Carlos González Amaga
Conocí a Raúl cuando ambos teníamos 18 anos. Ese día yo acompañaba a mi querido amigo y compañero Fernando dé Garay a su casa en el Multifamiliar Juárez, él me lo presentó. En aquella ocasión, Raúl nos invitó a participar en un círculo de estudios, recuerdo que nos dijo: “tenemos que estar bien preparados si en verdad queremos participar en los cambios que le corresponden realizar a nuestra generación”.
Raúl vivía entonces con su admirable mamá, la maestra Manuela Garín Pinillos, quien lo educó en la lógica matemática y la docencia, y con su padre, el Ingeniero Raúl Álvarez Encarnación, de quien aprendió el respeto y solidaridad con los trabajadores.
Somos contemporáneos de Joan Báez, de Plácido Domingo, Bob Dylan y Paul Anka quienes, como nosotros, nacieron en 1941.
Durante el movimiento del 68 nos encontrábamos en las marchas y los mítines. Recuerdo particularmente la “Marcha del silencio”, que Raúl propuso y organizó, siendo -como todos sabemos- una de las más concurridas y emblemáticas.
El 68 fue el año de las rebeliones estudiantiles: la de Mayo en Paris, cuando los estudiantes tomaron la calle y la imaginación tomó el poder, como proclamaba Daniel Cohn Bendit; el 68 de la resistencia de la “Primavera de Praga”, con la lucha de los jóvenes estudiantes Checoslovacos ante la invasión de las tropas de Varsovia; el de Madrid donde las huelgas y las manifestaciones fueron reprimidas por el gobierno de Franco; y también el de la protesta estudiantil por la libertad de expresión y académica, que comenzó en los campus de la Universidad de California en Berkeley. Raúl seguramente estaba bien informado, conocía lo que acontecía en Europa y los Estados Unidos.
Es también el año cuando Díaz Ordaz, autoriza el crimen de Tlatelolco y los líderes del Comité de Lucha son golpeados y torturados física y sicológicamente, al simular su fusilamiento en el campo militar Número 1. Recuerdo que los buscamos y que días después fueron trasladados a Lecumberri. En esos días y gracias a las gestiones del Lie. Javier Olea, pude verlos. Nunca olvidaré las condiciones físicas en que se encontraban, todavía tenían las huellas de los infames golpes que sufrieron: Raúl Álvarez Garín, Félix Hernández Gamundi, Manuel Félix Valenzuela, Mauro Enciso Barrón, entre muchos otros compañeros politécnicos. Me dieron recados para sus familias y no dejamos de visitarlos los domingos con mi añorada mamá Pitita y mi esposa Coquí. Fue entonces cuando conocí otra de las cualidades de Raúl como cocinero, pues guisaba unos exquisitos chilaquiles, que cada diciembre todavía nos ofrece a los integrantes del Comité del 68.
Los acompañé cada año en la marcha del recuerdo. Sí, “el 2 de octubre no se olvida” se debe en gran medida Raúl Álvarez Garín, quien la organiza con gran tenacidad y capacidad de convocatoria, cediendo a otras voces su participación. Siempre nos ha repetido que se debe dar la oportunidad de hablar a los jóvenes, que serán los que continuaran las luchas democráticas.
Permítaseme, para finalizar, retomar su auto descripción y su pensamiento expresado en dos de sus más recientes entrevistas. La primera la concedió a Arturo Jiménez, en su casa de Coyoacán, en la que recibe a La Jornada descalzo y en compañía de María Emilia Caballero, su querida esposa. En esa entrevista, Álvarez Garín se describe y se muestra como un ciudadano comprometido, con moral y nacionalista, al estilo Lázaro Cárdenas, además de optimista ante los actuales procesos de cambio en América Latina, tras la llegada de diversos gobiernos de izquierda.
En la segunda, Raúl Álvarez Garín conversa con Luis Hernández Navarro. Allí nos lega un compromiso que hoy debemos todos suscribir con él, Cito: “Así como la sociedad se ha concientizado y se ha organizado para exigir respeto a su voto, transparencia en el gobierno, libertad de expresión, rendición de cuentas, parece que llego el momento para exigir con más severidad la ética política en todos sus gobernantes, no sólo en quienes encabezan el régimen”.
No tenemos la más mínima duda Raúl Álvarez Garín es un gran líder, honesto, íntegro, con una alta moral política, en favor de los jóvenes, de los trabajadores, de los que menos tienen. Por eso estamos hoy aquí, siempre y emocionados, rindiendo tributo a su trayectoria y congruencia que nos convoca a quererle y querer ser como él.
Querido Raúl, cumpliremos tu consigna: “¡En la lucha nos veremos!”
