Ricardo Muñoz Munguía
La labor periodística, primero, de Elena Poniatowska (París, 1932), marcaba un rumbo en México. Su quehacer, el de escribir empujada en buena parte por lo que es el periodismo, se enfrentó hasta hacerlo parte suya, de eso está construida también la voz narrativa de Poniatowska. Se asoma a la realidad, ve a fondo, y sus maravillosas crónicas son prueba de ello, así como su manera de ondear la bandera del feminismo, de destacar a mujeres heroínas, de los que vivieron la matanza del 68 o la tragedia del temblor de 1985. Octavio Paz, en un ensayo que le dedica al libro La noche de Tlatelolco enmarca lo que el trabajo de Poniatowska representaba: “No es una interpretación de esos acontecimientos (la matanza de estudiantes en 1968). Es algo mejor que una teoría o una hipótesis: un extraordinario reportaje o, como ella dice, un collage de ‘testimonios de historia oral’. Crónica histórica pero antes de que la historia enfríe y las palabras se vuelvan documento escrito./ Para el cronista de una época saber oír no es menos sino más importante que saber escribir. Mejor dicho: el arte de escribir implica dominar antes el arte de oír”. Una postura que la escritora mexicana le ha sido fiel a lo que ve de la realidad, por ello sus entrevistas ofrecen un valioso recorrido por el México que ella se encontró. De esa labor nos relató la autora del libro de crónicas Nada, nadie. Las voces del temblor, de los volúmenes de cuentos De noche vienes y Tlapalería, de las biografías noveladas Tinísima, maravillosa obra sobre Tina Modotti y Leonora (Carrington) y, por supuesto, de sus novelas Hasta no verte, Jesús mío, La “Flor de lis” y Paseo de la Reforma, entre otros libros, nos dijo: “Para mí la escritura es un oficio, oficio que ejerzo desde 1953. Entonces el hecho de ser periodista a mí me ayuda muchísimo porque en este oficio no te puedes poner tus moños: escribes porque escribes. Hay días buenos, hay días mejores aún, hay días que de plano todo te sale bien y hay días que todo te sale de la patada; y a pesar de todo uno debe continuar. También en la creación se aprende a escribir a partir de la premura, del poco tiempo, al menos eso es lo que yo hago; para mí es muy difícil que me tire de panza o que me rasque el ombligo a esperar a ver a qué hora se me ocurre una idea para empezar a escribir. Nunca he sido así porque esa no es mi naturaleza ni ha sido así mi entrenamiento, mi entrenamiento es el periodismo. Por ello mismo a veces digo qué lástima, este artículo hubiera sido mejor si hubiera tenido tiempo para trabajarlo o si le hubiera dado algunas vueltas o lo hubiera guardado unos tres días en el cajón, en fin. Pero ahí está el jefe de redacción encima de uno, casi en la espalda, diciendo ‘apúrate, apúrate, apúrate, ya eres la última, ya todo el mundo entregó’”. Una labor, la de escribir, que le ha sido reconocida con muchos premios como el Mazatlán de Literatura, el Nacional de Periodismo de México, el Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura, el Rómulo Gallegos, y de doctorados honoris que le han otorgado: UNAM, Manhattanville College, Universidad de París VIII Vincennes-Saint-Denis, entre otras universidades del país y de otras naciones.
Este año 2013 se anuncia que la ganadora del Premio Cervantes es Elena Poniatowska, la cuarta de los mexicanos en recibir el galardón; le antecedieron Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco. El dinero del premio que recibirá el próximo 23 de abril de 2014 en la Universidad de Alcalá de Henares por el rey Juan Carlos, anunció Poniatowska que será destinado a una fundación con su nombre. Este año también se cumplen seis décadas que Poniatowska ejerce el periodismo. En el 2014 se cumplirán sesenta años de Lilus Kikus, su primer libro.
