Juan Antonio Rosado
Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejos, si es que entonces quedó alguna piedra.
Joaquín Pasos
Afirma Alfonso Reyes que “Los poetas no tienen derecho a la modestia: la canción es siempre ostentación y hasta participa del desafío”. Es verdad sobre todo si pensamos en la poesía lírica, con fuertes injerencias del yo, de una percepción preponderantemente subjetiva. Al reunir su obra, todo poeta debería realizar un ensayo de autocrítica y reflexionar sobre el lugar y papel que, a lo largo del tiempo (y siempre a partir de sí), han ostentado sus versos. Justo es lo que hace Margarito Cuéllar en Música de las piedras. Tras el breve recuento de una formación que implica las andanzas por ese “mar de adioses” y “plantío de encuentros fortuitos y amistades” que es la vida, entramos en la “Ronda del fugitivo”, que se inicia con la búsqueda de un ISBN y con la preparación para una biopsia, que sacude e invita: “Desde el Usumacinta de mis venas/ una parte de mí es agua”.
La poesía de Cuéllar es a veces lúdica y antisolemne por las extrañas presencias que interactúan; es intensa por su ritmo, cadencias vertiginosas, múltiples recursos, pero en particular por la autenticidad con que trata ciertos temas: “Qué es el amor si no fiebre barata, una carta marcada por la prisa, una sombra que pasa sin camisa, sin horas, sin razón y sin corbata” o “El odio te mantiene siempre en forma. Practícalo con fe, hazlo tu norma”. El guiño irónico es casi una constante, mas hay otra a menudo invisible: la piedra. Una vez fue arrojada por la poesía para “hacer temblar cuchillos”; otra fue lanzada por los enemigos del yo lírico, y con ellas éste construyó la casa donde vive como rey; en una ocasión, las piedras hablan y ¿ahuyentan a la Señora Poesía? Como quiera que sea, la respetable solidez de la piedra y el flujo suave, sonoro, cambiante de la música se conjugan en este intenso libro. Una de las últimas partes nos viene de un pasado remoto: “La poesía se compone de piedras y gusanos”. ¿Qué es el verso sino un gusano que camina con alma lenta, pausada?
La escisión del yo que produce la enfermedad, la misma poesía (“loba chillona”), donde encontramos a “rimbaudveloz”, “apollinagua” y “mallarluz”; la vida citadina, cotidiana; el país fragmentado, la lectura, el arte, Dios y sus contradicciones, los animales, la envidia, el tiempo, la infancia, la familia, los muchos homenajes a poetas vivos y muertos… son sólo algunos de los diversos temas en que la mirada poética —con variados ánimos y tonos— se inserta para hacerlos palpitar, morir o resucitar entre los versos.
Por ser compilación de libros, la riqueza de este voluminoso poemario es inabarcable en una breve nota cuyo único fin es dar cuenta de esta sonora y dinámica música de las piedras.
Margarito Cuéllar, Música de las piedras. Universidad Autónoma de Nuevo León/ Editorial Praxis, México, 2013; 440 pp.
