A un cuarto de siglo de su fallecimiento

Halina Vela

 

La obra de Josefina Vicens (1911-1988) ha sido constantemente revalorada, y aunque tanto en El libro vacío como en Los años falsos el tema de la masculinidad y la feminidad están presentes de principio a fin, es evidente que el tema central de El libro vacío es el de la escritura, tema que la autora eligió para su personaje, porque era —como infinidad de veces lo llegó a decir— su propio problema; mientras que en Los años falsos, es el de la simbiosis entre un padre muerto y un hijo vivo, o el de una vida robada. El Libro vacío rompió con los esquemas narrativos y temáticos, pues desde su inicio nos encontramos con un narrador masculino, situación que ha sido objeto de innumerables artículos de estudios de género. No obstante, se puede afirmar, que Josefina Vicens eligió la voz masculina para su personaje debido a que conocía muy bien el mundo masculino, ya que su experiencia laboral se desarrolló al lado de los hombres; y también a que las preocupaciones, obsesiones y sentimientos que deseaba manifestar, no eran los que expresaría un personaje femenino de aquella época, pues no podemos dejar a un lado el hecho de que hasta el año de 1953 la mujer obtuvo el derecho al voto en nuestro país y, que en términos generales, ésta se encontraba confinada a las actividades del hogar, que eran para muchos, las únicas actividades correspondientes a su sexo. La propia Vicens luchó para que a la mujer se le otorgara el derecho al voto. Y como si lo anterior no bastara, habría que añadir que El libro vacío se inscribe en la universalidad, y sobra decir que las manifestaciones artísticas y culturales de ese tiempo debían inscribirse en un contexto nacional, baste citar los constantes ataques y las críticas recalcitrantes que recibiera el grupo de los Contemporáneos por inscribir su obra en la universalidad. El libro vacío inicia y termina con una dualidad: el deseo-imposibilidad de escribir. Dualidad que también expresa la problemática de dos quehaceres: el literario y el existencial, dado que el texto inicia y termina de la misma manera —lo que implicaría una estructura cíclica— porque José García nos habla de su deseo-imposibilidad para escribir desde el comienzo, y la narración llega a su fin, sin que él haya podido aparentemente escribir ni una sola palabra. Así nos enfrentarnos con dos discursos que tramposamente quedaron atrapados en dos cuadernos; el primero de ellos estará lleno, y será finalmente la novela que leeremos y nacerá del deseo; el segundo, aquél en el que José García no ha sido capaz de escribir la primera palabra, será El libro vacío, ése que no nacerá, porque habla de la imposibilidad de escribir, y que será la nada a la que se alude constantemente, la página en blanco, pero también hará referencia al hombre como un inacabado proyecto, como una pasión inútil, tal como expresara Jean Paul Sartre, de ahí que se hable de la influencia que el Existencialismo ejerció en El libro vacío. Y se debe subrayar que fue precisamente Sartre quien bautizó a la novela Retrato de un desconocido, de Nathalie Serrault, como la Antinovela, y con ello se establecía que la novela tradicional se encontraba en crisis, por darle valor a los “momentos nulos” de una vida que era necesario cambiar y, por lo tanto, ya se estaría hablando de una Nueva Novela. Si pensamos que es un hecho irrefutable que el novelista es el creador de un universo que constituye el equivalente legible y significativo del mundo que lo rodea, estaremos entonces de acuerdo con André Breton, quien estaba en contra de la novela tradicional, porque ésta ya había dejado de reflejar la realidad cambiante que alguna vez la había visto nacer. Ahora bien, cuando se habla de la novela tradicional, se habla de una novela de personajes, con un determinado argumento, entendido como la continuidad de una narración y de un camino, como construcción encadenada de una totalidad, y la Antinovela echó abajo esta estructura, de ahí que en ella sólo impere el tiempo presente. Con esto no se quiere afirmar que se considere a El libro vacío como una Antinovela, sino que su influencia en él es notoria, bastaría mencionar un solo hecho, el que El libro vacío logre sostenerse sin utilizar los recursos literarios acostumbrados, pues no sólo carece de puntos climáticos, sino que su punto de partida es la del deseo-imposibilidad de escribir, rodeado de elementos insustanciales y de una monotonía asfixiante. La propia Vicens llegó a comentar que tuvo que darle al personaje de su novela un entorno (familia, trabajo, etcétera), ya que la obsesión por la escritura no podría sostenerla por sí sola. Sin embargo, su tema central seguirá siendo el de la escritura. Así tenemos una novela que se escribe a partir de la no-escritura, y con ello constatamos que en el discurso de José García, Vicens intenta romper con los moldes establecidos por la novela tradicional, y con ello inaugura una nueva forma de narrar, como lo menciona en El libro vacío: “No puedo inventar nada ni a nadie, porque los personajes que invento me resultan completamente falsos”. Así, José García se la pasará escribiendo que no escribe. José García es un hombre dividido: todo en él es negación-afirmación, y parece remitirnos a la eterna pregunta shakespeariana: ¿To be or not to be? Sin embargo, José no renuncia a los absolutos, su viaje-rutina es una alegoría del Mito de Sísifo; un recorrido circular, una ida y vuelta de lo universal a lo particular; de la humanidad al hombre; y de la Literatura a su cuaderno en blanco. Por ello, lejos de recurrir a las armas literarias acostumbradas, él recurre a la escritura de sí mismo, al fluir de su conciencia, una conciencia que emerge a pesar de vivir sumergido en una vida gris que transcurre entre su matrimonio (su mujer y sus dos hijos), y su trabajo burocrático como contador en una oficina de gobierno. José García vive siempre a la espera, a la espera de esa primera palabra que escribirá en su “cuaderno en blanco”; pero también a la espera de sí mismo, (lo cual nos hace pensar en la obra de Samuel Becket, Esperando a Godot, que como uno de los representantes del Teatro del Absurdo, forma parte de los antecedentes de la Nueva Novela), pero paradójicamente, en esta espera está su propia negación, ya que si tal como él mismo afirma en El libro vacío, la escritura: “es el único medio del que dispongo para no olvidarme de mi mismo por completo”, y el libro (el cuaderno en sucio), termina sin que él haya podido escribir una sola palabra (en el cuaderno en blanco), significa que José García no logró recuperarse del olvido. Pero de nueva cuenta la paradoja aparece, porque frente al olvido del cuaderno blanco —la no escritura; tenemos los recuerdos del cuaderno en sucio— la escritura, que será la novela que finalmente leeremos y, que al mismo tiempo será también la no-novela. Se puede concluir entonces, que se trata de una constante construcción-desconstrucción a la manera del poema Muerte sin fin, de José Gorostiza, en donde el poema no hace otra cosa que devorarse y recrearse cíclicamente. Y aquí cabría hablar de la influencia de Maurice Blanchot en El Libro vacío, ya que para él, la escritura y la muerte están íntimamente ligadas. Para Blanchot, el lenguaje es negación y destrucción. Para él, el tormento que roe al escritor, es que éste ve en el ejercicio literario, la toma de conciencia de una posibilidad de llegar al ser mediante la imposibilidad de llegar a la muerte.

