Entrevista a Hugo Gutiérrez Vega/Premio Nacional de Lingüística y Letras 2013
Moisés Castillo
Octavio Paz decía que un pueblo sin poesía es un pueblo sin alma. Y Hugo Gutiérrez Vega, Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Letras 2013, sabe que la sociedad tiene que ver mucho con la entraña del poeta y viceversa. Su poesía se nutre de la vida cotidiana y la recrea. La realidad a contraluz. Los estados de ánimo del poeta y del lector se fusionan en un solo instante: descubrir en lo ajeno lo propio.
“Tal vez la única realidad sin fisuras sea la del sueño”, apunta el poeta oriundo de Guadalajara, Jalisco (1934), en su poema Sobre filósofos y santos bebedores:
En el poema no se puede contar la vida.
La vida no se cuenta,
se inventa, se fabula
y, al final, se deshace
como el cerezo de la primavera.
Nos quedamos con sus fragmentos,
sus instantes de luz,
sus numerosas sombras.
Los caminos de la vida
En su oficina donde dirige el suplemento cultural La Jornada Semanal señala, con gran sentido del humor, que a su edad (79 años) los estímulos deberían ser eléctricos. Gutiérrez Vega no sólo es poeta y periodista, también fue un destacado diplomático, actor y director de teatro egresado del Actors Studio de Nueva York. Agregado cultural o cónsul en Estados Unidos, España, Italia, Rumania, Chipre, Brasil, Líbano, Moldova y Puerto Rico. Fue embajador de México en Grecia entre 1987 y 1994.
Además es abogado y maestro en letras. Ha sido rector de la Universidad Autónoma de Querétaro, catedrático en las facultades de Ciencias Políticas y de Filosofía y Letras en la UNAM. También fue director de la Casa del Lago, de Difusión Cultural y de Revista de la Universidad de México.
Recibió el Premio Nacional de Poesía (México, 1975), el Premio de Letras (Jalisco, 1994), el Premio Nacional de Periodismo en Difusión Cultural (1999), el premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde (20001), el Premio Nacional de Poesía Xavier Villaurrutia (2002), así como la Medalla de Oro del Instituto Nacional de Bellas Artes (2004). Actualmente es miembro del Seminario de Cultura Mexicana, de las Academias Española y Mexicana de la Lengua.
Su poesía ha sido traducida al inglés, francés, italiano, rumano, portugués, griego y turco. Gutiérrez Vega fue un viajero sin pasaporte. Ha escrito un libro sobre cada país en el que ha vivido, respiró sus aires y sigue deslumbrado por el mundo. Pero fue en los Altos de Jalisco donde conoció la poesía. En la Plaza de Armas de Lagos de Moreno se le acercó al poeta Francisco González León, un hombre frágil y amable, y le dijo el mozalbete de apenas 10 años de edad: “señor, yo sé que usted es poeta”. En la escuela había leído un poema sobre las manos de su novia escolar donde decía “Sus manos, lenidades de paloma,/ sus manos escolares que me empeñé en besar;/ sus manos que exhalaban el aroma/ de un
lápiz acabado de tajar”. Eso le encantó. Con una mirada luminosa le reviró al pequeño Hugo: “sí, hijito, pero ya no lo vuelvo a hacer”.
El padre Alfredo R. Plascencia fue muy importante también y después Ramón López Velarde y de ahí pasó directamente a la Generación del 27: Federico García Lorca, Luis Cernuda y Rafael Alberti. Así ha sido la historia de un hombre que descubrió en la poesía su medio vital de expresión. Ahí están sus decenas de libros que nos enseñan, como dijo Cernuda, que todo lo que es hermoso tiene un instante y pasa.
Echar a perder para echar a ganar
¿Cuándo nace su amor por la literatura?
Empecé muy joven en una revista que se llamaba Ideales, de un colegio donde estudiaba en Guadalajara. Había otra que se llamaba Juventud. Recuerdo que éramos dos compañeros inseparables: Héctor Dávalos, más tarde periodista de Novedades y secretario de la Septién García, y yo. Éramos la pareja de periodistas y de escritores. Desde mi época de secundaria había una afición muy firme de echar a perder para a ver si después se podía echar a ganar.
¿Cómo descubrió el mundo de los libros? ¿Fue una cuestión familiar?
