A contracorriente

 

Sus herederos no fueron los mejores

René Avilés Fabila

Mi generación fue una de las últimas en tratar obsesivamente el tema de la Revolución Mexicana. Sus figuras eran discutidas ampliamente, pero ya poco o nada quedaba del movimiento que transformó positivamente el país y al mismo tiempo supo mantener vivo el conservadurismo que, a la larga, ha tenido triunfos espectaculares. El otorgamiento de la medalla Belisario Domínguez a Manuel Gómez Morín, fundador del PAN, quien veía a Lázaro Cárdenas como un peligroso comunista, y, por rareza histórica, compañero de andanzas intelectuales del mayor teórico marxista que ha tenido México, pese a sus claroscuros y detractores, es una buena prueba.

Si en los primeros años de la década de los sesenta había quienes veían la Revolución Mexicana viva, luego de 1968 a nadie le cupo la menor duda de su muerte. Quedan, ciertamente, personajes legendarios, pero no más. Hablar del zapatismo o del villismo como ideologías es pura ilusión.

En México hemos tenido, a pesar del amplio abanico de ideas que jamás cuajan en ideologías serias, un debate entre dos extremos: derecha e izquierda. La izquierda es una ilusión en el mejor de los casos, tal vez un proyecto acariciado por jóvenes y manipulado por mayores. La derecha existe y es el PAN quien mejor la representa, pero no la única fuerza, están allí, además, los empresarios de toda clase. El centro es invisible y por allí transitan muchas fuerzas que buscan una situación cómoda. El PRI suele ubicarse en esta tesitura. No le va mal, pero posee más elementos conservadores que progresistas.

La Revolución Mexicana fue un impulso notable que pronto tuvo dificultades en las pugnas de los caudillos. Lázaro Cárdenas la retoma, medio la limpia y le concede una proyección amplia e inteligente; a él el sistema le debe su perdurabilidad y hasta su resistencia a la torpeza política al crear instituciones sólidas.

López Portillo y Echeverría se veían a sí mismos como los últimos mandatarios emergidos de la Revolución. No eran grandes figuras ni tampoco herederos de la gesta de 1910. El trayecto de la Revolución los dejó muy deteriorados. El paso de personajes como Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Gustavo Díaz Ordaz impactaron la herencia histórica del gran movimiento.

Hoy su historia es distante. Nada nos dice, héroes como Villa y Zapata están en las peores manos, y sólo ver a los políticos que hoy nos rigen nos hace dudar de su real existencia. Si López Mateos podía hablar de la Revolución Mexicana y hasta festejarla, hoy no más. Con las calles tomadas por vándalos, con el temor de las autoridades para ponerlos en su sitio, el 20 de noviembre se perdió. Por allí de pronto algún nostálgico menciona la gesta o cita a uno de sus grandes hombres, pero nada más. La Revolución cumplió de manera violenta su propuesta y con altibajos acabó por derrumbarse. Una tecnocracia y una plutocracia la han sustituido. La nueva clase gobernante es más resultado de esos poderes que de los viejos revolucionarios que buscaron un país distinto. Algo consiguieron, pero sus herederos no fueron los mejores.

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