Rafael G. Vargas Pasaye
Pocos autores generan un personaje tan entrañable y, que a su vez sea, el eje de varias obras. Esa especie de héroes que se presentan por entregas en los comics o series, o como lo hace Henning Mankell con Kurt Wallander, en su caso detective, aquí con Petros Márkaris es más bien un comisario de policía a la antigua, sin reflectores ni lentejuela ostentosa, más bien con disciplina y humildad, su nombre Kostas Jaritos.
Kostas es un hombre de familia y de trabajo, sabe hacer equipo y su olfato justiciero le ayuda a desviar la atención para que no nos ocupemos si es de los guapos o atléticos, él sale avante porque es interesante, con una sagacidad que deja ver de vez en cuando. Kostas es el narrador y el alma de la trama, no necesariamente el protagonista, pero siempre está presto para desatar los muchos nudos que por momentos echarían a más de uno a la lona.
Márkaris tiene el tino del momentum, pues lo que nos muestra el comandante de policía a través de su historia, es una Grecia contemporánea, con los problemas actuales del desempleo, con los recortes por todos lados, con las molestias que se presentan por cuestiones de convivencia con la Unión Europea. Y la trama se nutre de esos destellos, trabajadores que migraron de otras naciones para la construcción de las obras que se requirieron cuando fueron la sede de los Juegos Olímpicos.
El autor tiene la ventaja de dar seguimiento a sus obras pasadas, aunque si el lector no ha tenido en sus manos, por ejemplo El accionista mayoritario o Suicidio perfecto no afecta en nada la lectura de la más reciente, su club de seguidores agradecerá los guiños y los nuevos lectores se apasionarán por esas escenas de intriga e investigación que vienen desde lo cotidiano.
Kostas Jaritos viene a ser a estas alturas el héroe moderno no sólo por ser policía, sino por ser un ciudadano correcto, que espera hacer el bien cumplindo su parte, que se define a partir del amor a su esposa e hija y su dedicación al trabajo, que sufre y decide no darse lujos (a estas alturas ya es lujo en Grecia andar en un auto propio) y mejor utiliza el transporte público.
Y por su parte Márkaris con el desenfado que lo caracteriza, a través de lo que simula ser un simple parpadeo, da por descontado en su lista de presente a la misma Angela Merkel, con una mención: “Ánguela me pone en manos de una cuarentona vestida a lo Merkel y con los ojos enrojecidos”, y ya con eso basta para arrancar la sonrisa del lector, el contexto es único, atinado.
En Pan, educación, libertad tiene una mayor participación su hija, Katerina, abogada de causas perdidas, en el fondo con el mismo espíritu de justicia que caracteriza a su padre, con la amiga Maña con que decide fundar una estación de radio por Internet (idea del novio de esta última), y desde allí brindar esperanza a quien los escuche. Mientras que Adrianí, la esposa de Kostas sigue igual ocurrente, simpática, fina, como cuando decide que a partir del nuevo recorte en la casa cenarán los cuatro: ella, su marido, su hija y el marido de ésta.
Pan, educación, libertad es una llamada más a la constancia de un personaje entrañable, un homenaje al trabajo en equipo, a la camaradería, y a su vez, un susurro a la esperanza al afecto familiar que en momentos cruciales procura jugar a favor. De nueva cuenta Petros Márkaris logra una buena trama, quizá no la mejor de la saga, pero siempre entretenido del gran Kostas Jaritos.
Petros Márkaris, Pan, educación, libertad. Tusquets Editores, México, 2013; 253 pp.
