Charlatanes protagónicos
Marco Antonio Aguilar Cortés
Una idea se puede expresar de diferentes formas. El presidente Adolfo Ruiz Cortines dentro de su austeridad retórica solía señalar: “Sin prisas, pero sin pausas”.
Sea de él, o de quienes en aquel sexenio tenían a su cargo armar los discursos presidenciales, la frase descalifica la rapidez, pero cuando por dicha prontitud se cometen errores; también esa sentencia desautoriza las interrupciones de la acción, cuando con ellas se pierde el paso, el piso y el peso.
Obvio que a la mitad de la década de los años cincuenta del siglo XX, ni la humanidad ni México habían adquirido la velocidad que hoy hemos logrado en todos los órdenes; así, las prisas y las pausas de ese entonces no pueden ser las mismas que las de ahora.
Los problemas de aquellas épocas no eran tantos ni tan graves como los de hoy; y la población mexicana vivía con mayor ingenuidad y con márgenes amplios de confianza.
En el año 2014 vivimos con desconfianza generalizada frente a todos los poderes: políticos, económicos, religiosos, educativos; y nuestra malicia se agudizó a grado extremo. La gente detecta con facilidad la maraña problemática que nos ahoga, y oye a los influyentes con una retórica oficial desgastada que los revela como lectores de discursos ajenos, charlatanes protagónicos, o simples pícaros labiosos.
Todo eso podría superarse si nos habláramos con la verdad, si nuestras palabras transmitieran con sinceridad nuestras ideas, y si nuestros pensamientos coincidieran plenamente con la realidad que se encuentra a la vista de todos.
Entonces, ordenando nuestros conceptos con base en reflexiones responsables, podríamos bien decir, pero, sobre todo, actuar con éxito en beneficio de la población.
Más cuando observamos que, ante los problemas severos de nuestro tiempo, los poderosos no están a la altura de las circunstancias. Las urgencias no son atendidas con oportunidad; y las dosis y los remedios no son los apropiados.
Es tal el desenfoque, la insensibilidad y la incongruencia de esos prepotentes, que ante la inseguridad, el desempleo, el mal servicio educativo, la pobreza, entre otros males presentes, muchos políticos, en pleno ejercicio de poder, pagan enormes despliegues de publicidad para su ego, sin estar en épocas de campañas electorales.
Y lo peor, despilfarran así el dinero del erario. Ahí están, como mal ejemplo, los grandes anuncios espectaculares en las azoteas de los edificios, en las orillas de los libramientos, a las entradas de las ciudades, su foto y su nombre; y, como pésimo apéndice, una frase vacua.
Independientemente de las violaciones a la legislación electoral, urge limitar todo gasto electivo. El desarrollo de la democracia está, primero, en el campo de la cultura, la economía, en el hogar, la escuela, la política, entendida ésta como fenómeno social, sin el burocrático y costosísimo pegoste electivo que hoy padecemos, totalmente fuera de tiempo.
