Ricardo Muñoz Munguía
(Segunda y última parte)
El periodista Gerardo Oviedo reconoce que “La justicia se vuelve criminal cuando el ojo por ojo se convierte en ley”. Y apunta, en esta charla, sobre la actitud de las autoridades mexicanas, del show que representa una ejecución en Texas, del posible futuro de esta ley de asesinatos legales y advierte sobre los elementos que conforman el fenómeno de violencia en México.
—¿Cual consideras debió ser la postura de México ante el caso de Édgar Tamayo?
—En México se prohíbe la pena de muerte en el artículo 22 de la constitución política, y por ley, el gobierno mexicano está obligado a defender a cualquier connacional que enfrente una sentencia de esta naturaleza en cualquier parte del mundo. Pero algo común en los sentenciados en Estados Unidos, es la falta de ayuda consular. Ahí es donde debe hacerse énfasis para evitar más condenas. Se debe prevenir antes que lamentar. El gobierno mexicano tiene que prestar toda la atención jurídica durante los procesos de mexicanos en cortes norteamericanas. Así no se tendría que llegar a la última instancia de clemencia, que es la conmutación de la pena capital por cadena perpetua, cuya decisión cae en manos del gobernador en turno. El gobierno mexicano, por desgracia, manda notas diplomáticas y levanta la voz cuando ya es demasiado tarde.
—¿Qué opinas de quien apoya la pena de muerte?
—En el pueblo de Huntsville, Texas, donde se ejecutó a Édgar Tamayo, parece un circo romano cuando se va a asesinar a un convicto. Las tiendas abren sus puertas, los restaurantes se llenan, los hoteles quedan saturados, los empresarios se frotan las manos. Por un lado llegan los que condenan la pena capital, Amnistía internacional, Human Rights Watch, y por otro lado los que lucran con la muerte, por morbo o por ganancia económica. En Estados Unidos, un país donde se consagra en su constitución el uso de armas por particulares sin restricciones (cualquier ciudadano sin antecedentes penales puede adquirir un rifle de asalto, por ejemplo), el 63 por ciento de los norteamericanos aprueban la pena capital. Y esto es bastante lesivo para cualquier sociedad. Aquel que esté de acuerdo con la pena de muerte deshumaniza su inteligencia y su corazón.
—¿Cuál es el comportamiento de México sobre los que están en la lista de los condenados a muerte?
—Por imagen, el gobierno sólo los atiende cuando salen a la luz pública. Cuando pasan inadvertidos en los medios de comunicación, el gobierno se queda estático por desconocimiento. Los migrantes deben ser asistidos en cualquier instancia jurídica y humanitaria, como asistencia consular, de traductores, de abogados competentes, de comisiones de derechos humanos. No debe dejarse al azar ningún juicio, porque existe una discriminación sistemática en las cortes norteamericanas no sólo para los latinos, sino para las personas de menores recursos económicos. Si uno revisa las listas de condenados a las penas capitales y ve el estrato social al que pertenecen, en su mayoría son personas humildes y que no contaron con los recursos económicos suficientes para llevar un litigio oneroso.
—¿Tendrá alguna modificación este tema en los próximos años?
—Yo espero que sí. En dieciocho estados de la Unión Americana se abolió la pena capital. Imagino que es una tendencia, lenta, pero constante. Por presiones tanto nacionales como extranjeras. Tal vez en la próxima década disminuyan las condenas o, en el mejor de los casos, se derogue la pena de muerte. Y esto sólo sí, y este es un tema específico, un republicano, conservador como Rick Perry no llega a la presidencia de ese país.
—¿Qué nos puedes agregar sobre el tema?
—Importante. Que las personas consideren que la pena capital es una sentencia que no tiene vuelta de hoja. La ley del talión es producto de épocas salvajes. El crimen debe prevenirse antes de ejecutarse. En México nos evitaríamos un estado demacrado por la violencia, como lo que sucede en Michoacán, si hubiera fuentes de trabajo, educación y una verdadera agenda social, donde los ciudadanos de menores ingresos tuvieran la esperanza de un futuro halagüeño.
