BELLAS ARTES
La Bohemia, de Giacomo Puccini, en el Palacio de Bellas Artes
Mario Saavedra
A casi ciento veinte años de su estreno en el Teatro Regio de Turín, en 1896, La Bohemia, de Giacomo Puccini, es hoy una de las cinco obras que más se representan de todo el acervo operístico. Sin duda la más exitosa de todo el repertorio verista, por encima incluso de sus lozanas primas Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni y Payasos de Ruggero Leoncavallo, y de su también próspera hermana Tosca del propio Puccini, a su inobjetable fama han contribuido una exquisita partitura que desborda hermosas melodías y un sólido libreto que bien condensa su dramatismo coherente con la seductora humanidad de sus personajes, en una línea musical y de canto que potencian las mayores virtudes del arte lírico.
Y si por lo todo antes expuesto La Bohème también representa por desgracia uno de esos caballitos de batalla más manidos y por lo mismo muchas veces puesto para salir del paso y atraer sin aparentes riesgos a un público no siempre del todo enterado, en México se ha vuelto a este ya clásico pucciniano con toda la mano, para rendir justo tributo a una emblemática obra que en su larga y nutrida historia ha recibido tanto un sinnúmero de memorables citas como otros muchos recuentos más bien para el olvido.
Esta nueva producción de la Ópera de Bellas Artes, en nuestro templo por excelencia para la ocasión (sí, ése mismo que en la pasada administración del Conaculta su también para olvido titular convirtió en algo así como sucursal de empresa funeraria), por fortuna se coloca entre las que hacen honor a su magistral belleza, de la mano de un genial compositor cuya mayor virtud fue precisamente llevar hasta sus últimas consecuencias los más vivos atributos del arte lírico teatral.
Y esta nueva puesta de La Bohemia en el Palacio de Bellas Artes ha estado signada por la honestidad, por un respeto al original por desgracia no siempre frecuente en estas lides, por una convocatoria de creativos y ejecutantes acordes a la naturaleza de la obra, por un puntual y detallado trabajo que se ha hecho patente tanto por lo hecho en conjunto como en lo particular, repito, en beneficio de la fuente primera y de su autor. Eso de verdad que se gradece, cuando no priva la egolatría del responsable y a los cantantes se les pone antes a hacer circo y maroma, en detrimento de la música, el canto y el teatro que son su razón de ser.
Con elenco de voces esencialmente nacionales, lo cual también no deja de ser una decisión saludable cuando históricamente hemos contado con enorme talento sobre todo en un repertorio de esta naturaleza, estuvo encabezado por la primera soprano María Alejandres, quien nos ha regalado una Mimí pletórica de encanto y fuerza dramática, para lucimiento de su bella línea de canto, su hermoso timbre y su cada vez más depurada técnica. A esa altura de circunstancias ha estado de igual modo la Musetta de Leticia de Altamirano, talentosa mezzoprano a la que este zalamero papel parece venirle como anillo al dedo.
En las partes masculinas, para el Rodolfo poeta fue convocado el tenor Héctor Sandoval, que si bien es casi desconocido aquí porque tiene muchos años de residir en Europa, vino a confirmar que los años de estudio y preparación constantes siempre terminan por rendir sus frutos. En un nivel similar han estado el barítono Óscar Velázquez que debuta como Schaunard, y quien ya es casi siempre una garantía, el experimentado bajo Rosendo Flores, dándole vida a un Colline que conoce a la perfección.
En chiquitas que no segundas partes, porque para profesionales de este nivel no hay segundas partes, ha sobresalido el barítono-bajo polaco-mexicano Leszek Zawadka, que como el casero amante de Musetta ha hecho despliegue de toda su experiencia y su sólida escuela, como el maestro que ha sido de ya tantas generaciones.
El no siempre atinado Luis Miguel Lombana ha optado ahora por una dirección de escena que le ha permitido hablar sin eufemismos ni falsa parafernalia al original dramático, con escasas licencias u omisiones, sólo fortaleciendo un trazo congruente y veraz, como lo dictan las leyes de la escuela en cuestión, y permitiéndoles a las voces hacer lo que mejor saben hacer: cantar. En este sentido, su montaje ha apostado por la propia lógica teatral, y eso en materia operística se ha convertido por desgracia —¡vaya paradoja!— en una cada vez menos frecuente modalidad.
En lo que respecta a la dirección orquestal, ahora bajo la sobria pero meticulosa batuta del invitado serbio Srba Dinic, ha lucido una partitura pletórica de color y poesía, de una enorme belleza melódica, aquí sacando los mejores atributos de una Orquesta del Teatro de Bellas Artes no siempre acorde a la altura de lo exigido. Habría que destacar también la labor de Pablo Varela al frente del Coro del Teatro de Bellas Artes, desde hace muchos años ése sí a un muy buen nivel.
En conclusión, un montaje de La Bohemia, de Giacomo Puccini, de merecidos aplauso y recomendación, confirmándonos por qué los clásicos nunca mueren ni mucho menos cansan, claro, cuando se les pone o se vuelve a ellos para resaltar sus muchas virtudes y no como mero pretexto para dar cabida a grotescas improvisaciones sin ton ni son, como cauce de quienes equivocadamente se saben genios y en cambio no son capaces de aquilatar el verdadero talento.