No había muchos libros en casa. Estaba la biblioteca de un tío que era notario, tenía cultura de notario, bastante ecléctica, libros de todo tipo. Mi abuela era una lectora de vidas de santos. Era jalisciense de los Altos, medio cristera. Leíamos vidas de santos, pero me inclinaba por los cuentos de hadas, sobre todo de los hermanos Grimm, Andersen y de manera especial Charles Perrault.
¿Por qué señala que después de Pablo Neruda todo es poetizable?
Neruda nos enseña eso: las palabras consagradas, los temas exclusivos de la poesía se abren a toda la experiencia humana. Después de Neruda, en efecto, todo es poetizable: unos anteojos rotos, una bicicleta, una mujer hermosa, un amor frustrado, un amor ganado. Todo pertenece al terreno de la poesía. Eso ya nos lo había enseñado San Juan de la Cruz.
¿Qué significado tiene para usted este Premio Nacional de Ciencias y Artes?
A mi edad avanzada tiene el significado único de reconocer un esfuerzo de muchos años. Estoy más allá del bien y del mal. Lo tomo como un reconocimiento, como un gran honor recibir un premio nacional en mi especialidad que es la literatura. Es una manera de reconocer un trabajo más que una obra. Había un escritor brasileño, Joao Cabral de Melo Neto, que, cuando estaba muy deprimido e inseguro respecto a su obra, le llamaba al escritor Carlos Drummond de Andrade y le decía: “Carlitos, hágame un elogio por el amor de Dios”. De esa manera le levantaba la moral.
Neruda todo lo poetizó
Escritores como Alfonso Reyes, Carlos Pellicer, Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis también recibieron este premio nacional, ¿tuvo alguna relación amistosa-cercana con alguno de ellos?
Con Octavio Paz, mucha amistad. Después hubo una especie de ruptura por cuestiones políticas, luego nos reconciliamos. Con Octavio había ese vaivén, se enojaba y luego se ponía contento. Fui muy amigo de Juan Rulfo, discípulo de Alfonso Reyes en Cuernavaca. Monsiváis fue mi hermano, vivía con nosotros en Londres. Sergio Pitol, también. José Carlos Becerra no ganó el premio porque no tuvo tiempo, murió antes. Muchos que ganaron el Premio Nacional han sido y son mis amigos.
Monsiváis, después de 1968, quiso salir de México por razones obvias. Yo era consejero cultural de la embajada de México en Londres y le conseguí una cátedra en la Universidad de Essex. Llegó Carlos, estuvo alojado en nuestra casa con mi esposa, mis tres hijas y yo. Además, la casa estaba abierta a toda clase de delincuentes, llegaban y se quedaban. Alguna vez, después de una fiesta a la mañana siguiente, escuché un quejido debajo del sofá, era un huésped rezagado que salió tranquilo rumbo a su casa. Monsiváis vivió esas experiencias y ya que se iba nos conmovió mucho a mi esposa Lucinda y a mí: “esta es una experiencia irrepetible”. Qué gusto, Carlos. “No vuelvo a vivir con niños”.
¿Qué hubiera dicho usted en el discurso de entrega del Premio Nacional?
Suscribo todo lo que dijo Roger Bartra. No agregaría ni quitaría nada. Bartra nos representó maravillosamente y firmo lo que dijo sobre todo en la parte donde dice: “espero que las esferas de la política se empapen de literatura, arte y ciencia y que abran su puerta a la imaginación audaz y a la búsqueda arriesgada de nuevas alternativas”.
Quedan pocos suplementos culturales
¿Sufrió, vivió o sobrevivió a las llamadas mafias culturales?
Me mantuve totalmente al margen. Fuera del país uno no participa en ese tipo de querellas. Viví muchos años en Europa, Brasil, Estados Unidos, estuve fuera 40 años. Me mantenía en comunicación y fui colaborador de la revista Siempre!, no sólo del suplemento cultural sino de las páginas sepia. Era colaborador de Plural, Vuelta, me mantenía en comunicación a través de mis colaboraciones, pero no participaba en los pleitos o conflictos entre mafias, nunca me interesó el poder literario.
¿Cómo ve ahora el periodismo cultural hecho en México? Sobreviven pocos suplementos culturales…
Quedamos muy pocos: La Jornada Semanal, Laberinto, Confabulario, el de la revista Siempre!, hay poquísimos. Es una lástima porque a mí me gustaría que hubiera más competencia, más diálogo, debate. Pero la crisis ha pegado a los periódicos, pues lo primero que se les ocurre es limitar las páginas culturales. No van a limitar las deportivas, ni las policíacas, las páginas culturales son las que sufren de inmediato las crisis. Sin embargo, el periodismo cultural en México tiene una gran tradición. Conserva en parte su fuerza, aunque debilitado por las circunstancias.
