Rubén Sánchez Monsiváis
Tercera y última parte

 La crisis de la industria editorial tiene como complemento los “daños colaterales”, que han afectado a las compañías ligadas a la cadena de producción, distribución y venta de libros y revistas: es decir, los talleres de impresión, las distribuidoras y las librerías. Muchas empresas se han declarado en quiebra, en especial las medianas y pequeñas. En el caso de las imprentas, la mayoría de ellas subsiste con equipos adquiridos hace más de 40 años, porque les resulta incosteable su renovación. Por si esto fuera poco deben competir en un mercado globalizado, que ofrece mejor calidad a costos más bajos (en especial los países de Asia) en tiros que superan los 7 mil ejemplares. Desde luego hay talleres grandes que pueden hacer frente a esta competencia, pero varios de ellos son propiedad de empresas trasnacionales.

Sólo 500 librerías

Por otra parte, cualquier casa editorial que desea comercializar los libros que integran su catálogo y que no cuenta con los medios para hacerlo, tiene que acudir a las distribuidoras, que exigen un descuento hasta del 60% en relación al precio de venta al público. Ante esta situación los editores se ven obligados a elevar el precio de sus libros para obtener la utilidad prevista; esto, naturalmente, tiene repercusiones negativas en sus ventas. Una dificultad adicional que enfrentan las empresas editoriales para la comercialización de sus obras es la escasez de librerías. Según datos proporcionados por Deborah Holtz, representante de las editoriales independientes, en toda la república hay un poco más de 500 librerías, y como salta a la vista muchas de ellas se encuentran en la Ciudad de México.

Los editores mexicanos consideran que el gobierno se preocupa más por actuar como competencia, en vez de adoptar políticas que estimulen el crecimiento de la industria. Mencionan que es absurdo que el segundo mercado más importante de habla hispana, el estadounidense, se encuentre dominado por las editoriales españolas a pesar de que México tiene la ventaja no sólo de la cercanía geográfica, sino cultural.  Comentan que “la industria editorial en México apenas aporta 0.7 por ciento del producto interno bruto (PIB), cuando en países como España representa 5.5 del PIB, por lo que aducen que el gobierno mexicano debe darse cuenta de que es posible crecer si se tiene la determinación de hacer de la industria editorial un proyecto importante y estratégico para el país. Añaden que en la actualidad la industria editorial española enfrenta una crisis de gran magnitud y se abre la oportunidad para promover la reactivación de la mexicana, mediante estímulos fiscales y políticas culturales eficaces para el fomento de la lectura.

El editor rn Estados Unidos

Tanto las empresas periodísticas, como las editoriales de libros y revistas, han experimentado cambios importantes en su estructura y organización como resultado de las políticas gubernamentales (en especial las tendencias económicas) y la introducción de nuevas tecnologías. Estos cambios han modificado el concepto tradicional de editor, que como expuse al inicio, es la persona que arriesga su capital para producir libros. En términos generales se puede decir que esta noción es acertada, sin embargo, varía mucho según la nacionalidad y el tamaño de la empresa.

En las compañías estadounidenses, que tienden a la especialización, hay distintos tipos de editores: los que se encargan de buscar nuevos títulos (sponsor editor), los que se encargan de revisar y adecuar los contenidos (supervisor editor), y los que se encargan de la comercialización. La función que corresponde a nuestro concepto de editor, la lleva al cabo el llamado Publisher que en realidad es un director editorial, y quien es el encargado de escoger las obras que se proponen para su publicación o, en el caso de editoriales de libros de texto, de buscar a los especialistas que pueden escribir una obra que hace falta en el mercado. En estos casos contratan a profesionales  por un sueldo mensual y regalías por ventas. Las editoriales incluyen en su planta laboral personal especializado en el diseño de las páginas interiores y de las portadas. Además cuentan con especialistas en arte, que se encargan de contratar a dibujantes y pintores para que elaboren las ilustraciones. El editor supervisor tiene la responsabilidad de contratar en forma externa a los correctores de estilo. Además es el responsable de entregar el manuscrito completo al departamento de producción, para que se encargue del diseño, formación e impresión del libro. El resto del personal lleva a cabo funciones de apoyo administrativo y contable.

En las editoriales que publican obras de literatura, el Publisher cuenta con el apoyo de asesores, quienes leen los manuscritos que envían los autores y emiten un dictamen sobre la calidad de los mismos y sus posibilidades comerciales. En muchas ocasiones el Publisher hace sugerencias a los autores cuando advierte que es posible mejorar un manuscrito.

El editor, aquí y ahora

En las editoriales españolas y mexicanas, hay un respeto total por la obra del autor de una obra literaria. El editor se limita a verificar que el libro no tenga errores ortotipográficos.

Las empresas nacionales de textos no tienen esta división tan especializada del trabajo, puesto que el mercado no es tan grande como el estadounidense. Según el tamaño de la empresa, puede haber uno, dos y tal vez hasta cinco editores, que en realidad se encargan de dirigir los trabajos de corrección de estilo. La elaboración de cuadros, gráficas e ilustraciones, diseño gráfico, diseño de portada y la corrección ortotipográfica de pruebas queda a cargo del departamento de producción.

