Eve Gil
Pedro Ángel Palou (Puebla, 1966) es uno de los autores mexicanos más impredecibles. Lo mismo puede escribir una novela ubicada en el ambiente boxístico, con un narrador ad hoc que emplea el pintoresco lenguaje de los bajos fondos, que otra tan delicada y preciosa como un grabado japonés. Sin contar, claro, sus novelas históricas que han exhibido una cara hasta cierto punto oculta de próceres y caudillos.
Pero considero que su mejor novela, hasta la fecha, es La amante del ghetto (Planeta, México, 2013) y que, en cierta forma, reúne lo mejor de sus obras previas. Y para quien exclame —como ya lo hizo alguien cuando al transmitirle mi entusiasmo por esta lectura— “¡otra de la Segunda Guerra Mundial!”, le respondo: No, no es otra… y si bien todos los temas, aún los que consideramos manidos, pueden ser absolutamente trastocados por un narrador de gran oficio, no se trata, insisto, de una novela ambientada en esa circunstancia histórica, sino algo después: la posguerra, que en cierta medida puede llegar a ser más doloroso porque es el momento en que los sobrevivientes sufren el trance de tener que ir recogiendo sus pedazos y reconstruir, hasta donde sea posible —y si es posible— sus vidas destruidas. Zofia Nowak, la protagonista, ha elegido el camino más radical, no para recobrarse —está consciente de que nunca volverá a ser la misma; la han matado en vida y su alma se ha vuelto indescifrable— sino para no quedarse de brazos cruzados respecto a quienes la despojaron de sí misma y de su familia: la venganza.
La amante del ghetto no sólo arrasa con el absurdo pero muy extendido mito de que los judíos se portaron como ovejas rumbo al matadero, sino que recrea un hecho muy poco abordado y menos conocido, que es la organización de “vengadores” de judíos que se propusieron impedir que sus verdugos —los nazis— se quedaran sin expiar sus culpas. Zofia, estlizada sombra en las callejuelas parisinas de tiempos de la devastación y el racionamiento (paradójico escenario para el surgimiento del imperio de la moda), pertenece a los llamados Nokmim, agentes judíos cuyo modus operandi consiste en seguirle las huellas a oficiales nazis que pretenden pasar inadvertidos por el mundo con nuevas identidades, capturarlos y ajusticiarlos (“fusilarlos”, sería el término apropiado), no sin antes forzarlos a escuchar la lista completa con los nombres de sus víctimas. Zofia, ex cantante polaca, es una novata acompañada por otro novato —que sin embargo está bragado en otro tipo de maniobras bélicas— Shlomo Galatz, a quienes su primera misión les queda como bordada a mano, y los anima a ir tras su segunda presa y ejecutarlo con la misma frialdad que al primero. Lo que Zofia no imagina, es que en medio de la pesquisa, mientras espera ver aparecer a su próximo objetivo, ve entrar por las puertas del mismo hotel donde se hospeda aquel, al hombre que amó: un oficial nazi de Auschwitz que se escuda en un falso nombre polaco y la identidad de un empresario textil.
A partir de este instante, Zofia sufre un conflicto de conciencia. Albert (alias Tarnowski) no forma parte de la lista de nazis a los que ella y Schlomo tienen la orden que liquidar, pero está moralmente obligada a decirle a su compañero de misión que ese hombre —que, por cierto, resulta amigo de su objetivo, quien se hace pasar por holandés— pertenece al bando enemigo. Una inesperada voltereta del destino la colocará, gracias a la seductora intervención de un reportero de modas inglés, de nombre Richard Evans, en apariencia inocuo y hasta un poco ingenuo, que le comenta que el entonces incipiente modisto, Christian Dior, requiere de maniquíes para su próximo desfile. Al margen de su misión original, Zofia ingresa al mundo donde actualmente se desenvuelve su antiguo amante. De entrada no le dice nada a Schlomo, aunque éste, permanentemente tras la pista de su objetivo original, que se hace llamar Van Santen, no tarda en descubrir la amistad que une a éste con el misterioso Tarnowski. Zofia opta por omitirle información a su cómplice respecto al romance que vivió con Tarnowski, y poco a poco se van revelando detalles de aquella relación que empezó durante la ocupación nazi de Varsovia. Una vez capturada junto con su hermana gemela, Tania (cuyo nombre adopta Zofia, en su calidad de modelo) y su madre, para ser llevadas a Aushwitz, Zofia y Albert concluyen su relación pero éste realiza una serie de gestiones para que la estancia de su ex amante y su familia sea menos terrible. ¿Amor? ¿Gratitud?… Pasión parece no haber demasiada, quizá porque estamos hablando de una cantante de cabaret que ha aprendido a lidiar con sus sentimientos —aunque ello no basta para volverla cautelosa ante el acoso amoroso de un oficial nazi— y de un hombre convencido de estar cumpliendo una misión patriótica. Esto es, acaso, el único reproche que le haría al autor: su contención respecto al erotismo de sus protagonistas, si bien, en otros aspectos, la narración derrocha intensidad: las persecuciones de callejón, el conflicto entre ética, deber y amistad, las atmósferas posteriores a la consumación de una heterodoxa forma de justicia, etcétera, etcétera.
En la Advertencia que precede a la novela, Palou señala “Todos los personajes de esta novela son seres de ficción, aun los que llevan nombres históricos (…)”. Lo emocionante en este sentido, es que los “personajes históricos” a los que alude son diseñadores (Christian Dior, Balenciaga) y artistas en general, entre los que destaca su excepcional retrato de un melancólico y ensimismado Albert Camus que, atraído por la aura misteriosa y erótica de Zofia, dice: “He estado pensando que cuando el ser humano se enfrenta al cataclismo de la historia sólo encuentra dos respuestas: perderse en lo colectivo, comprometiéndose con alguna causa, o cerrar la puerta del todo. El encierro o la huida en la masa” (p.88).
Y por si esta espléndida narración llena de sobresaltos y sorpresas no bastara, el libro cierra con un magnífico “Kadish”, donde Palou nos expone sus motivos para escribir esta novela, nos revela secretos de sus propios procesos creativos, de las lecturas que lo acompañaron durante esta aventura y confiesa sin tapujo su fascinación, compartida con el recientemente fallecido Álvaro Mutis, por George Simenon: “(…) las atmósferas psicológicas de sus novelas, su absoluto descreimiento de todo maniqueísmo y su cruel mirada sobre el alma humana han sido algunas de mis enseñanzas novelísticas centrales” (p. 207).
Y yo le creo…
