Charla con José Mariano Leyva/Autor de Perversos y pesimistas
Eve Gil
Perversos y pesimistas. Los escritores decadentes mexicanos en el nacimiento de la modernidad (Tusquets, México, 2013) es uno de los ensayos académicos más amenos y sorprendentes de los últimos años, cosa que no debe extrañar a quienes conocen a su autor, José Mariano Leyva (Cuernavaca, 1975), quien en El complejo Fitzgerald, publicado hace un par de años por el Fondo Editorial Tierra Adentro, y donde analiza a jóvenes narradores de finales del siglo XX, como a Brett Easton Ellis o Irvine Welsh, empezó a ganar reputación en ese sentido.
Esta vez, la juventud vuelve a ser el centro de referencia del también novelista e investigador, desde 1999, en la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Origen del ensayo
El ensayo surge de la inquietud de Leyva respecto al origen de los grupos conformados por jóvenes escritores en México, y cuyo rastro lo llevó a los autonombrados “jóvenes decadentes” de la época del porfiriato, y de los cuales el único realmente conocido es Amado Nervo: “Me llevé varias sorpresas porque al analizarlos con mayor detenimiento, me encuentro con que la mayoría de sus ficciones tienen una vigencia fascinante”.
Hemos sido testigos de otro fin de siglo, ¿qué semejanzas hay entre estos autores y los jóvenes actuales que pretenden romper lo establecido a través de las nuevas tecnologías?
“Un fin de siglo —dice Leyva— siempre es como un corte de caja. No es que pase algo especial: la vida sigue. Es como con los cumpleaños, en el que se supone que de un día para otro te vuelves más viejo, y por lo mismo muchos se deprimen dos días antes. Los fines de siglo son más o menos así, y el paso del siglo XIX al XX fue especialmente vertiginoso. Hay muchísimas invenciones y tecnología, por ejemplo, la electricidad. Los filósofos empiezan a decretar la muerte de Dios, se extinguen las últimas monarquías, nacen las primeras democracias… un momento muy crítico. Los decadentistas veían con resquemor, por ejemplo, a la llamada democracia, porque eran muy conservadores, no en el sentido político que le damos ahora, pero sí lo eran, y quizá no les faltaba cierta razón pues años después, en nombre de la democracia, surgió el nazismo”.
Continúa Leyva: “Las lecturas de este último fin de siglo no son, ni de lejos, tan potentes como las de hace cien años. De entrada, me da la impresión, y no deja de causarme cierta tristeza, que la cultura tenía mucho más peso que en este último cambio de siglo. En ese sentido, los escritores jóvenes y críticos de finales de siglo XX, aunque muy creativos, no alcanzan la mira crítica de los decadentistas. Ellos inundaban los periódicos, la gente los volteaba a ver, los conservadores se exaltaban, había polémica, y cien años después eso no sucede. Quizá los actuales jóvenes, con los excesos que plantean en su literatura, suenan más a mercadotecnia que a una condición ética de crítica”.
Laconismo
“Hace cien años —señala el autor— los jóvenes se caracterizaban por el exceso. A los de hoy, los caracteriza el laconismo”.
“Pensando en Twitter —agrega—, las minificciones y todo lo demás, la verdad es que a mí no me encanta nada de eso. Soy muy mal twittero, necesito más espacio para darle profundidad a mis ideas. Hay demasiados poetas, no porque tengamos un gen poeta, sino porque se tiende a creer que por breve es más fácil, cuando la realidad es exactamente la contraria. Algo así pasa con los tweets. Estilísticamente pueden parecer muy bellos, pero no siento que digan mayor cosa. Los decadentes, de hecho, utilizaron un lenguaje arcaico para su época, y lo hacían un poco para contradecir esa «modernidad» de la que tanto se presumía en ese momento. Un escritor decadente, en estos días, en vez de escribir 140 caracteres, escribiría discursos larguísimos solo por llevar la contraria”.
“La literatura —dice Leyva— no era tan pura, y a los escritores se les veía también como intelectuales y políticos. Lo que los decadentistas trataban de hacer era una defensa desde la cultura, pero esa visión no tiene una consecuencia política. Defendían, sin duda, la emancipación de la mujer; hablaban de la homosexualidad —concretamente los decadentistas franceses— con una soltura que ningún conservador hubiera hecho. Existía un resquemor respecto a las masas y no consideraban que la opinión de las mayorías fuera la correcta, pero hoy en día estamos acostumbrados a discursos estrictamente políticos, divididos en izquierda y derecha, con unas coordenadas muy claras”.
El caso de Bernardo Couto
¿A qué atribuye José Mariano Leyva que, siendo tan radicalmente distinto a los demás decadentistas, Bernardo Couto, lo más próximo a un Rimbaud mexicano que registra nuestra literatura, haya sido el que peor terminó y quién murió más joven?
“Era el más joven de todo pero había estado en París. Seguramente sus padres lo enviaron en un viaje cultural pero el muchacho prefirió recorrer las cantinas y regresó impregnado de la contracultura francesa. El padre de Bernardo Couto, asimismo llamado, era un prestigiado arquitecto con mucho dinero. Poco se sabe de la relación que habrán tenido, pero sí se sabe que Bernardo Couto Castillo salió muy temprano de la casa paterna. ¿Por qué, entonces, terminó tan mal? Una respuesta podría ser el deseo de autodestrucción per se, no propia exclusivamente de los decadentistas o los marginales. Muchos artistas tienen esa tendencia, acaso por la hipersensibilidad. La otra razón podría ser que la literatura de los decadentes franceses le dio una justificación a ese deseo de autodestrucción y de algún modo se sintió acompañado”.
Todo este material no solo ha engendrado este magnífico ensayo. José Mariano Leyva se encuentra escribiendo un thriller centrado en la misma época de Perversos y pesimistas.
“Sucede —dice— en 1901, pero no es histórica, es de contexto histórico. Es la historia de un asesino serial y un detective que, al conocer a los decadentes, comienza a cuestionar sus propias certezas. Con este libro ya dejo a un lado el tema de los jóvenes escritores, porque yo mismo me estoy acercando a los cuarenta”.
