Gerardo Cárdenas
Sobre nuestras propias ruinas hemos llegado a saber quiénes somos.
Emil Cioran, El libro de las quimeras
En fila india, el uno equivale al cero. El individuo no existe, es una mera progresión. El primero, igual que el último: despersonalizados, irrelevantes, rotos. Carne de cañón o, en el lenguaje de hoy, daño colateral.
El término mismo de fila india implica una despersonalización, la que aún se sigue reservando para todo aquello que remita a lo indígena. No sé si creerle a Wikipedia, pero el origen de fila india proviene de tiempos de la Conquista, cuando los europeos encontraron que los indígenas al avanzar en grupo, lo hacían de uno en uno por senderos que eran demasiado estrechos. Wikipedia cita a un tratado sobre Mesoamérica de los años sesenta.
Para mí, la fila india tiene otras connotaciones: las largas colas a la espera de pan, agua, medicamentos, ayuda, en situaciones de emergencia; las interminables filas de desempleados. Recuerdo, tras el sismo de 1985, haberme esperado por horas, en fila india, para poder llevar agua a mi casa. En la espera, y en el lento avance, uno no es sino cifra sin derecho a consideración, sin derecho a nombre o identidad.
La fila va muchas veces acompañada de un pasaje de ruinas. En su estupenda novela La fila india (Océano / Hotel de las Letras, 2013, México), Antonio Ortuño (Zapopan, Jalisco, 1976) explora esa gran ruina que desde mediados del siglo XX ha sido la migración, y que no es sino una interminable fila india que transita de México y el resto de América Latina a Estados Unidos; o del Magreb a España y Francia; o de Turquía a Alemania y Europa Central. Uno a uno, el migrante se la juega; muchos mueren en el camino, pero ni los que consiguen llegar, ni los menos aún que vuelven pueden declararse victoriosos.
Ortuño nos describe el infierno de la migración centroamericana a través de México; es decir, nos describe la manera como un país, cuyos millones de migrantes sobreviven como pueden a abusos, discriminaciones e injusticias, trata de manera abusiva, discriminatoria e injusta a los migrantes de otras regiones.
En sí, el tema no es nuevo. Tanto la ficción literaria, como el reportaje periodístico, o la crónica fotográfica, televisiva o fílmica han recogido esa fila india de la mano de esa otra metáfora en que se ha convertido el tren (en realidad una serie de trenes) que transporta a los migrantes de una frontera a otra.
Ortuño apenas toca el tren. Su fila india se extiende por un estrechísimo, violento, impredecible sendero que ocurre en centros de acogida a migrantes donde estos son sistemática, brutal y eficazmente violentados por un ente amorfo que es la suma de administraciones locales, estatales y federales corruptas, y organizaciones criminales despiadadas.
En lo que es su cuarta novela, La fila india —después de El buscador de cabezas, Recursos humanos y Ánima y de las colecciones de relatos El jardín japonés y La señora Rojo—, Ortuño pinta con un hiperrealismo de trazos punzantes: dos protagonistas (ambas mujeres) y un puñado de personajes secundarios, en un ambiente de extrema violencia, tanto física como psicológica. La única salida, el escape y éste a un precio altísimo: la anulación del yo, de la identidad.
La anécdota central de la novela no podría ser más sencilla: una funcionaria, divorciada y con una hija pequeña, es enviada al sureste de México a ayudar a repatriar a las víctimas de una masacre, en la que decenas de migrantes centroamericanos fueron atacados por una banda criminal. Fiel a un estilo directo y contundente, Ortuño nos mete de cabeza en el pueblo de Santa Rita, y sólo nos deja salir a condición de que hayamos dejado la piel y nuestra propia identidad dentro de los límites del municipio. La Negra, protagonista de la trama, no es precisamente una persona idealista pero aún el pragmatismo a la que las circunstancia de la vida la han llevado se cimbra en un ambiente donde las personas son mercancías, y donde la mercancía defectuosa o inconveniente es eliminada sin remedio posible. En Santa Rita, todos miran y anotan; todos son cómplices; todos hacen pasar a las víctimas en fila india hacia el infierno.
Contrapeso de la narración, el Biempensante, ex esposo de la Negra, vive en la artificial y falsamente segura distancia de la capital. Las cosas no le llegan más que indirectamente. Sin saberlo, también está en fila; sin saberlo, comparte un trozo del mismo infierno. No hay coincidencias, no hay azar. Como todo aquel que marcha en fila india, el lector sabe que partió de un principio seguro y viaja hacia un final inescapable.
La ruina no sólo está en la despersonalización del migrante, o en la corrupción de las autoridades, o en la violencia del crimen organizado; la ruina está en víctimas y victimarios, arrojados al mismo tiempo al infierno de pobreza, migración, desesperanza, en un mundo indiferente, acostumbrado a las filas de los que esperan contra toda lógica. Ortuño ha escrito una novela magistral que nos arroja nuestra propia realidad a la cara.
Gerardo Cárdenas, escritor y periodista cultural mexicano. Dirige, en Chicago, la revista cultural Contratiempo. Su libro de relatos A veces llovía en Chicago (Ediciones Vocesueltas / Libros Magenta, 2011) ganó el Premio Interamericano Carlos Montemayor a Mejor Libro de Relatos publicado en 2011 y 2012.
