Charla con Pablo Raphael/Autor de Armadura para un hombre solo
Eve Gil
Pablo Raphael (México, 1970), nombre reconocible —y reconocido— en el ámbito de la literatura mexicana reciente. Ha sido acreedor al Premio Nacional de Cuento Gilbert Owen con su libro Agenda del suicidio, y su más reciente libro, La fábrica del lenguaje, S.A, resultó finalista del Premio Anagrama de Ensayo. Con Armadura para un hombre solo (Almadia, México, 2013) sorprende con un más que decoroso debut como novelista.
Y si bien se trata de una de las mejores novelas mexicanas publicadas en lo que va del 2013, y entre muchas lecturas propone un homenaje a uno de los edificios emblemáticos de la ciudad de México, al momento de ser entrevistado Raphael luce contrariado pues su presentación programada en el Polyforum Cultural Siqueiros fue cancelada sin una razón lógica.
“Se había contemplado, con tres semanas de anticipación, pagar el monto del empleo del local la mañana misma de día del evento, pero se le canceló bajo el argumento de que alguien había ofrecido más por el lugar, y como no existía contrato no estaban comprometidos para prestar las instalaciones”.
Independientemente de que se trata de empresarios que no experimentan el mínimo respeto por la literatura ni las manifestaciones artísticas, toca hablar sobre los motivos por los que Armadura para un hombre solo merece ser leída.
Empecemos por el hecho de que se trata de una historia sintetizada de la posmoderna ciudad de México que empieza con el movimiento estudiantil y posterior represión de 1968, contemplada desde uno de los ventanales del restaurante giratorio del fastuoso Gran Hotel de la Ciudad por el dueño y creador del mismo: Ariel Horus.
Trama y protagonista
“Es la metáfora de la ciudad construida verticalmente, habitada por un hombre que podría ser cualquiera de nosotros, lleno de contradicciones, y que desde su torre descubre fascinado que la belleza y la fealdad pueden convivir libremente; que esa ciudad que parece tener a sus pies, es hermosa y espantosa en la misma medida”.
“Es una novela urbana —agrega— que, sin embargo, se despega del suelo. Por lo general eso no sucede con las novelas urbanas, donde la vida se describe al ras del suelo y al interior de tugurios y los arrabales. Mi intención era marcar una distancia, y que el personaje desde el cual se narra la historia esté ubicado en ese lugar privilegiado, equipado con cierta capacidad de omnipresencia y ver el mundo desde lo alto, amplía las posibilidades narrativas”.
Armadura para un hombre solo está salpicada de datos cotidianos y personajes reconocibles, como sería, entre otros, Marco Rascón mejor conocido como Superbarrio, luchador social pero también del ring, en cierto modo contracara del protagonista. Lo curioso es que, por momentos, Horus parece más de carne y hueso que aquel otro.
“Ariel Horus —dice Pablo— es un personaje gólem que tiene como figura arquetípica al dueño original del edificio, Manuel Suárez y Suárez [1896-1987], pero en realidad, cuando lo escribí a quien traía en la mente era a David Alfaro Siqueiros. Horus, sin embargo es un artista plástico frustrado, y un poco como el comedor giratorio va cambiando de rostro conforme avanza la trama, a veces veía a Suárez, otras a Siqueiros, otras más al entonces regente Uruchurtu… ¡y hasta a Octavio Paz!”.
Y a continuación, una confesión conmovedora: “He de reconocer que también llegué a ver a mi padre… y, bueno, también a mí mismo”.
Pablo Raphael, que actualmente radica con su familia en Barcelona, se refiere a su novela en términos arquitectónicos, emparentándola con el verdadero protagonista que es ese gran hotel que, a través de los años, conoce el esplendor, la devastación, la desolación, la resurrección:
“La novela busca ser una construcción panorámica, pero también pensé en un mural, y los murales están construidos a partir de mosaicos y pequeños detalles. Si te vas a los mosaicos, descubrirás pequeños detalles que van contando la historia, y Horus hace un museo de sus propias secreciones y nos hace ver que, aunque lo neguemos, sentimos placer al rascarnos y extraer cosas de nuestro cuerpo”.
“Además, muchas de esas cosas (mechones de pelo, uñas) dieron forma a cosas y personas bellas. Hay objetos que nos representan, todos tenemos un objeto totémico, en el caso de Horus, la famosa taza. Nuestra idea de la belleza es muy parcial, y la belleza está en el horror también, y justo en eso consiste lo sublime”.
Otro aspecto fascinante de esta novela es que mientras la literatura mexicana es pletórica en relatos donde se persigue la sombra del padre, aquí es el padre quien necesita del hijo para reencontrarse a través de él.
La imagen del hijo
“En la literatura mexicana se ha explorado mucho la imagen del padre, pero no la imagen del hijo. Lo que el padre piensa sobre el hijo, particularmente cuando se le pierde. Ni siquiera existe una palabra que denomine a aquel a quien se le ha muerto un hijo, entonces es el último tirón de la caída de Horus”.
Yago, sin embargo, podría tener más de un padre. Y no nos referimos a un estrambótico experimento genético, sino al trasfondo de su concepción, la cual tiene lugar en medio de un cuadrángulo pasional:
“Es, en efecto, hijo de los cuatro —Horus, Tz, Fabiana y el pintor Escudo— porque es consecuencia del daño de una pasión no correspondida: tanto Horus como Tz amaron a Fabiana, pero este amó a Escudo hasta el final de sus días. Horus se involucra entonces con Tz, la amante femenina de Fabiana. Yago es producto de un daño irreparable y lo peor es que opta por buscar a su padre cuando este prácticamente viene hacia él. Horus pierde a Yago en muchos sentidos”.
Comento al autor que el hecho de escribir una novela que replantea hechos reales en una forma que flirtea con la literatura fantástica, sin llegar a salirse de lo tangible, es algo que he admirado en otros autores, y es entonces que tocamos el tema de las influencias literarias:
“La influencia literaria depende de lo que uno lee al momento de escribir determinadas cosas, pero para esta novela me nutrí de novelas de caballerías y de Ítalo Calvino, pero soy voraz lector de autores de mi generación y actualmente leo con voracidad a David Miklos. También me encantan Daniela Tarazona y Valeria Luiseli. A Tryno Maldonado le admiro la capacidad de escribir sobre lo que le dé la gana, en el lugar de la tierra que le dé la gana”.
