CIENCIA

Robot sociales

René Anaya

Aunque todavía algunas personas creen que los robots podrían en algún futuro atentar contra la humanidad, lo real es que estos artefactos han servido, en términos generales, para hacer más amable nuestra vida, ya que han sido utilizados para facilitar nuestro trabajo o para mejorar la precisión que se requiere en algunas actividades.

Incluso, en las últimas décadas se ha creado una nueva generación de autómatas llamados robots sociales con apariencia humanoide (imitan los comportamientos, patrones y normas sociales), que han contribuido tanto a disminuir el temor hacia ellos como a combatir uno de los padecimientos más enigmáticos: el autismo infantil.

 

La cercana lejanía

El autismo infantil, seguramente, ha acompañado al ser humano desde su sedentarismo, pero su caracterización como tal no ocurrió sino hasta 1943, cuando el doctor austriaco Leo Kanner publicó su libro Autistic Disturbances of Affective Contact (Trastornos autistas del contacto afectivo) en el que lo describe clínicamente y utiliza el término autismo, que en 1911 el psiquiatra suizo Eugene Bleuler empleó por primera vez en referencia a esta alteración.

A partir de la obra de Kanner se comenzó el estudio científico del autismo (del griego autos: uno mismo), que el Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos y Accidentes Cerebrovasculares, perteneciente a los Institutos Nacionales de Salud estadounidenses, define como “una gama de trastornos complejos del neurodesarrollo, caracterizado por impedimentos sociales, dificultades en la comunicación, y patrones de conducta estereotípicos, restringidos y repetitivos”.

Ese cuadro clínico prácticamente comienza al año de edad con signos que únicamente los expertos pueden evaluar, como no balbucir o señalar al año de edad; no pronunciar palabras únicas a los 16 meses o frases de dos palabras a los dos años de edad; pérdida del lenguaje o de las habilidades sociales; contacto visual inadecuado; y no sonreír o mostrar receptividad social.

A mayor edad se presentan indicadores tardíos, como capacidad limitada para establecer amistades con pares y para iniciar o sostener una conversación con otros; ausencia o deterioro del juego imaginativo y social; uso estereotípico, repetitivo o inusual del lenguaje; preocupación por ciertos objetos o sujetos; y adherencia inflexible a rutinas o rituales específicos.

Esas características se ven en la vida cotidiana en niños con miradas perdidas o congeladas en juguetes u objetos, que tienen indiferencia hacia el trato afectivo de las personas y muestran rechazo al acercamiento físico. Son niños que a pesar de estar cerca físicamente se encuentran lejos afectivamente, ya que erigen una barrera casi infranqueable.

Encuentros cercanos de robots

Así se encuentran nueve de cada mil niños o más, según los criterios que se elijan para diagnosticarlos, pero lo más grave es que no hay ningún tratamiento específico que logre sustraerlos de ese mundo lejano que construyen en su mente y en su entorno, por lo que cualquier nuevo procedimiento es bienvenido por padres y médicos y terapeutas.

Por esa razón, el trabajo encabezado por el doctor en robótica biomédica John-John Cabibihan, de la Universidad Nacional de Singapur, publicado en International Journal of Social Robotics, fue recibido con cierto optimismo por los investigadores del autismo.

En su trabajo “Why robots? A survey on the roles and benefits of social robots in the therapy of children with autism” (¿Por qué robots? Una encuesta sobre el papel y los beneficios de los robots sociales en la terapia con niños autistas), Cabibihan y colaboradores refieren que los robots sociales pueden alcanzar elevados niveles de efectividad en la terapia del autismo.

Los investigadores observaron que los robots sociales que tienen cámaras por ojos siguen el contacto ocular con precisión y por periodos prolongados de tiempo para recoger las pruebas que sirvan para realizar un diagnóstico temprano. Asimismo, se han programado robots que ayudan a los niños a practicar el contacto visual, a respetar turnos y a imitar, entre otras funciones. “Estas actividades incluyen enseñar a un niño a iniciar un saludo, esperar su turno para lanzar una pelota, seguir la mirada del robot a un objeto de interés y copiar los movimientos del robot cuando baila”, ha referido Cabibihan.

En ese proceso, el robot puede convertirse en un compañero de juegos amistoso y en intermediario entre el terapeuta y el niño, pero los investigadores no pierden de vista que el objetivo es que el niño interactúe con gente real. “Esto es muy importante, ya que el propósito de la terapia es facilitar la interacción social del niño con otras personas, no solo con los robots”, afirmó Cabibihan en una nota publicada en MIT Technology Review.

Por lo pronto, el estudio demuestra que los robots sociales pueden ser un valioso auxiliar en el diagnóstico, estudio y tratamiento de los niños autistas y podrá abrir nuevas líneas de investigación para el tratamiento de otros trastornos que afectan el comportamiento social.

reneanaya2000@gmail.com