Gerardo Yong

Si hay un país en el mundo que hizo de la población el mejor recurso natural para lograr el desarrollo, ese es Singapur. No se trata de petróleo, bosques o minería, sólo creer en su gente y en su capacidad para hacer bien las cosas a través del compromiso colectivo y, sobre todo, una pieza clave: la educación.

En pocos años, Singapur se convirtió en uno de los más importantes puertos de Asia, aunque su notable avance quedó suspendido en 1942, tras la ocupación del ejército imperial japonés en la Segunda Guerra Mundial. Al término de ésta, fue incorporado a Malasia como colonia británica.

Naciendo en la adversidad

En 1965, Singapur se independizó del dominio inglés. Su nacimiento se dio en momentos muy difíciles por la falta de recursos naturales. Sólo contaban con la estratégica posición del puerto de Singapur, el cual domina una de las principales vías marítimas de Asia, el Sureste Asiático y el Mar Indico; es la ruta obligada de los buques que quieren alcanzar occidente.

El primer ministro Lee Kwan Yew, considerado como el padre de la patria, trazó unificó a su pueblo en torno a un único camino: la modernización a ultranza a través de la eficiencia de recursos humanos. Un plan que lo tendrían que realizar solos, porque carecían del apoyo de sus vecinos, quienes incluso consideraban que aportarle cualquier tipo de ayuda sería condenado a un fracaso rotundo. Nadie apostó por su futuro. Se dice que las autoridades de Malasia, país con que comparte fronteras, llegaron a decir que absorber a Singapur, sólo les traería más pobreza.

“No contábamos con nada, salvo con nuestra gente. Se puede decir que no teníamos oro, hidrocarburos o grandes bosques, pero teníamos un valioso pueblo que decidió someterse al plan de desarrollo ideado por nuestras autoridades. Eso fue el inicio del cambio”, afirmó S. Iswaran, ministro de Estado para el Comercio e Industria y de Educación de Singapur.

Singapur creó opciones para captar inversiones a fin de contar con los fondos necesarios para iniciar una gran cruzada por la infraestructura, en la que se construirían edificios, hoteles, zonas urbanas y todo que fuera posible para colocar al país como uno de los centros manufactureros más importantes, apoyado por una impresionante capacidad de logística que facilitaba a las naciones de la región, una red de distribución de alto rendimiento y eficiencia. En resumidas cuentas, Singapur había iniciado el proceso para convertirse en una empresa rentable de 712 kilómetros de extensión.

Embarcados en la educación

El esfuerzo invertido por su población se vio recompensado. Para los años ochenta, contaba con modernos rascacielos y edificios que se convertían en el símbolo de la bonanza económica. A su vez, la educación se estableció como base primordial de una población que sabía que sin ella no tendría más posibilidad de sobresalir en un mundo cada vez más competitivo y agresivo comercialmente.

La capacitación laboral quedó consolidada como la herramienta fundamental para mejorar los recursos humanos en sectores estratégicos como servicios financieros y turísticos, transporte, logística y manufacturero.

Tras haber formado una enorme platilla de recursos humanos altamente capacitados en universidades extranjeras, principalmente de Estados Unidos y Gran Bretaña, Singapur inició su despegue como potencia tecnológica en los 80, al crear una infraestructura portuaria con la que, en poco tiempo, logró competir contra firmas marítimas japonesas y sudcoreanas. A escasos quince años de haber iniciado su camino independiente, nadie podía parar el desarrollo económico de Singapur.

Una cultura para los negocios

El plan de Lee para proveer capacitación a su pueblo empezó decretando el inglés como la lengua oficial para el trabajo y los negocios; esta ventaja abrió las puertas al capital extranjero, principalmente británico, cuyo modelo educativo fue implantado en las escuelas. Mientras empresas como General Electric consideraban a Singapur como un paraíso para la fabricación, distribución y exportación de sus electrodomésticos, Lee sólo veía más empleos para su gente, mejor preparada, y la consolidación de una economía interna más sana.

