Beatriz Rivas

Facebook me ha enseñado valiosas lecciones. Si subo una frase juguetona, traviesa, atrevida, obtengo una cantidad de “Me gusta” nada despreciable. El otro día, incluso, decidí postear algo tan ligero y cotidiano como el hecho de que estaba viendo una serie de televisión, acompañada por mi hija, un whisky y comida china, y fue impresionante la reacción de mis amigos o conocidos de esta red social. También cuando confesé que soy atea en todos lados… menos en la cama, aparentemente mi frase ameritó muchos aplausos. Pero el campeón es el de las flores: un gigante arreglo de rosas rojas que me mandó mi marido sin excusa alguna, nada más porque sí. Enorme la cantidad de likes y comentarios positivos hacia esa fotografía. En cambio, cuando comparto ligas a páginas de crónicas periodísticas sobre la realidad nacional, ésa que tanto nos duele y tantísimo nos afecta, apenas le hacen caso. El popular “caralibro” se ha convertido, al menos para mí, en un termómetro de análisis social muy interesante. Y muy triste, por cierto.
En general, a los mexicanos nos importa mucho lo que pasa de la puerta que da a la calle… hacia adentro. Tal vez nos preocupa un poco lo que acontece en nuestra cuadra o en la colonia en la que vivimos, pero no mucho más allá. A menos que sean acontecimientos que nos afecten personalmente. Las marchas de los maestros, por ejemplo, que desquician el tránsito de una ciudad. Pero nos importa porque sufrimos dos horas en la misma avenida y no llegamos a tiempo a nuestros compromisos. Eso es todo. Y es lamentable. Estoy segura que muy pocos saben lo que hay detrás de las protestas, qué exigen, cuál es la información de fondo. Pertenecemos —me incluyo— a una sociedad, en su mayoría, profundamente indiferente. Mientras yo y los míos estemos aceptablemente bien, da igual lo que pase allá afuera.
Es cierto que sabemos ser solidarios ante las tragedias: los huracanes Ingrid y Manuel, que dejaron a tantos compatriotas damnificados, pusieron en marcha a una sociedad que demostró una gran capacidad de reacción y de disponibilidad. Pero lo olvidamos rápidamente. El apoyo hoy en día, es casi nulo. Sólo sabemos organizarnos y hacernos presentes en situaciones extraordinarias y que normalmente tienen que ver con “actos de la naturaleza”.
¿Será que estamos hartos de las malas noticias? ¿Que ya no queremos escuchar del incremento de precios, la corrupción de gobierno y empresas, las diversas reformas, de la pobreza en la que viven muchos (muchísimos) mexicanos? ¿Que pensamos, finalmente, que no sirve de nada saber pues muy poco podemos hacer nosotros?
El hecho tangible, y lo veo día a día en la pantalla de mi computadora, es que los textos más populares son desde aquellos que reproducen frases de superación personal diseñadas sobre fotos de un bosque después de la lluvia, hasta los que avisan de nacimientos o bodas, pasando por chismes de qué estoy comiendo, en dónde y con quién, ilustrados, eso sí, con un close-up de un delicioso chile relleno o de tacos al pastor con su obligatorio pedazo de piña. No estoy criticando esos posts. Muchas veces yo subo frases divertidas y hasta subidas de tono sólo para conocer la reacción de mis amigos facebookeros, fotos de mi bebida favorita, del libro que estoy leyendo o de las uñas de los pies que recién me he pintado de verde. Que cada quien suba al “caralibro” lo que quiera. Pero no podemos dejar de ignorar que los intereses de las personas se reflejan al decidir darle Like a una cosa y no a la otra.
Facebook, como termómetro del gusto y las preocupaciones sociales, tiene mucho que mostrarnos. Y, —al menos en mis estadísticas particulares, en una muestra pequeñísima, cla­ro—, veo con preocupación que lo que nos importa es lo que menos nos debería importar. Si nuestros compatriotas que, por necesidad, han tenido que cruzar la frontera para buscar una mejor manera de vivir, están siendo injustamente deportados, nos es indiferente. Si se publica un libro para sacar a las víctimas de la violencia de nuestro país “del cajón de desperdicios en el que se les ha querido encerrar”, no lo leemos. ¡Y ya no digamos nuestra insensibilidad a lo que pasa en Siria, en Egipto o en cualquiera de los países del África subsahariana que parecen pertenecer a otra galaxia! ¿Para qué preocuparnos si están tan lejos?
Y esa apatía provoca o, más bien, no impide que las “cosas malas” sigan aconteciendo. Así de claro. Pero también, así de difícil de cambiar. En las conversaciones de café pasa lo mismo: después de un rato de hablar de la complicada situación del país, de la inseguridad en la que vivimos, o de la reforma fiscal que provocará la paralización de la economía nacional (algo gravísimo) quien está en la cabecera, tomando una trago de su ron con coca, propone hablar de un tema algo “más agradable”.
¿Cuántas personas han decidido ir al cine solamente a ver películas que los entretengan pues ya están hartas de aquellas que denuncian o que tratan de hacernos tomar conciencia? Dicen salir horrorizadas, conmovidas o verdaderamente indignadas. Prefieren no saber. Se instalan en una cómoda neutralidad. En una agradable ignorancia. La risa como “remedio infalible” o la negación a manera de terapia.
Si continuamos asentados en esta sutil (y no tan sutil) impasibilidad e indolencia, permitiendo que pasen las cosas que no deberían suceder, seremos responsables de la suerte de este país que nos está dejando, poco a poco, en la orfandad.