Los años falsos inicia cuando se está llevando a cabo el cuarto aniversario de la muerte del padre de Luis Alfonso, quien no parece decidirse: ni por la vida ni por la muerte; ni por el amor o el odio a su padre muerto, y a sí mismo vivo; ni por el amor o el odio a su madre y hermanas; ni por el amor u odio a su amante viva, amante del padre muerto. Esta falta de decisión se debe a que en Los años falsos, la vida y la muerte, lejos de instituirse en una armonía de contrarios, se nos presenta como una entidad indivisible y compacta al mismo tiempo, en la que el propio Luis Alfonso no puede verse reflejado. Debido a ello, vive girando alrededor de un círculo, persiguiendo su propio reflejo, no ése que le devuelven los que se empeñan en mirar en él al padre muerto, sino el suyo, el verdadero. Por lo tanto, Luis Alfonso deambula del cementerio a su casa, que parece ser otro cementerio, porque como llegaría a afirmar él mismo: “Se murió toda mi familia”. Abundan las descripciones de las diferentes lápidas, con sus nombres y dedicatorias inscritas en ellas, de tal manera; que esos muertos parecen ser sus verdaderos familiares, en lugar de esa madre y hermanas ajenas, que más que encarnar a personas de verdad, parecen ser figuras fantasmales que recorren los días, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana sin objetivo alguno. En el cementerio parece estar su verdadero hogar. Casi se podría decir que estamos presenciando una danza macabra. Luis Alfonso termina despersonalizándose y desdoblándose a un grado patológico. Tal parece que su tarea consiste en recrear diariamente al padre muerto, a través de su cuerpo, de sus gestos, de su voz, de sus palabras. Se niega para afirmarlo, y se hace amante de la amante del padre muerto, para afirmarse. Él y el Otro viven y mueren en ese desdoblamiento cotidiano, que parece funcionar como un juego de espejos, donde se funden y se confunden ambas identidades, al grado de no poder definir y delimitar, hasta dónde es uno, Él (el propio Luis Alfonso), y hasta dónde es el Otro (su padre muerto). En el cuento de “Petrita” y en la obra Un gran amor, Vicens nuevamente retoma el tema de la muerte y de la creación, planteados a partir del cuadro de una niña muerta, en el primero; y de la relación de personajes muertos, en el segundo, que mucho recuerdan la obra Muertos sin sepultura, de Jean Paul Sartre. Luego entonces, El libro vacío, Los años falsos y “Petrita” podrían conformar una tríada: El libro vacío representa, a través de su personaje, un deseo voraz de vida, por lo que podría establecerse en la tesis. Los años falsos se instituiría en la antítesis, dado que su personaje posee un deseo voraz de muerte y, finalmente, “Petrita” representaría la síntesis, ya que la creación (la vida), se da a partir del cuadro de la muerte de una niña. Debido a todo lo anterior, se puede afirmar que Josefina Vicens inaugura una nueva forma de narrar.