Todo éxito económico debe ser acompañado por un sustento político. La mano firme de las autoridades dejó en claro que el país asiático podía ser más sólido económicamente y convertirse en un pueblo confiable para sus socios extranjeros, quienes podían llevar sus inversiones con la seguridad de que sus capitales podían rendir frutos sin riesgos. Algo destacable en la política anticrimen de Singapur es el juicio por corrupción contra políticos, funcionarios o autoridades que hacen uso de su poder en favor de intereses propios. Los servidores públicos están sometidos a un riguroso reglamento que les impide buscar su provecho personal. Prueba de ello es que a ministros, directores de oficinas, diplomáticos y otros funcionarios se les asigna una sola partida económica, que incluye su sueldo durante todo el periodo que dure su administración. Si éstos lo agotan antes, deberán cubrir con sus propios recursos los gastos que generen al término de su administración.

Gobernando en buena compañía

En este sentido, el buen gobierno fue la clave para el éxito de Singapur. Desde un inicio, Lee Kwan Yew había dejado en claro que su equipo de trabajo debía comprometerse en una sola meta: hacer sobresalir a Singapur del resto de los países de la zona. Eso implicó crear y dirigir un grupo de servidores públicos profesionales encargados de implantar las políticas del modelo de desarrollo, tales como un buen sistema de educación, políticas proempresariales y otras más que hicieron de ese país asiático, un lugar muy atractivo para el capital foráneo. A este modelo se le conoció como el Sistema Tripartita, el cual se caracterizó porque logró unir tanto al gobierno, sindicatos y trabajadores y perfilarlos como un solo equipo. “El sistema de planeación está enfocado en periodos de 10 a 15 años con metas que deben cumplirse a toda costa. Este compromiso sólo se puede lograr con un pueblo que tiene buena educación, un buen nivel de compromiso y la necesidad de avanzar hacia un proyecto de nación como propio”, destacó S. Iswaran, ministro de Estado para el Comercio e Industria y de Educación.

Capacitación, escalera al desarrollo

La década de los setenta se caracterizó por ser la piedra angular en la que las autoridades decretaron que la educación llegaría a cada uno de los habitantes, para hacerlos productivos. Nadie en Singapur puede darse el lujo de ser flojo.

Algo que ejemplifica muy bien este caso es la siguiente anécdota, referida por un político parlamentario: “Una vez mi hijo me comentó que no quería seguir en la escuela y que deseaba ingresar a la academia de Policía”. Le pregunté: “¿Cómo esperas lograrlo?” El me dijo: “Ayúdame, tú eres un político influyente”. Le respondí: “No haría eso con una institución que ha luchado por dar el mismo trato para todos los demás”.

Esta fase permitió a Singapur edificar las bases de su industria secundaria, es decir, el sector manufacturero, catapultar las exportaciones y ofrecer servicios financieros confiables que atrajeron la inversión de sectores estratégicos como firmas electrónicas, banca y seguradoras internacionales y de logística.

El plan de capacitación permitió proyectar servicios de alta calidad en el sector de logística con su puerto, el segundo más importante del mundo, después del de Rotterdam, Holanda, y con el Aeropuerto Internacional Changi que, desde su inauguración en 1981, ha mantenido una excelente imagen en cuanto a servicios ofrecidos por éste, lo que le ha valido 280 premios en el período 1997-2007 y 19 preseas al mejor aeropuerto en el 2007.

El actual plan estratégico diseñado a 10 ó 15 años calcula que en 2015 el 70 por ciento de la población mundial vivirá en ciudades, las cuales requerirán de servicios muy diversos, desde economías verdes, hasta casas inteligentes e infraestructura industrial eficiente y ellos quieren estar presentes a través de socios que ofrezcan un puente sólido en el subcontinente latinoamericano.