Ricardo Muñoz Munguía
Los famosos, sobre todo, son los predilectos. Muchos jóvenes, principalmente, desean y sueñan ser un “predilecto”, aunque el precio se antoje carísimo. Los excesos que van del alcohol a cualquier tipo de droga, pasando por el sexo y hasta la comida, pueden llegar a parecer que son parte de la cara bonita de la vida de los que creen “tener todo”. Los predilectos, de Jaime Mesa, ahonda en el significado del deseo, en lo inalcanzable del deseo, aunque dinero, fama y poder estén a la mano.
Por otro lado, si bien no se trata de una novela sobre el Sida, sí es ahondar en un mundo casi desconocido, donde la gran mayoría guarda el secreto de lo que pasa en esas fiestas privadas en que se reúnen para tener sexo sin condón. La diferencia o el toque excitante es que la cereza encantadora es la enfermedad del Sida, y juegan hombres y mujeres a contagiarse o a tener una segunda oportunidad. La principal forma del contacto lo hacen a través de chat rooms pero con ciertas claves.
Jaime Mesa, autor de las novelas Rabia (2008) y Los predilectos (2013), ambas publicadas por Alfaguara, ha llevado a cabo una exhaustiva investigación para abordar el tema que pareciera increíble.
—¿Cómo nace Los predilectos?
—Los predilectos está muy cercana a Rabia, mi primera novela. En Rabia todo detonó a raíz de un personaje principal que se llama Forster, cuyo problema era la insatisfacción, quien se levantó un día —tenía un problema con el vacío—, y se daba cuenta o imaginaba que las personas que estaban detrás de la televisión o de la pantalla de una computadora eran más felices que la gente famosa, aunque se cree que “los predilectos” siempre tienen una cuota más disfrutable y más alegre de la vida. Eso hacía deprimirse mucho a Forster. La conexión es que tanto los famosos, como los predilectos, como Forster, o el resto de nosotros, nos sentimos completamente vacíos en esta era, en este siglo XXI. Es así el detonante para prolongar la obsesión sobre el vacío, las preguntas de por qué en esta sociedad, que lo tenemos todo o en apariencia nos dicen que lo tenemos todo, nos seguimos sintiendo tan vacíos y nos seguimos suicidando de alguna forma por el deseo insatisfecho. A mí me gustaba mucho en la adolescencia estas historias de los famosos. Kurt Cobain, músico, compositor e instrumentista estadounidense, tenía todo en apariencia y de repente un día se mata; me perturbaba mucho la idea de por qué alguien que está creando, que de alguna forma ya está haciendo lo que tanto deseaba hacer, no le es suficiente y está la doble apariencia: en un concierto podía dar todo de sí, mostrar una imagen a los espectadores como de felicidad y el lado b era cuando se iba a su casa, se deprimía, le pegaba a su mujer, se emborrachaba y tenía problemas como el resto de nosotros. Entonces, como ese par de dudas, ese par de preguntas y la continuación de Rabia fue lo que detonó realmente la escritura de Los predilectos.
—Por otro lado, abordas en Los predilectos a gente que se busca para tener sexo sin protección. Son personas sanas con personas infectadas de Sida, una especie de suicidio…
—Es un suicidio como de “a mentiritas”, es decir, muchas de las muertes que aparecen en Los predilectos se conectan mucho con la idea de que todo el tiempo estamos relacionados con la muerte a través de la televisión —por encima de la Internet que se llegó a pensar que era el nuevo rey pero la televisión sigue presumiendo su corona—: qué muestra al ochenta por ciento de la población. Todos los días vemos en películas, noticieros, documentales o en series de televisión: muertes y muertes. En apariencia estamos preparados para la muerte, incluso para el suicidio, o sea, podemos ver el documental de Kurt Cobain de cómo se mató y decir: ah, bueno, así se mata alguien y está muy bien, yo lo podría o no lo podría hacer. Estamos todo el tiempo simbólicamente preparándonos para eso pero no es real porque gracias al destino proporcionalmente se muere mucha más gente de ficción que vemos en la televisión que gente relacionada con nosotros, y cuando llega la muerte real nos cimbra, nos destruye.
