Ricardo Muñoz Munguía
(Primera de dos partes)
“La pena de muerte es, desde donde se le mire, la putrefacción de la inteligencia”, menciona Gerardo Oviedo (Puebla, 1979). A propósito de la ejecución del mexicano Édgar Tamayo en Texas el pasado miércoles 22 de enero, el autor, entre muchos otros libros, de Bajo el peso de nuestro propio fuego —novela en la que aborda el tema de la Pena de muerte, precisamente de un condenado a muerte en Texas, en Huntsville— nos comenta en esta entrevista sobre el significado que destella la pena capital y la deshumanización que implica en la sociedad.
La madre de Guy Gaddis —policía que murió, según lo sentenciado, por balazos de Édgar Tamayo—, después de presenciar la muerte del mexicano condenado dijo: “Mi corazón desgarrado se siente un poco mejor esta noche”. Sin embargo, Gerardo Oviedo considera que la pena de muerte es la peor aberración de cualquier sociedad.
—¿La ejecución de Tamayo, que opinión te merece?
—Abominable. Y no sólo la ejecución de un mexicano, sino la de cualquier ser humano. Recordemos que en Texas, durante el gobierno de George W. Bush, se ejecutó a la primera mujer desde la reinstauración de la pena capital en Estados Unidos, Karla Faye Tucker. Pero qué podemos esperar de un gobierno encabezado por un descendiente político de la estirpe sanguinaria como los Bush, donde su actual gobernador, Rick Perry, ultra conservador, republicano, amante y promotor de las armas; que condena la homosexualidad y el aborto (incluso cuando la mujer ha sido violada), y que en su gobierno ha sido el mayor ejecutor de sentencias capitales y sólo conmutó la pena de muerte a un convicto de los 235 ejecutados. Es decir, de los once mexicanos que están en el corredor de la muerte, no salvarán la vida mientras existan personas como Rick Perry.
