María Dolores Bravo Arriaga

—–Segunda de dos partes—-

 

 

El Criollismo

Sin duda el más importante factor ideológico, psicológico y cultural de la interacción entre los ignacianos y los intelectuales novohispanos fue el desarrollo del criollismo. “Los sueños y las aspiraciones de los criollos –su necesidad de arraigarse en la tierra mexicana y su fidelidad a la Corona española […]– jamás hubieran podido formularse ni expresarse sin la Compañía de Jesús […]. Los jesuitas no sólo fueron los maestros de los criollos; fueron sus voceros y su conciencia.”[2]

“Criollismo” es un término que han utilizado grandes estudiosos de la cultura novohispana como Francisco de la Maza, Edmundo O’Gorman y Jorge Alberto Manrique. Una de las obras de Sigüenza y Góngora en donde más se manifiesta esta mentalidad criolla es, además del citado arco triunfal, en las Glorias de Querétaro. ¿Qué mecanismos simbólicos y racionales operan en el criollo, en el hijo de españoles nacido y arraigado en la Nueva España? Es ante todo un espíritu de pertenencia, este sentimiento no lo alberga sólo o necesariamente el nacido en América, puede ser también un peninsular que se sienta plenamente identificado con la nueva tierra. El criollo busca y encuentra una serie de signos de identidad que, como en las Glorias de Querétaro, se observan a la perfección: la generosidad de la tierra, la templanza excepcional del clima, la riqueza de productos naturales, la belleza de los paisajes, la abundancia de los minerales como rasgos nativos. Al hablar de la Naturaleza novohispana, Sigüenza dice con abierta intencionalidad y manifiesto orgullo:

No se necesita de que de otras partes se le conduzcan frutas, porque en cualquiera huerta de la ciudad hallará el criollo chirimoyas, aguacates, zapotes blancos, plátanos, guayabas, garambullos, pitayas, ciruelas, tunas diferentísimas; y no echará menos el gachupín sus celebrados y suspirados duraznos, granadas, membrillos, brevas, albérchigos, chabacanos, manzanas, peras, naranjas y limones de varias especies…[3]

El anhelo criollo, además de los signos de Naturaleza que acabamos de señalar de la generosidad de la tierra novohispana, emblematizaron la belleza, suntuosidad y riqueza de las ciudades como México, Puebla y Querétaro en las que marcaron espacio, amplitud, grandeza de edificios, en un estilo arquitectónico ya propio, que por otro lado era tan diferente a la estrechez de gran parte de las ciudades españolas.

El apego a la Nueva España se manifiesta también en sor Juana en algunas de sus obras más representativas; no solamente en su loa y auto sacramental del Divino Narciso en donde la monja otorga una elevación espiritual de gran dignidad a la cultura indígena, con una exuberante expresión alegórica, equiparándola a la española. Estos signos de identidad también se observan en algunos de sus poemas. Uno de sus romances epistolares[4] dirigido a una gran noble portuguesa, la duquesa de Aveyro, es una declaración de principios del espíritu criollo:

“Que yo, Señora, nací /en la América abundante, / compatrïota del oro, / paisana de los metales,” (vv. 81-85)

En estos versos se revive el tema de la mítica riqueza de este continente, sobre todo en lo que a metales preciosos se refiere, los que tanto explotaron los españoles y fueron en gran medida, por ese mismo exceso, causa de su quiebra económica. La triada léxica “nací”, “compatriota” y “paisana” posee una carga semántica que expresa el orgullo americano. En estos estupendos versos se filtra perfectamente bien la diferencia entre la Península y el Nuevo Mundo.

Asimismo, se manifiesta cómo los nacidos en esta tierra exuberante y riquísima, fuente de todos los productos, como vimos en Sigüenza, quedan libres de la maldición bíblica que sentencia que los hombres deben ganar el pan con el sudor de su frente:

“…que en ninguna parte más / se ostenta la tierra Madre. / De la común maldición / libres parece que nacen / sus hijos, según el pan / no cuesta al sudor afanes…” (vv. 89-92)

No dejemos escapar la expresión “tierra Madre”, es decir, la pertenencia que sólo otorga la calidez de una madre al ser oriundo de esta parte del orbe.

