Juan Antonio Rosado
Por razones muy distintas y en épocas muy diferentes, José Vasconcelos y Octavio Paz estudiaron, durante una etapa de su infancia, en una escuela norteamericana. El primero, en la zona fronteriza; el segundo, en Los Ángeles. Experiencias similares los vinculan de algún modo a la universalidad: cualquiera las tuvo y alguien las tendrá de nuevo. Me refiero a la xenofobia, a la violencia vivida por el hecho de ser otros.
En el caso de Vasconcelos, había otros mexicanos en su grupo y también la memoria de lo ocurrido en 1847, cuando México perdió más de la mitad de su territorio, dividía la clase en “campos rivales”. Algún gringo dijo que los mexicanos eran personas semicivilizadas y Vasconcelos le respondió que México tuvo imprenta antes que Estados Unidos. Al final, “un rubio sanguíneo, agresivo, gringo acabado, la tomó directamente conmigo. La consabida discusión sobre el valor de los mexicanos concluyó con un ‘Eso lo veremos a la salida’”. Vasconcelos y el gringo se golpearon. José terminó con escoriaciones, hinchazón, rasguños. Al día siguiente, tuvo que mostrarle al yanqui una navaja para que todo quedara en paz, pero el hecho permaneció en la memoria del futuro latinoamericanista, cuyo diario choque en la escuela le producía fiebres patrióticas y marciales: “Me pasaba horas frente al mapa recorriendo con la mente los caminos por donde un ejército mexicano, por mí dirigido, llegaría alguna vez hasta Washington para vengar la afrenta del cuarenta y siete y reconquistar lo perdido”.
El caso de Octavio Paz es distinto: el niño carecía de algo tan básico como la expresión oral: no sabía inglés. “Atemorizado por mi incapacidad de comprender lo que se me decía, me refugié en el silencio”. Tenía seis años y su padre era desterrado político. A la hora del lunch, se sentó a la mesa y descubrió que le faltaba la cuchara. Nada dijo. Una de las profesoras le preguntó por qué no comía. El futuro poeta señaló la cuchara de su compañero y musitó: “cuchara”. Alguien repitió la palabra y el ambiente se llenó de carcajadas. Vinieron las repeticiones y deformaciones del vocablo. Paz se convirtió en blanco: “Algunos se me acercaban y me echaban a la cara, como un escupitajo, la palabra infame: ¡cuchara!”. Uno lo empujó; el niño intentó responderle y de pronto se vio en el centro de un círculo. Un niño con los puños cerrados lo retó. Ambos se golpearon: “regresé a mi casa con la camisa desgarrada, tres rasguños y un ojo entrecerrado”. A diferencia de Vasconcelos, Paz no regresó a la escuela en quince días, pero el hecho se almacenó en la memoria; con el tiempo, se convirtió en una de las motivaciones para escribir una obra sumamente autobiográfica: El laberinto de la soledad.
“Infancia es destino”, dice la voz popular, pero más allá de este trozo de sabiduría, es difícil para la niñez comprender la noción de otredad, sobre todo si sus padres no la comprenden. Quienes en la infancia sufrimos, por ejemplo, el ostracismo o los insultos por nuestra condición de “extranjeros”, sea por ser hijos de inmigrantes o sólo por ser distintos, no olvidamos los hechos, pero sabemos que no hay delito que perseguir, y si sepersigue, será simbólicamente. En Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, Toru, el niño japonés, recibe burlas e insultos. “Hoy dirige una industria japonesa con cuatro mil esclavos mexicanos”, dice irónicamente el narrador.
