Juan Antonio Rosado
Al igual que Ignacio M. Altamirano, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan García Ponce o Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco es el nombre de una obra que se mueve en todos los sentidos: creación, ensayo académico, ensayo lúdico, investigación. Se trata de un compromiso pleno con las letras. Pacheco pertenece a lo que Juan Vicente Melo llamó “una generación de críticos”, que, atentos al desarrollo de la literatura, la cuestionan, interrogan, valoran; utilizan el criterio para enjuiciar el perpetuo movimiento de la cultura y el arte. Pacheco poseía un impresionante conocimiento de las letras universales, pero sobre todo de las letras mexicanas. Baste un par de ejemplos. El tema de Las batallas en el desierto, es decir, el de la sexualidad transfigurada en erotismo infantil, un “erotismo de los corazones”, como diría Bataille, o, dicho de un modo más preciso, la erotización, por parte del niño, del objeto deseado (una mujer mayor, con una idiosincrasia y visión del mundo distintos) es un tema que ya había aparecido —sin ser desarrollado plenamente— en la novela Beatriz, segunda parte de los Idilios y elegías (Memorias de un imbécil), de Ignacio Manuel Altamirano. Asimismo, la novela Antonia (primera parte de la misma obra) influyó de modo decisivo en el relato “El principio del placer”, de José Emilio Pacheco.
Beatriz seguramente tuvo injerencia en Las batallas en el desierto. La trama es algo distinta pero hay puntos en común: el protagonista de Altamirano, Jorge, desencantado por el amor infantil y frustrado de Antonia, ya una vez instalado en el colegio, debe cuidar por encargo a Luisito, un niño mimado, menor que él, aunque de clase social acomodada. El adolescente Jorge se enamora entonces de la devota madre de Luisito, llamada Beatriz. El deseo del joven es tan fuerte que inventa a su Beatriz: “Sí: era Beatriz, Beatriz que, como si hubiese sido la creación de mis malditos deseos de pubertad, reunía todas las dotes que yo necesitaba”. No puede haber deseo sin carencia, como tampoco puede haber recuerdo sin ausencia. No obstante, el maestro Altamirano dejó inconclusa la historia. Los Idilios y elegías quedaron sólo en dos partes: Antonia y Beatriz. En Las batallas en el desierto acaso Pacheco intentó completar (ya en el siglo xx) esta historia del niño que se enamora de la madre de su compañero: Mariana, transformada por el deseo de Carlitos. Este fenómeno —la carencia de Carlitos convertida en deseo— mueve la obra entera, aunque lo que la lleva a un final trágico sea tal vez la censura, la represión, la falta de libertad de expresión (Mariana osó decir en público lo que no debía), así como la debilidad de la mujer. Sin embargo, ¿hay realmente un fin trágico? El autor tuvo la lucidez de dejar un desenlace ambiguo y abierto, que pone en cuestión la existencia misma de la mujer: lección de Juan García Ponce en su novela La invitación, donde no sabemos si el personaje femenino (llamado nuevamente Beatriz) existió de verdad o fue tan sólo producto del deseo del joven protagonista, de su imaginación. Si en La obediencia nocturna, de Melo, hay una tesis nihilista (la inexistencia de esa otra Beatriz, la de Melo), en La invitación, en cambio, resaltan elementos que comprueban la existencia de Beatriz, así como los hay de la existencia de Mariana en Las batallas en el desierto. He aquí un ejemplo (sólo uno) del diálogo que José Emilio entabló con las letras mexicanas. En su mejor obra narrativa, Morirás lejos, y en buena parte de su poesía, entabla un diálogo con la cultura universal.