“Europa mejor lo diga, / pues ha tanto que, insaciable, / de sus abundantes venas / desangra los minerales…” (vv. 93-96)

Los versos anteriores denotan una fuerte y muy moderna protesta a la rapiña del viejo continente, no sólo con los productos de nuevo mundo, sino con la humanidad americana “pues ha tanto que, insaciable, / de sus abundantes venas / desangra los minerales…” (vv.94-96). El término “desangra” se puede aplicar metafóricamente tanto a las vetas de plata como a la sangre de los mineros que la trabajan.

Para concluir con la cultura criolla es imprescindible señalar, aunque sea brevemente, el culto a la Señora del Tepeyac; precisamente en las Glorias de Querétaro Sigüenza y Góngora describe y dignifica dos paraísos: el terrenal, del que ya hemos hablado al referirnos a la Naturaleza, y el celestial que se instaura con la construcción del templo a la Virgen de Guadalupe en esta ciudad novohispana, como expresa en esta muy barroca prosa:

Y con inmediación el clero de que se compone la Congregación de nuestra señora de Guadalupe, que en hombros de sus capellanes, entallada de bulto por destrísima mano y en unas andas que vestidas de blanca tela con flecos y guarniciones de oro, y hechas una portátil primavera de contrahechas flores fueron esmero de la curiosidad y el aliño; llevaba en sus manos las llaves de su nuevo templo para franquearle a su querido hijo el lugar permanente de su asistencia, así como dándole albergue en su virgíneo seno, nos abrió las puertas de la eternidad de la gloria.[5]

Al respecto señala Octavio Paz:

“…en las cambiadas circunstancias de la segunda mitad del siglo XVII, la aparición de la Virgen de Guadalupe, precisamente en el santuario de una diosa india, era una confirmación del carácter único y singular de Nueva España. Una verdadera señal, en el sentido religioso con que se empleaba esa palabra en el siglo XVII, que insinuaba una misteriosa conexión entre el mundo precolombino y el cristianismo”[6]

El juicio de Paz sobre Alarcón

“El otro gran escritor, Alarcón, pertenece realmente al teatro español de su época”.[7] Yo disiento porque Alarcón nunca fue realmente aceptado, ni gustó dentro del contexto hispánico. Entre él y los dramaturgos peninsulares había precipicios de diferencias; por ejemplo: la ausencia de Dios como destino en su teatro, tampoco escribe comedias de santos, comedias teológicas, ni autos sacramentales; por otro lado, su producción es muy reducida en contraste con la muy prolífica de los peninsulares: sólo veintiséis comedias.

Al respecto, la opinión de Alfonso Reyes al marcar la diferencia es muy convincente:

Todo lo cual viene a decir que Alarcón se apartaba un tanto […] de las normas que Lope había impuesto al teatro de su tiempo. El talento de observación, la íntima serenidad, aquella bondad nada quimérica, la fe en la razón como pauta misma de la vida, el respeto sin adustez a las categorías en todos los órdenes, la bravura de poesía cotidiana, son sus cualidades salientes. De aquí que se lo encuentre ‘moderno’[8]

Sobre Terrazas y González de Eslava

Algunas veces, las opiniones de Octavio Paz son muy precipitadas y da la sensación de que por no omitir a ciertos autores refiere sobre ellos un conocimiento muy superficial y lanza juicios descuidados. Su comentario sobre Terrazas es absolutamente esquemático e incluso mueve a risa: “[Autor] de algunos exquisitos sonetos, uno de ellos, memorable sobre unas piernas”[9]. El vocablo “piernas” hace absolutamente prosaicos unos de los versos más hermosos de la lengua española para metaforizar las excepcionales extremidades inferiores de una dama: ¡Ay, basas de marfil, vivo edificio / obrado del artífice del cielo, / columnas de /alabastro que en el suelo /nos dais del bien supremo claro indicio![10]

