Carolina verduzco
Raúl es un soñador que le gusta mirar el cielo, contemplar el agua y labrar la historia con los pies bien puestos en la tierra. Con su padre aprendió lo que ellos llamaron Las leyes del agua y a identificar por sus nombres y-sus trayectorias los cuerpos del firmamento. No es casual que a uno de los primeros esfuerzos editoriales en los que él participó lo haya titulado “Antares”, como la estrella más roja que se conoce.
Y qué casualidad que el monumento que ideó erigir en 2008 en la Plaza de las Tres Culturas, en memoria de los estudiantes masacrados por el ejército en ese lugar el 2 de octubre de 1968, haya sido precisamente una estela en la que se labraron los nombres que se sabían en ese momento y en la que se dejó escrito que los caídos son “muchos más cuyos nombres aún no conocemos”.
En su libro La Estela de Tlatelolco, Raúl sintetiza la manera como él ve el Movimiento Estudiantil de 1968 y lo ilustra “Una estela es una huella en el agua, y también es una historia labrada en piedra o la cauda de un cometa” y aterriza “los signos que anuncian la vuelta del cometa no son como el presagio de los magos y los adivinos, son las certidumbres de la historia y los afanes de justicia, libertad e igualdad irrefrenables”
La fascinación que permanentemente le provoca a Raúl mirar el cielo y las estrellas quizá explique en parte el entusiasmo, la admiración y el cariño que se advierten en él cuando se refiere a Guillermo Haro, a Manuel Peimbert y a otros científicos mexicanos que han dado a conocer sus hallazgos cósmicos.
Su formación como matemático, una de las tantas facetas de la profunda identidad intelectual que tiene con su madre, la maestra Manuela Garín, aquí presente y el arcoíris de temáticas abstractas en las que frecuentemente se involucra no lo alejan, sino refuerzan el sentido práctico (no pragmático) que lo caracteriza. Hombre de principios firmes, sabe comprometerse sin dogmatismo en la lucha por sus ideales, manteniendo un criterio fundamental: que en los movimientos y las causas populares las diferencias doctrinarias no sean un obstáculo para la unidad de acción. La constitución del Consejo Nacional de Huelga en 1968 fue una expresión extraordinariamente nítida de la eficacia política de este criterio impulsado por él.
El hoy profesor Jaime García Reyes, al que Carlos Monsiváis calificó como “narrador impecable del 68” y quien en 1967 era un líder estudiantil de la Vocacional 7 del Instituto Politécnico Nacional, suele recordar el papel de Raúl en el movimiento que en ese año arribó a un incuestionable triunfo, cuando los jóvenes politécnicos se sumaron a la huelga que estaban sosteniendo las escuelas de agricultura de todo el país en solidaridad con los estudiantes de la Escuela de Agricultura Hermanos Escobar en el estado de Chihuahua. Categórico afirma el maestro Jaime, que la estructura organizativa y el funcionamiento del Consejo Nacional de Huelga en 1968 (tres representantes electos en asamblea general de cada escuela que se sumara a la huelga, independientemente de la filiación política de esos representantes) fue la reedición del Consejo General de Huelga, promovido por Raúl en 1967, como órgano de dirección democrática del movimiento, no de control de las bases.
De esta manera se evitó que la dirección formal de los movimientos se formara a partir de representantes de las vertientes ideológico-doctrinarias, lo cual habría excluido a quienes actuaron como los legítimos representantes de las masas que se estaban movilizando en función de un programa específico que ninguna corriente doctrinaria se podía arrogar.
Esta línea de conducción de los movimientos no se opone -como podría suponerse en una visión superficial y simplista del planteamiento- a la militancia partidaria ni al desarrollo ideológico, incluso doctrinario, que es tan importante en la formación política de los militantes y no rehúye lo que algunos llaman la lucha ideológica entre las vertientes de la izquierda, por el contrario, considera la necesidad de nutrirse con el estudio de las experiencias y del pensamiento de los teóricos y dirigentes revolucionarios con los que cuenta la historia.
Por ello no es de extrañar la adscripción de Raúl al cardenismo nacionalista y es natural también que algunos lo veamos como un leninista consumado y no dogmático. En los momentos de mayores dificultades para el proyecto socialista y comunista, con el desplome del Muro de Berlín y la revelación de prácticas indefendibles de las burocracias del llamado “socialismo real”, Raúl no se confundió en cuanto a la justeza y la vigencia de los postulados socialistas y comunistas, y lejos de intimidarse, desarrolló de forma brillante argumentos muy sólidos acerca del valor del centralismo democrático. El haber centrado su militancia política más permanente y duradera en órganos periodísticos como Punto Crítico y Corre la Voz quizá tenga que ver en parte con que él conocía la importancia de la publicación Iskra, concebida como organizadora colectiva de revolucionarios de profesión.
Termino mi intervención con una vuelta del cometa que está en curso: cuando Raúl se percató de que el “Memorial de víctimas de la violencia” que había mandado construir al final de su sexenio Felipe Calderón y había inaugurado Enrique Peña Nieto es una obra con módulos de acero que se alzan monumentalmente en forma de estelas, asentadas algunas de ellas en espejos de agua, hizo la propuesta de recuperar esos recursos para las causas y los reclamos de justicia del pueblo de México.
Hasta ese momento se trataba de una bella creación arquitectónica, sólo que hueca y que parecía sugerir que el Estado era ajeno a la violencia sistémica que ha padecido y sigue padeciendo el pueblo de México, por lo tanto habría que resignificar ese espacio, darle contenido, porque ni las víctimas ni los victimarios son anónimos. Habría, pues, que convertir el lugar en un verdadero memorial, el Memorial de Víctimas de la Violencia del Estado, llamándolo así con todas sus letras, e imprimiendo en él los nombres de las víctimas a los que tuviéramos acceso. En esa tarea está empeñado Raúl al lado de quienes concurrimos a su llamado.
Motivado por sus sueños y sus convicciones Raúl es y ha sido un constructor de estelas. Como revolucionario hace lo que dijo Lenin cuando concluyó que “hay que soñar”.
