¿Y el pueblo?… ¡que pague!
Alejandro Zapata Perogordo
La formación del grupo de 16 diputados que se pronunciaron por eliminar el repulsivo impuesto sobre la tenencia vehicular en el Congreso local, de manera inusual, se enfrentó abiertamente con la administración torancista, quien ha insistido en mantener el cobro, saliéndose al final con la suya.
Quienes lo componían son legisladores de oposición y, por lo tanto, válidamente se presumió que contaban con independencia, más aún, tratándose de un tema tributario, la propia ciudadanía lo vio con simpatía e inmediatamente dio el respaldo a la medida adoptada por el autodenominado G-16. Aunque desde un principio hubo algunos escépticos, calculadores, incrédulos, afirmaron que ese bloque no iba a aguantar, que acabaría resquebrajándose; el tiempo les dio la razón.
¿Qué experiencia nos deja este episodio?
Aún persiste el sistema político de un solo hombre, como diría Vargas Llosa: “la dictadura perfecta mexicana”, en la versión potosina, ya lo había anticipado el Dr. Toranzo, días previos a la sesión del Congreso, al decir: “¡la tenencia se queda!” El mensaje estaba claro: aquí mando yo.
Es indiscutible la capacidad de cooptación del gobierno y la poca convicción de algunos diputados. El primero requería de cuando menos tres de los dieciséis firmantes, y los consiguió. La pregunta obligada es: ¿qué les dieron?, pues gratis no fue, sería ingenuo pensar que por remordimiento de conciencia o producto de la casualidad, de un momento a otro cambiaron su forma de pensar, ¡para nada!, el hecho que sin duda fue determinante es un oculto proceso de negociación. Total, que los ciudadanos paguen los caprichos del poderoso, y los diputados, previas prebendas, se pongan incondicionalmente al servicio del gobernante en turno.
Es un modelo que durante décadas se ha implantado, sólo que ahora con mayor cinismo; se perdieron los valores, las convicciones, la sensibilidad, se trabaja para darle gusto al gobernante, ¡qué les importa que a la gente le vaya mal!, no contentos con la reforma fiscal a nivel federal, que incrementa sustancialmente los impuestos en esta época de recesión económica, nos enjaretan un aumento del 54% al agua, el 25% del impuesto sobre la nómina y por supuesto los prediales.
¿Y el pueblo?, bien gracias ¡que pague!
La gente ya no aguanta a la clase política, ya no soporta un sistema de imposiciones, está harta de la corrupción, la impunidad y la inseguridad.
El Congreso mal, el gobierno mal, ¿que nos queda?, gritar, denunciar, rebelarnos, unirnos y cambiar las cosas.
Requerimos un Congreso realmente autónomo, dotado de dignidad, que represente auténticamente a los ciudadanos, que ponga un alto a los excesos de la autoridad, que sea un contrapeso del Ejecutivo y un celoso fiscalizador en el manejo de erario.