Antes de que se implantara el sistema económico neoliberal, las empresas editoriales tenían como principal meta la obtención de utilidades razonables, y para ello debían ofrecer productos de calidad. En consecuencia se preocupaban por contratar personal suficiente y bien calificado e incluso le daban capacitación para que pudiera desempeñar en forma adecuada su trabajo. Sin embargo, cuando el llamado capitalismo salvaje empezó a influir en las empresas, prevaleció la meta de maximizar las utilidades, lo que no siempre va acorde con la idea de calidad, ni con una planta laboral numerosa. Así en la actualidad, podemos ver que muchos de los libros, revistas y periódicos contienen errores graves no sólo ortográficos, sino de concepto. En no pocas ocasiones las empresas despiden a personal calificado porque tienen salarios altos. Esta tendencia se observa en todas las editoriales del mundo.

De manera paralela, las nuevas tecnologías han modificado notablemente los procesos de manufactura que se han vuelto más automatizados, lo que ha permitido que las empresas editoriales eliminen plazas de trabajo e intenten sustituir el trabajo humano por el que realizan las computadoras.

Abro un nuevo paréntesis para mencionar que en las escuelas de enseñanza superior no existe la carrera de editor, por ello las empresas contratan a profesionistas cuya formación es afín a esta especialidad, como los egresados de ciencias de la comunicación y, en menor número, de las carreras de Lengua y Literatura. Dado que los capacitan cuando estas empresas los contratan, realizan labores administrativas, es decir, reciben manuscritos, los asignan a uno o varios correctores de estilo, o a uno o varios traductores si es una obra en inglés, y una vez corregidos y traducidos los transfieren al departamento de producción. Otros profesionales que son necesarios para la edición de las publicaciones son los diseñadores, cuya formación básicamente es publicitaria. En la actualidad les imparten como parte de la carrera diseño editorial pero con los mismos criterios que son válidos para la publicidad

Por ello ahora encontramos diarios, revistas y libros con faltas de ortografía, errores de concepto y datos falsos. En lo que atañe al diseño, los profesionales de esta carrera trasladan las enseñanzas que recibieron a estas publicaciones sin tomar en cuenta nociones tan elementales como la legibilidad. De seguro todos hemos visto las revistas impresas en letra light (o de impresión tenue) sobre papel brillante, que hace que luzca el diseño, pero que dificulta mucho su lectura. Además suelen utilizar los párrafos desalineados (líneas perdidas) en obras extensas, sin considerar que hace más ardua la lectura. Además están de moda las letras en blanco sobre pantallas de color, una tendencia que no  cuenta una regla esencial: el diseño debe hacer más fácil y grata la lectura.

Las nuevas tecnologías

Las nuevas tecnologías, nos han llevado a cambios más radicales, como la edición electrónica de todo tipo de publicaciones. Ya mencioné que en la actualidad algunos diarios sólo se editan en internet, y que las editoriales han “subido”  sus catálogos a la red con el fin de lograr una mejor comercialización de sus obras. Hay muchos recursos que las editoriales nacionales han empezado a explotar, como los libros interactivos, que llevan al lector instantáneamente a la página donde se halla el concepto o el término que le interesa. Una acción que en un libro impreso en papel requiere la búsqueda del término en el índice analítico y luego en las páginas que aparecen al lado de éste. Asimismo, la búsqueda de los capítulos toma apenas décimas de segundo.

Como una opción adicional están los publicaciones hechas para la App Store, en las cuales se incluyen iconos en diversos lugares del texto (la clave de sol, una paleta o pinceles, plumas) que al seleccionarlos con el cursor dan lugar a que aparezcan imágenes y se escuchen sonidos. Por ejemplo, cuando un personaje famoso afirma que su compositor favorito es Mozart aparece el icono de la clave de sol y al seleccionarlo se escucha alguna de sus sinfonías y se puede leer su biografía.

Con frecuencia en pláticas informales alguien pregunta si las ediciones impresas y encuadernadas en papel van a desaparecer por la competencia de las publicaciones electrónicas. Esto casi siempre da lugar a una discusión, que me parece ociosa, pues hay lectores para los dos tipos de publicaciones, los de más edad nos inclinamos por lo que conocemos y amamos: los libros impresos, pero no despreciamos las ventajas de las nuevas tecnologías, ni somos acríticos.

El futuro de la industria editorial

Sin importar la opinión que cada persona pueda tener, lo que realmente importa para esta plática es que la industria editorial mexicana se encuentra sumida en una crisis profunda que básicamente se debe a dos factores: las políticas económicas neoliberales y el poco hábito de lectura de nuestra población.

Es cierto que el gobierno en ocasiones actúa como competencia de las editoriales, pero también es cierto que sin su intervención no se habrían publicado muchas obras que han sido fundamentales para la evolución del pensamiento. Más aún muchas generaciones de mexicanos no habrían tenido acceso a la educación formal.

De manera simultánea, es innegable que las políticas y acciones que ha emprendido, lejos de mejorar la educación y preparación académica de la población han tendido a mantener a la población en la ignorancia, para que la clase gobernante pueda imponer decisiones que sólo benefician a pocas familias.

En conclusión, el futuro de la industria editorial depende de que el gobierno tome conciencia de sus posibilidades como fuente generadora de riqueza y de empleos. De que se adopten medidas eficaces para fomentar el hábito de lectura, con el fin de que los periódicos, revistas (ojalá sean culturales o científicas) y los libros tengan un mayor mercado. Asimismo con el objetivo de que se adopten medidas que estimulen la creación de librerías en todo el país para reducir los monopolios.

El futuro también depende de que los editores tomen conciencia de que el objetivo de sus empresas no sólo es obtener utilidades, sino ofrecer productos de calidad.