Alejandro Alvarado

El libro Tres disparos (Lectorum), de los autores Porfirio Romo, Ricardo Guzmán y Blanca Mart, agrupa relatos policiacos con una estructura diferente a la clásica. En algunos de ellos no hay detective, que es la característica primordial de la novela policiaca. ¿Qué es lo que sucede con las innovaciones que se dan en este libro o en el manejo de la temática en él? Porfirio Romo, cuentista y autor del ensayo A vuelo de página (Cuadernos de El Financiero), y editor de Lectorum, nos explica:
—Nos propusimos hacer algo que se relacionara con el tema criminal y estuviera fuera de lo normal, de lo común; pero ninguno de los tres autores nos propusimos escribir una novela policiaca clásica. Porque, además, la novela policiaca clásica ya ha ido dejando muchos elementos en el camino. Cada vez hay más libertad, innovaciones, aportaciones… Por otro lado, es una importante identificación del lector más cercano a la literatura negra. Ya no le llamemos novela policiaca sino literatura negra. El lector cada vez se ve más identificado por muchas razones. La principal es aquella que ya antes nos hubiera advertido Aristóteles en Arte poética, dice que la tragedia era el ejemplo de los peores, para que el público, a través de esto, pudiera conseguir catarsis de lo que no se atrevía a hacer pero que en el fondo buscaba. Esto yo creo es el punto que engancha al lector fácilmente con la literatura negra; por eso nosotros escribimos relatos. En los casos de Ricardo Guzmán y Blanca Mart son relatos en los que hay un crimen de por medio, algo que sobresale como fuera de la ley, en principio.
—¿Cómo distinguir cuál es la diferencia entre novela policiaca y novela negra?
—Desde mi punto de vista, la literatura negra tiene como punto de partida, precisamente, el crimen. Es la fuente de su información. Este género periodístico es muy llamativo, si no fuera así no tendría tanto éxito la nota roja en los periódicos. Si a partir de esto captas lectores y consigues que ellos reflexionen sobre otras cosas, que incluso puedan ser muy diferentes a esto, me parece que se obtiene un resultado interesante, porque se conduce a los lectores de una manera que pueden transitar caminos que, a lo mejor una invitación abierta, si no hubiera esta situación específica no entrarían a desenmarañar ahí la circunstancia. No sentirían atracción por la historia. En cambio les colocas el anzuelo del tema criminal y con ello tú te pones, con mucha libertad, en un género negro abierto sin que tengas que llevar, rigurosamente, todos los elementos que exige la novela negra y que los tiene.
Maurice Leblanc, Agatha Christie y otros grandes maestros escribieron muy buenas obras; pero considero que actualmente son ya también materia de museo, porque la gente ya puede prever y lo que está buscando; al final, es saber quién es el criminal y esto puede encontrarlo en las historias de Arthur Conan Doyle. Todas esas reflexiones sesudas nos pueden parecer curiosas, pero quizás es otra cosa lo que se le puede ofrecer al lector. Lo interesante de todo esto es que el crimen puede ser punto de partida y con él ir llevando al lector por diferentes caminos que quieras.
—Su labor de editor está muy hermanada con el ejercicio de la escritura…
—Un editor se vuelve escritor porque siempre está trabajando con textos, siempre está leyendo las historias de otros; muchas veces está corrigiéndolos, sugiriendo a los autores, pidiéndoles un cambio o que orienten por otro lado su escrito o que modifiquen la trama; incluso, me ha tocado pedirle a algunos que no vayan por determinado lado porque considero que flaquea la historia.
El editor trabaja con creaciones ajenas y, pienso, en el fondo, que escribir es un deseo escondido. Un editor es siempre un escritor en potencia. Este último debe dedicarse a crear porque si se dedica a editar como un trabajo necesario, vive una situación muy triste: Está cortando su actividad principal, se la están limitando; en cambio, yo me siento bien. Soy un editor que escribe.