Patricia Gutiérrez-Otero

A José Emilio Pacheco y Juan Gelman.

Los poetas, como la demás gente, fallecen. Además de dolerle a sus parientes, amigos, gente cercana, nos afecta a los lectores que nos habíamos vuelto hijos, amigos y gente cercana, no necesariamente por conocerlos en persona, pero sí por viajar por sus mundos al leer sus poemas, al penetrarlos, al vibrar con ellos, al reconocernos en sus palabras, silencios, ritmos, imágenes. No todos los lectores sentimos igual la muerte de un poeta, porque no todos tenemos los mismos vasos comunicantes con él. Con algunos lamentamos su pérdida, con otros sentimos que se va un ser entrañable y que morimos un poco con él o que, por el contrario, permanecen vivos en nosotros, sobre todo aquellos que fueron maestros en el sentido más profundo y que murieron después de haber dado mucho; porque no es lo mismo morir demasiado joven, en plenitud, o después de haber vivido las etapas de una vida. No es lo mismo morir en juventud por accidente o por arrancarse la vida, porque la realidad es insoportable o la cabeza está rota, que morir porque el cuerpo es vencido. En un caso sentimos una promesa no cumplida, cierta culpa por estar vivos y no haber sabido el conjuro que ahuyenta las alas negras. En el otro, el dolor encuentra consuelo en la dicha de lo realizado en vida.
El poeta también fallece, pero no sólo él. El ser vivo, fallece. El hombre y la mujer fallecen. Forma parte de un ciclo que a la modernidad no le gusta aceptar, como no le gusta aceptar que el cuerpo envejece como si la muerte le fuera creciendo dentro y se mostrara por fuera en forma de vejez. Como decía Albert Chapelle sj, filósofo y teólogo, la muerte es contranatura, es cierto, pero pega con más fuerza la de un menor, la de un adolescente, la de un ser joven, que la de un ser humano que ya ha cumplido sus etapas. No hay edad para morir, no deberíamos tener que pasar por ese trance, algo se rebela en nosotros, pero por otro lado, sí hay edad para morir: cuando todo está cumplido, aunque muchas cosas queden por hacer, aunque queden legados, aunque queden brechas abiertas.
Dos grandes señores se fueron este frío enero, Juan Gelman y José Emilio Pacheco; dos seres que nos ayudaban a entendernos y nos calentaban el mundo, pero no nos quedamos solos, sería insulto para ellos pensarlo. Ellos están ya encarnados en nosotros, y sus retoños brotaran en abril.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos en manos privadas.

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