Alejandro Alvarado
Se trata de un escritor informal, sin método, que va dejando que la existencia le dicte historias. Juan Miguel Zunzunegui, nacido en 1975, es comunicólogo, investigador, doctor en humanidades, y un desmitificador, sobre todo, de la historia de México. Al iniciar la presente entrevista, mencionó sobre su ritual para comenzar a escribir: es planear un esquema y una estructura
—pierde meses intentándolo, pues difícilmente le vienen a la mente—, hasta que lo alcanza la prisa, entonces se va de retiro a la playa y comienza su historia desde cero. Aproximadamente durante un año investiga y viaja, de ser posible, a los lugares de los que va a hablar para empaparse a fondo del tema.
A propósito de su más reciente novela, La construcción de la Catedral, charlamos con el autor de El misterio del águila, La diosa y la serpiente y La caída del dragón, entre otros libros.
—¿Algo, en específico, le interesa destacar cuando planea una historia?
—Eso lo voy descubriendo sobre la marcha. Obviamente el tema principal, del que partí, fue la construcción de la Catedral, el pretexto para escribir Los cimientos del cielo (Grijalbo). Por dos razones muy importantes lo hice: la primera, porque este año se cumplen doscientos años de la inauguración de la catedral, y me pareció una fecha simbólica que valía la pena para recordársela a la gente, el 7 de junio de 1813; y la segunda, me parece que la Catedral como personaje para una novela representa muy bien todo lo que somos. Para empezar, me permitía contar una historia a lo largo de todo el virreinato. La primera piedra la colocó Hernán Cortés en 1524, luego tiraron lo que él construyó y quedó lo que tenemos hoy. Su historia empieza en 1524 y termina en 1813, con lo cual abarca todo el periodo del virreinato. Siempre lo señalo: en este país nos enseñan muy mal la historia en la escuela. Mis novelas anteriores giran en torno a la Independencia y la conquista, trato de enseñarlas mejor e indicar diversas cosas con crítica y mucho análisis, con el fin de que haya desmitificación.
En el virreinato no hay que desmitificar nada porque la gente no lo conoce. Nos han enseñado que es el peor de los acontecimientos porque cuando los gachupines llegaron provocaron todos los lamentos de conquista que ya conocemos. Por eso, en nuestra historia, los trescientos siguientes años no vale la pena estudiarlos dado que fue cuando nos sometieron los españoles; sin embargo, es el periodo en el que nace lo que somos. Algo que yo destaco constantemente es que México no fue conquistado porque no existía, ni el imperio Azteca lo era, ni las naciones indígenas, que nunca formaron un solo país, lo eran. El nuestro, es un país mestizo, de indígena con español y nace con la llegada de Cortés. A partir de ello empieza el mestizaje, y es en el virreinato cuando se mezcla nuestra religión, cuando se da la fusión religiosa, cultural, mística y folclórica, que somos. Todo eso se da en el periodo que no estudiamos.
—¿Cuáles cree que son las razones por las que tenemos una historia deformada del país?
—Estoy convencido que la intención de nuestras autoridades ha sido no educar al pueblo. Pocas cosas me quedan más claras; en realidad, esto, ni siquiera ha sido por error o por deficiencia, estoy convencido que es por sistema. Las autoridades prefieren un pueblo ignorante. Se nos enseña historia para memorizar, no para pensar. Sin embargo, esta materia puede darte una mente crítica maravillosa. En México ocurre que Benito Juárez, quien fue en su momento el hombre que nos trajo el capitalismo liberal y el gran aliado de los norteamericanos, hoy es la bandera de la anticapitalización, de la antiglobalización y de lo antiyanqui. Esto sucede porque la gente ignora la historia. En Venezuela, el comandante podía tomar a un criollo aristócrata como Simón Bolívar y convertirlo en icono del socialismo.
—Veamos, ¿su preocupación en Los cimientos del cielo, por encima de la construcción de la Catedral, es la lucha del presente contra el pasado?
—¡Claro!, precisamente porque nos han educado para vivir en el pasado, para añorar, para venerarlo, para permitir que los muertos entierren a los vivos, que los fantasmas del pasado manden. Cada que hay que hacer reformas o discusiones políticas desempolvan a Juárez o al general Cárdenas para que enfrentemos los retos del siglo XXI con las respuestas del siglo XIX, lo cual me parece patético; y, justo, en mi novela lo que trato de representar es este choque. Su dinámica se mueve en el sentido de que todas las culturas, civilizaciones y religiones en la historia han asumido que ellas son lo máximo. Nuestro dios es el único, nuestras ideas son las verdaderas, nuestro desarrollo es el ideal, nosotros nunca caeremos, y todo en algún momento llega a su fin. Por ejemplo, aunque el pretexto central es la construcción de la Catedral, yo empiezo a desarrollar la novela en Castilla en 1487.
—¿Para poder adentrarse en la conquista?
—Porque justo el punto es que no podemos entender la conquista. Hay que profundizar en que la conquista de Mesoamérica la lleva a cabo el imperio español; pero, ¿qué es el imperio español? Empiezo la novela contando cómo los reyes católicos pelean con los musulmanes, porque ahí empieza la unificación de España; la que se convierte en el imperio hispano, del que fuimos la joya de la corona durante trescientos años y, además, es lo mismo con los musulmanes, los que duraron en la península setecientos años, convencidos de que su mundo no iba a acabarse nunca; pero los reyes católicos terminaron con su reinado. En la novela hablo también de Martín Lutero, de la reforma protestante y de todas las persecuciones religiosas porque la Edad Media estaba ya perfectamente sustentada en el derecho divino y la unidad religiosa europea. Cuento también cómo de pronto Lutero destroza la unidad religiosa europea y entonces el mundo medieval se cae por completo. Pero surge la edad monárquica, una era que trescientos años después estaba perfectamente sólida, cimentada en la idea del derecho divino de los reyes pero cuando llega Napoleón arrasa con ella y da pie a la conformación de la era republicana. Lo mismo sucede aquí, en 1487: Ahuizotl inaugura el Templo Mayor, al que llamaban, precisamente, “Los cimientos del cielo”. Estamos hablando del auge, del mejor momento del imperio mexica. Después Hernán Cortés irrumpe en Tenochtitlan, la sitia, la sacude y desmorona “Los cimientos del cielo”.
El mundo mexica terminó, y surgió otro, que es el nuestro finalmente. La novela acaba en 1813, con la Catedral ya construida y la Independencia comenzando; con ella continúa el ciclo de que un imperio nuevo suple al viejo. Hay dos tipos de personas: las que aceptan estos cambios y los que no los aceptan. El mundo y el futuro sólo le pertenece a ellos, los otros optan, como los mexicanos (a eso los han educado), a vivir en el pasado lamentándose de los hechos y añorando lo que está muerto, porque el pasado está muerto. Pero los que asumen que el mundo cambia tratan de cambiar con él. Estoy seguro que el futuro es para ellos y ese es el conflicto fundamental en Los cimientos del cielo.
