Sara Rosalía

 

El mercado de arte recaudó nada menos que más de mil millones de euros por tres artistas nacidos en la segunda mitad del siglo XX: Jean-Michel Basquiat (1960-1988); Jeff Koons (1960) y Peter Doig (1959). En la misma nota de Mónica Mateos Vega que comenta el análisis anual de junio a junio de 2013 de la empresa Artprize, se llama la atención sobre dos aspectos fundamentales, el carácter especulativo de estas inversiones y su volatilidad. No es casual que los compradores sean los que llaman ultrarricos, los fondos de inversión y las propias galerías que revenden obras o actúan a nombre de sus países. Mismos inversores que sufren escalofríos, cuando leen en Artprize que en algún momento el 70 por ciento de las obras subastadas no se venden o que por la crisis se vino abajo el mercado en España. Bajo el agua se dice que la compra y venta de arte es una de las muchas formas de lavar dinero.

Las metrópolis culturales que encabezan las ventas de la primera a la quinta son Nueva York, Londres, Beijing, Hong Kong y París. De ahí que se diga que Estados Unidos y China se van pisando los talones. América Latina aparece en el renglón de países emergentes en la compra de arte.

No es casual que Basquiat sea de Brooklyn y Koons de Filadelfia. (Doig es escocés). Los tres viven su época de esplendor en los ochentas, y al menos a mí me parece inquietante, que compartan la característica de ser transgresores y que, de algún modo, se relacionen con el expresionismo.

En la literatura surgen esa década los agentes literarios, personas que van de feria en feria comerciando con los derechos de autores con fama planetaria, como Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa. A Koons lo promueve abiertamente una agencia de publicidad, muchos, para decirlo en términos conservadores, sólo se valen de la publicidad, como Cuevas o Monsiváis. Se dice que el par de México, como los del Boom (Fuentes, Cortázar, García Márquez y Vargas Llosa) tenían el pacto de mencionarse unos a otros en cualquier entrevista por más lejano que fuera el tema sobre el que les preguntaran en la TV o en la prensa. Todavía puedo recordar las fotos de Carlos Fuentes del brazo de dos “bailarinas exóticas” u ombliguistas, (llamadas así porque enseñaban el ombligo), creo que Kalantai y Tongolele, y a Monsiváis con Carmen Salinas parodiando a Gloria Lasso, ambos escritores en la sala Ponce de Bellas Artes. Una vez, José Luis Cuevas me reveló la regla de oro: Ataca al más famoso y con eso aseguras aparecer en todos los medios. Él, como nos consta, la seguía, pues son célebres sus diatribas juveniles contra Diego Rivera.

Basquiat y otros de los más cotizados aparecen en la televisión. En Artprize destacan que el colombiano Óscar Murillo ya ha sobrepasado el medio millón de euros con sólo cuatro obras subastadas. Gabriel Orozco es el único mexicano que aparece en la lista, precisa Mónica Mateos Vega.

Aquí en México, antes se creaban jurados ad hoc y se elegían las obras y artistas que representarían al país. Ahora se reitera la queja de que las propias galerías deciden a quienes enviar a esas ferias internacionales, y en la forma de amigos de los museos los empresarios impulsan homenajes, lo que aumenta precio y prestigio, a artistas que casualmente forman parte de su acerbo privado.

En este juego de finanzas, apuestas y especulaciones, uno se pregunta si el arte importa, pero cuando leo ahí mismo que una versión de Los jugadores de cartas de Cézanne, donde el crítico Justino Fernández explicaba cómo nació el geometrismo, fue vendida en 200 millones de euros, uno entiende que el arte no tiene precio. Aquí, obligado es citar a Óscar Wilde que debía ser el epígrafe de estas líneas: “un cínico (un capitalista) es el que sabe el precio de todo y el valor de nada.