Juan Antonio Rosado

A menudo, las mentes excesivamente teóricas —por ejemplo, las constructoras de sistemas de pensamiento— pecan de ingenuidad, por no decir que de estupidez, al intentar sintetizar en un órgano la complejidad y pluralidad de funciones que no terminarán de integrar lo que llamamos realidad. Pero más ingenuos e incompetentes son los discípulos de las teorías: aquellos que, al seguirlas ciegamente, adaptan sus propios deseos o impulsos a una u otra teoría sólo porque la adoptaron por considerarla apropiada. Lo anterior no sólo suele producir bodrios en materia de arte y literatura, sino también en economía, política, derecho o cualquier otra disciplina. Ante todo, existe una realidad determinada, y luego se teoriza sobre ella, no se intenta adaptar la realidad a la teoría. Primero se hace teatro y hasta después surgen los tratados de dramaturgia; primero se habla y escribe, y ya luego se redactan gramáticas, que no sino descripciones del fenómeno, aunque a veces se convierte en una descripción prescriptiva que intenta erigirse en canon, convención o modelo inamovible, sin considerar que pueda aparecer una nueva convención o modelo que contradigan o le den la espalda al anterior.

Respecto de la creación artística, de cada obra es posible deducir su teoría (o poética). La palabra teoría implica contemplación: ver a los dioses, ver a dios no es otra cosa que contemplar lo invisible para concretarlo de algún modo. Así, toda obra artística parte de esa contemplación. Igor Stravinsky, al hablar sobre estas cuestiones, profundiza en lo que podría considerarse tres modos o perspectivas de entendimiento: “Existen composiciones —afirma el músico— de las que se deduce la teoría. O si esto no es exactamente cierto, diría que la teoría posee una existencia accesoria que es incapaz de crear, o aun de justificar. Sin embargo, la composición entraña una profunda intuición de la ‘teoría’”.

Lo anterior es, desde mi punto de vista, paradójico: el teórico contempla las cosas de modo necesariamente parcial (no hay visión total cuando hablamos de “mundo” o “realidad”). Por ello, a la hora de aplicar su teoría, fracasa irremediablemente. La teoría permaneció en el nivel accesorio y fue incapaz de crear en su misma aplicación. Sólo se le justifica —si acaso— a partir de la economía o la filosofía. En el fondo, todo acto de concreción implica haber intuido una teoría. Pero entonces puede llegar el teórico a ultranza y deducir de allí la teoría intuida. Su error consistirá en aislarla de la realidad (u obra artística) para proponerla y aplicarla a otras obras o realidades. Por ejemplo, una teoría económica surge de la deducción a partir de cierta contemplación. Esta teoría puede funcionar en una realidad determinada, pero ¿puede aplicarse a otras? No, o no necesariamente. No se trata de imponer una teoría ciegamente, sino de determinar qué realidad le cuadra. Por desgracia, la racionalidad compulsiva se ha dedicado a acabar con el mundo, pues las teorías aplicadas de la manera descrita nulifican al otro y vuelven unívoco lo multívoco.