David Alejandro Boyás Gómez

 

“Producto del amor al idioma”, así definió Héctor Anaya su más reciente libro El patrimonio intangible. Hábitos, costumbres y expresiones culturales, que presentó el sábado 18 de enero. El escritor afirmó que desde niño descubrió la magia de las palabras gracias a su abuela que le enseñaba refranes y acertijos.

En el teatro Wilberto Cantón de la Sogem se reunieron para la presentación un público entusiasta y una variopinta mesa que incluía a Sor Juana Inés de la Cruz y a Don Miguel de Cervantes. Y no era para menos, pues la intención de este libro, según su autor, es defender al idioma de invasiones que atentan contra su genio, esto claro, sin ser puristas.

Invitó a reflexionar sobre nuestra manera de hablar, que es nuestro patrimonio, y cómo desde fuera se tratan de imponer extranjerismos innecesarios, pues hay palabras equivalentes en español.

El locutor Jorge Saldaña, cuya participación fue a través de una llamada grabada, destacó que el problema se debe a que muchos pretenden llegar a ser parte de los altos estratos de la sociedad y creen que al hablar con términos de otros idiomas como el inglés les da prestigio.

No se dan cuenta de que es una especie de “servidumbre voluntaria”. Agregó que los imperios siempre imponen su lenguaje para dominar a un país:“Los pueblos que van perdiendo su libertad, van perdiendo su idioma”.

Carmen Galindo, catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, dijo que el libro habla sobre la identidad de un pueblo, pues ésta se basa en sus expresiones culturales y más cotidianas como su alimento y su lenguaje.

Expresó que defender al idioma, propuesta del libro de Anaya, es también una defensa política, pues la posmodernidad y la globalización han tachado de aldeanos y chauvinistas a aquellos que quieren legitimar sus propias expresiones. Los medios de comunicación en México se especializan en impulsar este modelo que sólo beneficia a los más poderosos y tratan de que poco a poco se desvanezca el patrimonio cultural. Galindo leyó del libro la frase: “La primera generación de Yankees nacida en México”, expresada alguna vez por Carlos Monsiváis para referirse a este sector, generalmente clasemediero con aspiraciones.

Por eso Héctor Anaya eligió algunos dichos populares mexicanos para que Blanca Pardo los tradujera al inglés, francés y griego y tal vez así los chavos quieran recuperarlos.

Carmen Galindo hizo énfasis en el carácter antipurista de Anaya: “Para Héctor el monolingüismo es cosa del pasado. La tradición cambia por el simple hecho de que es histórica. No al museo de la lengua. Las lenguas de los indígenas, al estar vivas, también evolucionan” expresó.

Blanca Lolbee,            comentarista de Formato 21, concordó al decir que un ente vivo cambia, pero hay invasiones que en lugar de enriquecer a la lengua, la empobrecen. Si se pierde alguna tradición, también se esfuma la historia que detrás de ésta se encuentra. Cito a Neruda y a Nervo defendiendo la lengua y señaló que la lengua es símbolo de unidad y de identidad. Se comprometió a hablar bien, aunque, aclaro, no siempre se puede por la velocidad de los medios de comunicación. Lolbee colabora con el escritor Paco Prieto en Huellas de la Historia y también es responsable de las reseñas de libros en su sección Página 21, donde demuestra que su pasión es la lectura.

 “Conocer la lengua es igual a amarla más” concluyó Lolbee para dar paso a un juego propuesto tanto en el libro, como en la presentación por Anaya. Para el autor, no hay nada mejor para aprender que la risa, así que invitó a Blanca Lolbee, Nayeli Manzano, y Xóchitl Bustos a que tradujeran para el público algunos dichos mexicanos al inglés, al francés y hasta al griego. Algunos de ellos fueron:

“A grandes males, grandes remedios”, “A la perra de tía Cleta, el primer día que ladró, le rompieron la jeta”, “Al que madruga Dios lo ayuda”, “¡Ay reata, no te revientes que es el último jalón!”, “Al perro más flaco se le pegan las pulgas”,“Camarón que se duerme se lo lleva la corriente” y “A mí las calaveras me pelan los dientes”. ¿Será que todas se pueden traducir con éxito a otros idiomas?

Tras la diversión, se ofrecieron tamales y rosca de reyes (literalmente, pues el panadero se apellida Reyes) para celebrar al idioma. Ante la incertidumbre sobre si había llegado o no el tradicional pan, no faltó quien opinó: “para mí que se están haciendo rosca”.