Luis Donaldo Colosio: 23 de marzo de 1994

Mireille Roccatti

La tarde del miércoles 23 de marzo de 1994, hace 20 años, se cimbró el país al conocerse la noticia —por lo más escueta en un principio— de que Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial del PRI, había sido baleado en un mitin en Tijuana, Baja California. La infausta noticia corrió como reguero de pólvora y la mayoría de los mexicanos prendió su televisor y no se despegó hasta conocer el desenlace de su fallecimiento a primeras horas de la noche.

Un suceso de esa magnitud y trascendencia no acaecía en México desde el asesinato en el restaurante La Bombilla en 1928 del presidente electo Álvaro Obregón, quien rompiendo el principio revolucionario de “no reelección” se había reelegido ese año, obviando que por ello fue echado del poder Porfirio Díaz. Sin olvidar los magnicidios de Venustiano Carranza, Emiliano Zapata y Francisco Villa. O los asesinatos de los candidatos presidenciales Arnulfo Gomez y Francisco Serrano.

El asesinato de Colosio entró en la dimensión que muchos magnicidios reciben al generarse una especulación sin sentido, y en el cual la verdad histórica y la verdad legal nunca son aceptadas; el imaginario colectivo jamás acepta la verdad oficial, así este sustentada en pruebas irrefutables. Es cosa de recordar los homicidios del archiduque Fernando de Austria Hungría, que desencadenó la Primera Guerra Mundial, el de Abraham Lincoln, el de John F. Kennedy, el de su hermano Robert o el de Martin Luther King, por sólo citar algunos.

La controversia se generó casi desde el mismo momento de conocerse el asesinato de Colosio y la repetición ad nauseam una y otra vez por televisión, de la mano que emerge de una masa de gente, empuñando una pistola que dispara casi a quemarropa, convirtiéndose en un asesinato presencial para millones de televidentes. Las primeras versiones afirmaron, sin sustento ninguno, que se trataba de un crimen de Estado; otros también sin ningún fundamento, que tenía nombre y apellido: que lo había mandado matar el presidente Salinas de Gortari; unos más, que fue la mafia del narcotráfico, y las versiones, rumores, trascendidos, fantasías e invenciones llegaron a sumar decenas o centenas.

La investigación primigenia y la afirmación apresurada —por decir lo menos— de que se trataba de una acción concertada, formulada por el primer fiscal responsable del caso, el jurista Miguel Montes, seleccionado por la viuda para que no hubiera suspicacias, terminó por echarle gasolina al fuego. Su versión de un segundo tirador, que contó con ayuda y apoyo del mismo Estado Mayor Presidencial, llevó a la cárcel a varios inocentes, entre ellos el general Domiro Reyes, Tranquilino Venegas, El Lentes o El Clavadista y otros que la memoria diluye.

La verdad —y hay que decirlo— es que la investigación en los primeros momentos fue desaseada; el autor material confeso, Mario Aburto, fue declarado irregularmente, se prestó para que fuera paseado fuera de las instalaciones de la PGR, al entonces gobernador de Sonora, aunado a que desde un inicio la información no fluyó adecuadamente. Tampoco abonó a la credibilidad la presentación posterior en prisión del detenido Mario Aburto, a quien se obligó a rasurarse, lo que terminó de confundir a la opinión pública, porque las primeras imágenes televisivas del asesino no correspondían con la fisonomía de quien fue exhibido con ropa de presidiario, lo que generó una hipótesis que, hasta el día de hoy, sigue teniendo convencidos.

La investigación del caso es quizá la más exhaustiva que se ha llevado a cabo en nuestro país, se siguieron centenas de líneas de investigación, hasta las más disparatadas e inverosímiles fueron corroboradas y siempre se arribó a la conclusión de un solo asesino, el cual produjo dieciocho versiones diferentes de su actuación ese día, y hoy, a los veinte años del asesinato, el condenado pretende convencer de que él no fue y que las evidencias le fueron plantadas, lo que no resiste el menor análisis lógico, criminológico y de criminalística. Sin embargo, para el imaginario colectivo, se trató de una conspiración desde el poder.

Lo que sin duda habrá que reconocer es que el asesinato —que eso fue— de Luis Donaldo Colosio cambió el rumbo de la historia de México, quizá si hubiese llegado a la Presidencia, la transición democrática hubiese corrido por otros derroteros; quizá ni se hubiese producido la malhadada alternancia. Sólo que la historia se escribe con hechos.