Nos fijamos mucho en “los predilectos”, en los famosos, porque a pesar de que todos tenemos quince minutos de fama, ser un predilecto o ser un famoso parecería que te da la vida eterna. James Dean sigue siendo un joven para siempre, de Marilyn Monroe seguimos viendo sus películas; nosotros envejecemos y ellos siguen siendo jóvenes, esa apariencia de que están atrás de la pantalla y que siempre siguen como actuando o siguen como representando su vida una y otra vez nos da una apariencia de eternidad y eso es lo que queremos todos. El morbo, la obsesión por “los predilectos” —que entre más jóvenes mueran es mejor de alguna forma—, quienes desde muy temprana edad consiguen todo lo que la sociedad le dice que deben conseguir, es el símbolo para nosotros, es como nuestro anzuelo, lo que querríamos para todos nosotros. Básicamente en Los predilectos se aborda esa visión y ese gancho que en una sociedad de consumo representan los personajes famosos. La suerte de “los predilectos”, por ejemplo esta moda de los rockeros del club de los veintisiete, es que qué bueno que se murieron temprano, pues qué iban a ser con todo ese salto de genialidad en los primeros años y luego la decrepitud.
—¿Qué tanto quisiste ser parte de “los predilectos”?
—En mi adolescencia quise ser parte de ellos, como cualquier adolescente. Antes de publicar mi primera novela, yo sabía que iba a ser un poco espectacular publicar en Alfaguara por los reflectores que iban a darse, incluso pude publicar antes pero preferí que no, porque no se me quitó de la mente que mi novela apareciera en esta editorial, y esa es la conexión con mi adolescencia, la de verme en los reflectores. Es un deseo de adolescencia que no se abandona, y en mi novela hablo de ese deseo, que es el que tienen “los predilectos”: la vida no cambia y se sigue siendo la misma persona que uno cree que fue.
—¿Nos puedes hablar de cómo se puede entrar en el club de los que quieren contagiar o contagiarse del VIH?
—Descubrí las pistas del Barebacking (actos sexuales sin preservativo), que es la relación que buscan los que tienen Sida con los que no la tienen o viceversa. Esto me lo encontré por casualidad, investigando para mi primera novela, la que trata sobre un tipo que cambia de máscara, cambia de personalidades a través de máscaras en chats de Internet. Yo me metí a investigar qué era ese mundo, qué era ese poder, cómo era cambiar de personalidad en un chat y, de ir de chat en chat me encontré en un chat room con estas personas, quienes me decían que eran seropositivos y si me interesaría tener un intercambio; yo no entendía, luego vi que eso era la moneda corriente de ese chat. Me salí y empecé a investigar en blogs, en páginas electrónicas donde ya había anuncios casi como clasificados, extrañísimos en el sentido de que “soy un hombre de cuarenta y tantos años y busco a quien infectar” o al revés, una mujer o un hombre, que buscan quien los infecte. Me impactó mucho y curiosamente tenía un amigo que era el director de Conasida, aquí, en Puebla, y él me dijo que el fenómeno tiene unos quince años, que aún ahorita es muy perseguido por la gente pero a la vez casi impronunciable y subterránea, por dos motivos: uno, debido a la peligrosidad por el hecho porque está fuera del canon del sexo sano y porque el Sida sigue siendo una enfermedad terrible pero ya pasó de moda, nadie habla del Sida, aunque sigue pasando lo mismo, las cifras no han bajado. Hay investigaciones que me hicieron entender y conectarlo con la novela de por qué la gente hacía eso, y son cosas claras: una, excitación sexual, porque tener sexo en un estado de riesgo se parece mucho como hacerlo con una pistola cargada, y otra es el pensamiento de quien dice “por qué voy a renunciar al placer de ponerme condón para tener sexo, si en este momento hay una partida de médicos rumbo al (Premio) Nobel que van a descubrir la cura del Sida, entonces para qué si en un par de años van a encontrar la cura. Son pensamientos periféricos que abordo en mi libro. Y la novela, en su columna vertebral, no es sobre el Sida. Elegí el Sida para mi novela pero ubicada en los años noventa y el grupo de rock donde eran las grandes bandas, que estaban en auge, y el Sida era la enfermedad de moda. Lo que quise hacer fue trabajar con estos temas contemporáneos del vacío pero no ponerlos en el año 2013 sino recorrerlo para atrás unos veinte años.
Las fiestas donde la gente se contagia de Sida son tomadas como un hecho coyuntural en el sentido de que quizá ya no haya nada más que eso, es decir, puede haber drogas, sexo o alcohol pero el ir en busca del placer para meterse al túnel de la muerte pues qué más podría haber si lo que sigue es matarse. El hecho de estar con personas infectadas de Sida es suicidarse lentamente o es un suicidio sin suicidarse, es decir, sé que potencialmente me puede infectar y en diez años me voy a morir pero como no va a pasar ahorita, como no ve voy a aventar al barranco ahorita, es poder llegar a pensar que se tiene una segunda oportunidad. En este tipo de fiestas se conocen dos de los personajes principales y es también como el cierre y la apertura de la temporada, por eso me interesó mucho el tema y elegí exponerlo en mi novela.
