Ilustración de Rafael Solana

Claudio R. Delgado

 

En más de dos décadas, la crítica “especializada” en México, no ha tenido ni la voluntad y menos el interés por estudiar y reivindicar el trabajo y la visión literaria del que fuera el primero y único impulsor de una de las revistas literarias más importantes de nuestra historia, me refiero a Rafael Solana y a sus Taller Poético (1936-1938) y Taller (1938-1940); por ello con ese afán reivindicatorio es que autorizamos al suplemento cultural en línea de la revista Siempre!: La Cultura Hoy, Mañana y Siempre!, a publicar por vez primera una de las cartas de respuesta de Don Alfonso Reyes al joven escritor de entonces, 22 años de edad, Rafael Solana.

Solana le escribe al Embajador de México en Argentina, en ese entonces Alfonso Reyes, el primero de diciembre de 1936, y en la carta enviada por Reyes al joven Rafael Solana el 26 de febrero de 1937 como respuesta, éste le hace patente su reconocimiento y su interés por el trabajo que Rafael Solana está desarrollando. Así mismo, Reyes comenta el libro del también joven de 23 años, Efraín Huerta, titulado Línea del Alba, el cual es editado por el mismo Solana, bajo el sello editorial de Taller Poético y que tuvo como cajista para formar la portada con sus propias manos, nada menos que al entonces ministro de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada y que fue impreso por el escritor Miguel N. Lira.

En la misma carta, Reyes se lamenta por “haberle fallado para la celebración de Garcilaso”, a Solana. Don Rafael seguramente solicitó al escritor regiomontano un ensayo para incluirlo en el tomito dedicado a conmemorar el centenario del poeta español Garcilaso de la Vega, en el que colaboró con un texto Don Jaime Torres Bodet, Alberto Quintero Álvarez y el mismo Rafael Solana.

Por último este suplemento también da a conocer una faceta desconocida de Rafael Solana, como dibujante o viñetista. Aquí aparece la publicación del poema de Efraín Huerta titulado: “Declaración de odio”, seguramente publicado por vez primera en Taller Poético en 1937 y el cual es ilustrado por Rafael Solana. Las viñetas de Don Rafael aparecen con fecha de 1936. La versión del hoy celebrado poema de Huerta difiere en parte de la definitiva que se conoce.

EL EMBAJADOR DE MÉXICO

Buenos Aires a 26 de febrero de 1937-

Señor Don Rafael Solana,-Querétaro N°206s-México-D.F. MÉXICO,-

Amigo Solana:

El exceso de tareas oficiales me ha impedido contestar a tiempo su carta del l°de di­ciembre del año pasado. Aunque, en efecto, reci- bí el primer Taller poético el segundo que Vd. me anuncia todavía no me ha llegado. Nuestro amigo Fernández del Campo me entregó el bello ejem- . plar de Línea del Alba. Lo he leído con verdadero deleite-Es una poesía de pureza y de inspiración. Es posible que yo esté un poco maniático en materia estética, pero le voy a decir con sinceridad lo que se me ocurre ante este libro; todos los poemitas parecen un sólo y mismo poema, lo cual en modo alguno serla un defecto. Pero todas estas piezas poéticas están construidas con una yuxtaposición de gritos líricos, y yo creo que se debe tender a que cada poema desenvuelva algo que, a falta de mejor palabra, yo llamaría un suceso; suceso que puede ser sólo de orden interior, no un acontecimiento práctico sino una idea que se desenvuelve, que empieza y acaba. En tal sentido, estas representaciones puramente sugestivas de momentos poéticos inconexos, temo que no realicen del todo el fin poético que se proponen, aún cuando estén construídas, como en el caso, con materia prima de primera calidad.

No me consuelo de haberle fallado para la celebración de Garcilaso. Pero créame que estoy verdaderamente agobiado de trabajos en este momento de mi vida. Otra vez será.

Entre tanto, téngame de su buen re­cuerdo y esté cierto de que sigo sus tareas con verdadero interés y con cariñosa atención.

