Versión de Patricia Gutiérrez-Otero
(Fragmento)
“¿Qué hay de más mortal a exhalar para un ser perecible
que la eterna esencia y por un segundo el inagotable aroma de la rosa?
¡Cuanto más una cosa muere, más llega al fin de sí misma,
más expira por esta palabra que no puede pronunciar y por este secreto que la hace salir!
¡Ah! ¡Qué frágil y extremo y suspendido es este instante de la eternidad a mitad del año!
Y nosotras tres: Leta, Fausta, Beata,
¡acaso no pertenecemos también a este jardín,
a este momento que entre la primavera y el verano
es una breve noche
(como ojos que por un momento se cierran en la voluptuosidad)
con nuestra voz como perfume y este corazón que se abre
para ser entre los brazos de aquel que nos ama esta rosa impotente para morir!
¡Ah, lo importante no es vivir, sino morir y ser consumido!
Y saber en otro corazón este sitio del que el regreso está perdido,
¡Tan frágil al roce de la mano como la rosa que se desvanece entre los dedos!
Y la rosa florece vagamente: una sola tarde,
¡y de cada tallo huye la compleja mariposa en el ala de sí misma prisionera!
Pero tú, alma mía, di: ¡no nací en vano y el que está llamado a recogerme existe!
¡Ah, que permanezca un poco aparte! ¡Eso quiero, que todavía permanezca aparte un poco más de tiempo!
¿Pues dónde estaría la fe si él estuviera aquí? ¿Dónde el tiempo? ¿Dónde el riesgo? ¿Dónde quedaría el deseo?
¿Y cómo volverse plenamente una rosa si él estuviera aquí?
Es su sola ausencia la que nos hace nacer
¡y bajo el mortal invierno y la primavera incierta compone
entre las hojas espinosas, por fin perfecta la roja flor de deseo en su ardiente geometría!
—Y mañana expira esta boda de la tierra y ya no habrá noche.
¿Mas qué importa si más allá del vacío inmenso del verano y el invierno que lo profundiza,
las vírgenes de nuestro palacio, ya en el futuro jardín, saludan a sus hermanas que reaparecen?”.