¿Cómo definiría el suplemento que dirige?
Hace 16 años llegué a La Jornada Semanal. Es un suplemento abierto a todas las corrientes del pensamiento, a todas las escuelas literarias, las colaboraciones son individuales. Tanto lo que recibimos como lo que pedimos o lo que nos ofrecen se publica, de esta manera nos mantenemos abiertos al movimiento literario-cultural mexicano.
Espero el programa cultural de Conaculta
¿Por qué considera que fueron 12 años perdidos cuando gobernó el PAN?
Fueron 12 años si no de estancamiento cultural, de debilidad. Los conservadores, sobre todo los de extrema derecha, le temen a la cultura. Acuérdese lo que decía el gordo Göring, uno de los jefes de los nazis que “cuando escucho la palabra cultura me dan ganas de sacar la pistola”. Le temen a la cultura y al Estado laico. Mantuvieron, porque no pudieron desmantelar, el sistema de creadores que ha sido uno de los grandes logros de la difusión cultural gubernamental, pero por lo demás debilitaron la vida cultural. Se disfrazaron con obras gigantescas, faraónicas, que al final demostraron su inutilidad. Sí fueron 12 años en que el país sufrió una anemia cultural importante.
En este sentido, ¿qué expectativas tiene ahora con Enrique Peña Nieto y el regreso del PRI?
Espero la presentación del proyecto del programa cultural que hará Conaculta en enero. Ya que salga veremos lo que puede suceder. Los mejores momentos de la difusión de la cultura en este país son los posrevolucionarios. El momento en que el gobierno entrega los murales a los artistas. Sin tratar de condicionarlos, los deja pintar lo que quieren de acuerdo con su conciencia y emoción y talento. Qué prueba mayor de libertad creativa y de patrocinio del Estado que el mural de José Clemente Orozco en la Suprema Corte de Justicia. Ahí presenta a la justicia cuando se corrompe como una prostituta ebria con los zapatos rotos, arrastrando la emblemática balanza de la justicia.
¿Cuáles son sus libros de cabecera? ¿A qué libros regresa?
Siempre regreso al Quijote, a La Comedia, a la Montaña mágica y a Pedro Páramo. Siempre tengo muy cerca la poesía de Elliot, Wordswoth, y con frecuencia la Biblia, sobre todo el Eclesiastés. Estoy abierto a las novedades, además tengo la obligación de estar pendiente de ellas.
¿Qué nuevas plumas destacaría?
He descubierto, es lo más importante. Escritores que estuvieron en la sombra durante muchos años como los húngaros Sándor Márai y Miklós Bánffy. De mexicanos me interesa mucho escritores como Enrique Serna, nuestras grandes voces siguen siendo Fernando del Paso, Sergio Pitol. Entre los jóvenes hay nuevas voces importantes Eduardo Antonio Parra, David Toscana, Luis Tovar, Rosa Beltrán, Sabine Berman. Creo que hay un buen panorama.
¿Cómo es un día normal de Hugo Gutiérrez Vega?
Iba a decirle que camino, pero diría que cojeo en la mañana rumbo a mi trabajo. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago, como decía Machado. Del suplemento, luego a la Academia de la Lengua. Leo, escribo lo más que puedo, pongo en orden mis papeles. Me gusta más leer que escribir. Tengo que ver una película diaria, si se me va un día sin una película me siento como vacío. Visconti, El Gatopardo; De Sicca, Ladrón de bicicletas, todo el neorrealismo italiano.
¿Por qué le gustan los gatos como mascotas?
No hay razón, mi abuela adoraba a los animales. Sobre todo era perruna, aunque había un gato en la casa pero era una personalidad de segunda. Sin embargo, siempre me interesaron los gatos, el misterio de los gatos, su personalidad, la estética en su movimiento y su inmovilidad. Su sentido del humor y su maldad. Acuérdese de Garfield, ese gato terrible y humorista. Son seres misteriosos e inteligentes. Si uno logra comunicarse con ellos, es una experiencia importante. Se logra el estado de gaticidad. Ahora no tengo gatos, se me murió Sashka, que era un gato de 23 años, era casi un récord Guinness, un gato bastante canalla, malvado y formidable.