Recientemente apareció el volumen La palabra contra el silencio. Elena Poniatowska ante la crítica (Editorial ERA / Dirección de Literatura UNAM, México, 2013; 595 pp.), se trata de una compilación que llevaron a cabo Nora Erro-Peralta (Florida Atlantic University) y Magdalena Maiz-Peña (Davidson College), autores también del prólogo a este libro tan completo por los artículos recogidos, que agrupan a cerca de cuarenta autores en cuatro secciones, ello son, por mencionar a algunos: en “Perfil de la escritora en su obra”: José Joaquín Blanco, Sergio Pitol, Juan Rulfo, Sara Sefchovich, Carlos Monsiváis, Sara Poot Herrera y Margo Glantz; en “La pasión por México y el oficio de escribir”: Yvette Jiménez de Báez, Juan Bruce-Novoa, Luis H. Peña, Deborah Shaw y Bell Gale Chevigny; en la tercera parte “Geografías testimoniales e imaginarios culturales”: Héctor Manjarrez, Rosario Ferré, Magdalena Perkowska, Amy K, Kaminsky e Irma M. López; y en la última parte “Tocando la piel de la historia de su país”: Cynthia Steele, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Juan G. Gelpí, y Judy G. Gelpí. Un libro en el que abundan sobre la obra que se apega a la personalidad de Poniatowska, como se menciona en el prólogo: “Obra que en su documentación del México contemporáneo sedimenta una narrativa a conciencia, comprometida con una democratización política, cultural y de género”.
Hace una década charlamos con Elena Poniatowska a propósito de su libro de cuentos Tlapalería, para estas páginas de La Cultura en México, de Siempre!, en esa charla abundó sobre los cuentos que integran el libro, y en uno de ellos, en “El corazón de la alcachofa”, en especial le llamaba la atención porque “me lleva a pensar en varios amigos, como en Ignacio Solares y su familia, que les encantan, me consta. Hay poca gente que le gustan las alcachofas, tengo otros amigos que no les gustan de plano, un ejemplo fue Manuel Buendía, si uno le daba de comer ensalada se enojaba, decía: ‘por qué tengo que comerme toda esta hiedra, por qué fueron a cortarla del jardín si no somos conejos’, se enojaba mucho”. En esa ocasión aprovechamos para ahondar en su labor periodística; por ello se le propuso a la mujer que ha entrevistado a importantes figuras del ámbito intelectual, también políticos, actores, boxeadores, fotógrafos, pintores y, por supuesto, también la han entrevistado en diversas ocasiones, que hiciera un ejercicio de autoentrevistarse, ella accedió: “A estas alturas yo me haría un cuestionario de índole filosófico, me preguntaría: ¿Qué vas hacer ahora que ya has vivido más de la mitad o tres cuartas partes de tu vida?, ¿crees que has cumplido con los demás? Preguntas de tipo moral, porque eso es lo que a mí más me llama la atención. O ¿crees que has hecho algo válido o valedero con tu vida? Todo esto me lo plantearía y otras tantas preguntas por el estilo”. A la distancia de diez años quizá las preguntas que ella se haría han cambiado. Las respuestas que le pedimos que diera sobre lo mencionado, dijo: “Respondería que preferiría vivir otros treinta años para enmendar todo lo que hice de la patada, que es mucho. Y si me dijeran: te vamos a rejuvenecer treinta años para que enmiendes todo eso, me daría muchísimo gusto pero lo aceptaría con la condición de saber lo que ahora sé, siendo menos ingenua”. También se le preguntó sobre cómo veía el periodismo actual; y nos dio su panorama: “Lo veo muy bien. Hay periodistas muy buenos que no había en la época en que yo me inicié, había más bien periodistas muy acartonados, basados en clichés, hacían puras preguntas de cajón; no aportaban nada, parecía que seguían un machote (formulario con espacios en blanco para rellenar) para hacer periodismo, basándose en las mismas fórmulas, unas cláusulas que debían cumplirse. Parecía una línea como de los abogados, legalistas. Se decía, por ejemplo: ‘Apoteótica multitud recibió con los brazos en alto al candidato’. Todos los artículos siempre comenzaban así, y en la actualidad cada quien hace lo que quiere y además es mucho más factible decir la verdad. Veo también el hecho de que se permiten decir groserías, qué bueno. Cambia definitivamente mucho la situación periodística anterior a la actual”.
Periodismo y narrativa que se apegan al México de llagas, al México desconocido, al México real y al México vivo, de eso se trata la voz de Elena Poniatowska, la que ve a fondo y con detenimiento antes de soltar la tinta.
