo indicaba que la relación bilateral, a partir de la asistencia del presidente Peña Nieto a los funerales de Hugo Chávez, se había reconstruido en los términos más amistosos.
Sin embargo, el pasado 4 de noviembre, se informó que una nave mexicana había violado el espacio aéreo venezolano y que fue destruida en Apure, región cercana a la frontera colombiana. Al principio, la noticia pareció horrenda, pues por las informaciones y los videos que se pasaron con la aeronave Hawker 25, matrícula XBMGM, nos hicieron pensar que había sido derribada por la fuerza aérea venezolana que encabeza Vladimir Padrino López. Esto hubiera sido absolutamente violatorio a los protocolos firmados por ambas naciones y que establecen las reglas que se deben seguir en esos casos; a esta información alarmista, se hicieron declaraciones del presidente Maduro en las que dijo que este avión estaba full de cocaína, por supuesto, sin dar ninguna prueba al respecto. Lo más intrigante de este misterioso avión son sus irregulares planes de vuelo, la falsificación de las licencias —según se informó— de los pilotos y, más aún, el escándalo que produjo alguna información filtrada o inventada que señaló que uno de los pasajeros era el hoy súper buscado Rafael Caro Quintero.
El secretario de Gobernación ha estado informando sobre este tema, y el de Relaciones, por la vía diplomática, requiriendo mayor precisión en este asunto. La Cámara de Senadores está solicitando aclaraciones sobre este tema. No se sabe cuántos pasajeros iban; se dice que sólo iban tres y que los demás, que se supone estaban en el avión, habían descendido en las Antillas Holandesas. Mientras tanto el supuesto dueño, Jorge Salazar Ochoa, no aparece.
Esta misteriosa anécdota puede tener más importancia de lo que parece, no sólo porque, a querer o no, modificará las relaciones con Venezuela, sino también porque deja abierta una incógnita más sobre el tráfico de drogas y los carteles.
El presidente Maduro manifestó su malestar por la solicitud del gobierno de México y repitió que el avión estaba cargado de cocaína Se equivoca el presidente venezolano, lo que está requiriendo nuestro gobierno es, a todas luces, justificado jurídicamente; ni defiende narcotraficantes, ni discute la soberanía venezolana; lo que precisa la diplomacia mexicana es información; ¿cuáles son las pruebas de que estaba cargado de droga; dónde están los peritajes, las fotografías; cuáles fueron los protocolos seguidos para inmovilizar la aeronave y, sobre todo, dónde están sus tripulantes?
México tiene el deber y el derecho de exigir una respuesta, en el marco del derecho internacional y del respeto entre países amigos.
En este tema, es probable que estemos ante la punta de un iceberg de cuestiones delicadas en materia de delincuencia organizada.
La diplomacia mexicana no debe cejar en sus intentos. La misteriosa historia del avión derribado debe tener respuestas lógicas y legales que permitan, una vez más, reconstruir la relación cordial con la patria de Bolívar a la que nos une cultura, historia y aspiraciones comunes.
