Humberto Musacchio
Está muy bien que caiga un capo del narcotráfico, pero de ahí a creer que es una hazaña comparable a la victoria del cinco de mayo de 1863… Sin embargo, la amplísima, onerosa y hasta grosera campaña para entonar loas a esta captura sugiere cierta desesperación del gobierno federal, urgido de algunos éxitos en cualquier renglón.
Pues sí, cayó un criminal, pero… ¿y los otros? Ya se sabe que cuando cae un jefe salen cinco o seis a sustituirlo, con el agravante de que una banda se divida en varias, aumente la violencia entre ellas y en conjunto se amplíe su campo de acción. Dicho en palabras más vulgares, se mata al perro, pero no se acaba la rabia.
En los tres años anteriores (2010 a 2013), suman más de cien mil los detenidos por delitos contra la salud y actividades conexas, pero el negocio del narcotráfico continúa boyante porque hay demanda y la hay porque los seres humanos necesitan sustancias que les permitan tolerar las desgracias del mundo o las limitaciones de la mente y del cuerpo.
Unos consumen drogas prohibidas, otros se emborrachan y los más hacen uso de diversas sustancias, las que se adquieren en la farmacia o en el mercado. Pero el Estado mexicano sigue con su guerra que ya ha costado más de cien mil vidas, que ha ocasionado la desaparición de 25 mil seres humanos, el desplazamiento de casi un cuarto de millón de personas e incuantificables pérdidas materiales. Pero sigue la guerra…
En Estados Unidos, país que es el más grande consumidor de drogas prohibidas y legales, la tercera parte de los estados despenalizó el empleo terapéutico de la mariguana y en dos estados ya es legal adquirir y fumar mota con fines meramente recreativos. Los negocios que expenden el cáñamo son legales y lo son también las empresas que lo producen. Pero nosotros seguimos matándonos. Antes era para cuidar la salud de los estadounidenses, ¿pero ahora…?
Lo único razonable es avanzar hacia un estatuto legal de la producción, el comercio y consumo bajo una severa y muy bien pensada reglamentación. Por supuesto, a la despenalización se oponen y se opondrán los beneficiarios de la prohibición, para empezar los propios delincuentes, pero también quienes los combaten y que para hacerlo disponen de inmensos presupuestos, además de que tienen un amplio espacio para apoderarse de bienes de los delincuentes y de inocentes. Ésos no querrán la legalización, pero a México le urge, y será mejor si va acompañada de una amnistía que integre las bandas y a sus jefes a una vida normal que permita la inversión productiva de sus inmensas fortunas.