 

DECLARACIÓN    DE    ODIO

HUERTA

 

Ilustró RAFAEL SOLANA

 

i un poema, es casi una “experiencia”,

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

ESTAR simplemente como delgada carne ya sin piel, como huesos y aire cabalgando en el alba, como un pequeño y mustio tiempo duradero entre penas y esperanzas perfectas. Estar vilmente atado por absurdas cadenas y escuchar viento a viento los penetrantes gritos que brotan del océano para más tarde ser agonizantes pájaros cayendo en la cubierta de los barcos obscuros y eternamente bellos, o sobre largas playas ensordecidas, ciegas de tanta fina espuma como miles de orquídeas.

Porque,  ¡qué alto mar, sucio y maravilloso!

¡Cómo chillan ahí las alegrías frías

y las tristezas plenas se rompen en colores!

Hay olas como árboles difuntos,

hay una rara calma y una fresca dulzura,

hay horas grises, blancas y amarillas.

Y es el cielo del mar, ¡alto cielo con vida!

que nos entra en la sangre, dando luz y sustento

a lo que hubiera muerto en las traidoras calles,

en las habitaciones turbias de esta negra ciudad.

Esta negra ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro,


de acero, sangre y apagado sudor.

Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros,

la miseria y los homosexuales  asquerosos,

las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas,

los rezos y las oraciones de los cristianos.

Agria ciudad donde caben coaliciones patronales,

una risible confederación de la clase media

con sus juventudes “nacionalistas” adheridas…

y aspirantes a fascistas o bestias sin remedio.

Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son alimento diario

de los jovencitos alcahuetes de talles ondulantes,

de las mujeres asnas, de los hombres vacíos.

Ciudad negra o colérica o mansa o cruel

o fastidiosa nada más:  sencillamente tibia.

rojos y (azulea

Pero valiente y vigorosa porque  en sus calles viven los días

de cuando el pueblo se organiza en columnas,

los días y las noches de los militantes comunistas,

los días y las noches de las huelgas victoriosas,

los crudos días en que los desocupados adiestran su rencor

agazapados en los jardines o en los quicios dolientes,

las tardes en que alguien nos recuerda

la insurrección de la marinería chilena en 1931,

el empuje de los jóvenes mineros de Mieres y de Sama

que tomaron Oviedo en 1934,

la vida maravillosa y alegre y entusiasta

que se vive en la U. R. S. S.


¡Los días en la ciudad!  Los días pesadísimos

como una cabeza cercenada con los ojos abiertos.

Estos días como fratás podridas.

Días enturbiados por salvajes mentiras.

Días incendiarios en que padecen las curiosas estatuas

y los monumentos son más estériles que nunca.

Larga, larga ciudad con sus albas como vírgenes hipócritas,

con sus minutos como niños desnudos,

con sus bochornosos actos de vieja díscola y aparatosa,

con sus callejuelas donde mueren extenuados, al fin,

los roncos emboscados y los asesinos de la alegría.

Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,

criadero de virtudes deshechas al torcer una hora,

páramo sofocante, nido blando  en que somos

como palabra ardiente desoída,

superficie en que vamos como un tránsito obscuro,

desierto en que latimos y respiramos vicios,

ancho bosque regado  por  dolorosas y punzantes lágrimas,

lágrimas   de  desprecio,  lágrimas  insultantes.

Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad.

A ti, a tus tristes y vulgarísimos burgueses,

a tus chicas de aire, caramelos y films americanos,

a tus juventudes ice cream rellenas de basura,

a tus desenfrenados maricones que devastan

las escuelas, la plaza Garibaldí,

la viva y venenosa calle de San Juan de Letrán.

Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte cada día

más inmensa,

cada hora más blanda, cada línea más brusca. Y si te odiamos, linda, primorosa ciudad sin esqueleto, lo hacemos por decencia, por dignidad de jóvenes. No lo hacemos por chiste refinado, nunca por neurastenia, sino por tu candor de virgen desvestida, por tu mes de diciembre y tus pupilas secas, por tu pequeña burguesía, por tus poetas publicistas, ¡por tus poetas, grandísima ciudad!, por ellos y su enfadosa categoría;

de descastados, por sus flojas virtudes de ocho sonetos diarios,

ENERO—”1937

PAGINA DIECISEIS- “