También me parece erróneo  su juicio sobre Fernán  González de Eslava: “en este poeta también se manifiesta la tendencia culta italianizante en unos pocos sonetos y en unas liras de amor, el resto de su obra o de lo que ella sobrevive son canciones a lo divino que le han dado un lugar aparte en nuestra lírica.”[11]

El ensayista omite el protagonismo principal de Eslava que es el de dramaturgo, pues aunque es un poeta destacado, su importancia fundamental se da como autor de 16 autos y coloquios alegóricos, en su mayor parte de tema religioso. En ellos se refleja la incipiente sociedad de su tiempo, así como la relación entre el poeta y los poderosos, tanto civiles como eclesiásticos, que es la semilla de lo que después será, en autores del siglo XVII, entre ellos Carlos de Sigüenza y Góngora y sor Juana, una abierta actitud cortesana entre los artistas y sus nobles e influyentes protectores.

Manierismo y barroco

Muy interesante, por el contrario, es la discusión que deja finalmente abierta entre Manierismo y Barroco. Como él mismo señala, la línea divisoria entre uno y otro es indecisa; toma los juicios de Ernst R. Curtius según los cuales: “el Manierismo es una tendencia que se presenta una y otra vez a lo largo de la historia de los estilos”[12]. Es un punto límite y final de cada etapa artística (hay un manierismo griego y otro romano, un manierismo medieval y uno moderno…). Podemos considerar que Curtius se refiere, pues, a que el Manierismo es un grado límite que está presente en cada época y periodo estético de la literatura.

Hay otros autores que, por el contrario, piensan que el Barroco es el punto de quiebre de cualquier estilo: hay un Barroco griego o helenístico, hay un Barroco medieval, etc.; es decir, es el momento climático en el que un estilo ha llegado hasta sus últimos límites estéticos y empieza a decaer.

Otro aspecto de la crítica de Paz es la relación que establece entre Manierismo y Barroco y poetas y movimientos de vanguardia del siglo XX, por ejemplo, Apollinaire y Eliot.

Creo que el ensayista sintetiza felizmente su pensamiento acerca de esta cuestión con el siguiente juicio: “Manierismo y Barroco representan el triunfo de la subjetividad del creador frente a la doble tiranía del canon estético y del modelo natural”.[13]

Como conclusión quisiera decir que, como señalé al principio, las trampas de la fe es un gran libro que entre otras cosas catapultó a sor Juana en muchos países y en muchas lenguas y a Paz le adelantó, desde antes, el Nobel como el gran poeta y ensayista que es.

Bibliografía

Juana Inés de la Cruz, Sor, Obras completas. Lírica personal. t. I. México, Fondo de Cultura Económica, 1976.

Flores de baria poesía. Cancionero novohispano del siglo XVI, prólogo y edición crítica de Margarita Peña, México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

Paz, Octavio, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, México, Seix Barral, 1982 (Biblioteca Breve).

Reyes, Alfonso, Letras de la Nueva España, México, Fondo de Cultura Económica, 1986.

Sigüenza y Góngora, Carlos de, Glorias de Querétaro, Estudio previo de Jaime Septién, México, Cantera Rosa, 2008.


[1] Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

[2] Paz, Ibid., p. 57.

[3] Carlos de Sigüenza y Góngora, Glorias de Querétaro. México, Cantera Rosa, 2008, s/p.

[4] Romance 37: Aplaude lo mismo que la Fama en la sabiduría sin par de la señora doña María de Guadalupe Alencastre, la única maravilla de nuestros siglos.

[5] Sigüenza. Ibid., s/p.

[6] Paz. Ibid., p. 63.

[7] Paz, Ibid., p. 69.

[8] Alfonso Reyes, Letras de la Nueva España. México, Fondo de Cultura Económica, 1986, pp. 70-71.

[9] Paz, Ibid., p. 72.

[10] Francisco de Terrazas, “¡Ay, basas de marfil, vivo edificio…!” en Flores de baria poesía. México, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 474.

[11] Paz. Idem.

[12] Paz. Ibid., 74.

[13] Paz, Ibid., 77.