Gabriel Vargas Lozano (*)

 

Para Carmen y Magdalena Galindo

El pasado miércoles 5 de marzo murió, en forma sorpresiva, en la Ciudad de México, a los 91 años de edad, el filósofo Luis Villoro. La noticia se difundió con enorme rapidez y produjo una gran consternación en la comunidad cultural mexicana. Hacía apenas unos días que le había hablado por teléfono para preguntarle por su salud y me respondió con optimismo que muy bien. El tono de su respuesta me infundió confianza y pensé que su situación se mantendría estable por algunos años. Hacía unos meses (en diciembre de 2012) que había sido invitado por Mario Teodoro Ramírez, director del “Instituto de Investigaciones Filosóficas Luis Villoro Toranzo” de la Universidad Michoacana, a participar en un homenaje por sus noventa años de edad y en esa ocasión lo vi bastante entero, lúcido como siempre y muy atento a las exposiciones que se hacían sobre su obra. Me asombró que no le hicieran dormitar las intervenciones como suele ocurrir. Mi contribución a su homenaje fue el de hacer un recuento de la evolución de su pensamiento y de las razones por las cuáles había cambiado varias veces de concepción filosófica. En efecto, la primera etapa podría ser caracterizada como “historicista”, bajo la influencia del gran filósofo español transterrado en México (como le gustaba decir) José Gaos y de Leopoldo Zea, nuestro filósofo latinoamericanista. En este primer período, Villoro publicó dos excelentes libros: Los grandes momentos del indigenismo en México (1950) y El proceso ideológico de la revolución de independencia (1953). Un poco antes, a finales de los años 40 y principios de los cincuenta, Villoro había formado parte del grupo denominado “Hiperión” que reflexionó sobre “lo mexicano” a partir de filósofos existencialistas como Gabriel Marcel, J. P. Sartre y Martín Heidegger. Sin embargo, Villoro no se sintió a gusto en el historicismo y empezó a adoptar posiciones fenomenológicas procedentes de Husserl y luego fue transitando hacia la concepción analítica mediante un estudio muy riguroso sobre Descartes titulado La idea y el ente en la filosofía de Descartes (1965).

En 1967, Luis Villoro, Alejandro Rossi y Fernando Salmerón anunciaron, en una famosa mesa redonda efectuada en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la aparición en México de la filosofía analítica, una filosofía dedicada al análisis del lenguaje; a la filosofía de la ciencia natural y a la lógica simbólica. En aquella mesa. pero también en el primer editorial de una nueva revista de dimensión latinoamericana  denominada Crítica que fundaron en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, declararon obsoletas las concepciones de Caso y Vasconcelos, así como la filosofía latinoamericana; la marxista; la neokantiana; la metafísica y otras.  La tesis era que la filosofía debería de abandonar lo que llamaron “el folklor” y dedicarse al análisis del lenguaje y a la crítica conceptual. La forma en que se hizo el deslinde implicó una aguda confrontación entre analíticos; marxistas y latinoamericanistas.

En 1974, Luis Villoro fue uno de los fundadores de la Universidad Autónoma Metropolitana y en especial, del campus-Iztapalapa; de la División de Ciencias Sociales, de la cual fue su director y del Departamento de Filosofía. En esta etapa, Villoro se dedicó a promover la filosofía analítica y publicó su libro titulado: Creer, Saber y conocer (1982) que ya cuenta con numerosas ediciones. Tres años más tarde, Villoro publica el libro El concepto de ideología y otros ensayos. En este libro incluye su discurso de ingreso al Colegio Nacional denominado “Filosofía y dominación” y desde luego sus análisis sobre el concepto de ideología. Aquí se presenta una fuerte polémica entre Villoro y Adolfo Sánchez Vázquez sobre el tema. Se trataba del choque entre dos concepciones de la filosofía; de la ideología y de sus relaciones con la ciencia y la filosofía. Lo interesante de este debate fue que se realizó manteniendo un ejemplar respeto intelectual al grado de que sus discrepancias no impidieron que se forjara una amistad entrañable. De la filosofía analítica Villoro pasó a una nueva etapa que podemos denominar multiculturalista. A esta nueva etapa pertenecen, El poder y el valor; Los retos de la sociedad por venir y cuando estaba preparando un estudio denominado La alternativa, le sorprendió la muerte. ¿Por qué efectuó este cambio? A mi juicio influyó la Rebelión zapatista del primero de enero de 1974. En el último período de su vida, Villoro decidió adherirse por completo este movimiento. Los retos de la sociedad por venir y que tuve el honor de presentar en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. ¿Por qué la lucha indígena? Desde luego que está allí su oposición a la explotación, discriminación y opresión en contra de los descendientes de los pueblos originarios que ha durado más de 500 años, sin embargo, el mismo Villoro explica en una entrevista que, cuando era niño y se encontraba en el rancho de sus padres, se le acercó un viejo indígena para besarle la mano en señal de sumisión. Este fue un hecho que le causó una gran pesadumbre porque aquel acto expresó una inmensa injusticia. En el coloquio de homenaje a que he hecho referencia, los indígenas purépechas de Cherán, en un acto pleno de emotividad, le entregaron la bandera indígena y lo proclamaron “Tata” en medio de cantos indígenas. Ese acto nos conmovió a todos los asistentes profundamente.

Cuando pienso en esto, me viene a la cabeza el gran viejo Bertrand Russell con su cara de indignación siendo arrastrado a la comisaría por la policía londinense por su protesta en contra de la terrible guerra de los norteamericanos en contra del pueblo vietnamita. Villoro, después de un largo periplo filosófico y vital que lo llevó a ser gran elector de Rectores y directores en la UAM y en la UNAM, así como de ostentar una representación del gobierno mexicano (en tiempos de Miguel de la Madrid) ante la UNESCO; de formar parte de la elite intelectual del país, decide dedicar todos sus esfuerzos a la lucha de los indígenas de México, una lucha no violenta que emula a Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela. Villoro consideró que nuestro país había desembocado en una situación intolerable; lleno  de injusticias; viviendo una falsa democracia liberal y con una gran incomunicación entre las culturas que forman un Estado plural por definición.

Hay una veta poco conocida del pensamiento de Luis Villoro. El filósofo, que hizo gala siempre de su racionalismo, encontró la existencia de una zona de lo sagrado, de lo infinito, de la meditación sobre el cosmos frente al cual realmente no somos nada. El filósofo de Creer, saber, conocer  hacía discurrir, en forma paralela otra veta que arranca con el maravilloso texto titulado “La Significación del silencio”; su meditación en “La mezquita azul” y su reflexión en “Lo indecible en el Tractatus”, textos que forman un libro titulado,  Vislumbres de lo otro.

He visto recientemente varias fotografías de Villoro que reflejan diversas posturas que le conocí. Un Villoro sonriente, pensativo, altivo, impenetrable, que parecía esconder  su sentimiento trágico de la vida tras una sonrisa. Lo ví y escuché dirigirse al público en forma verdaderamente brillante pero también, después de haber sufrido un problema vascular, hablar con mucha dificultad que a base de terapias, venció poco a poco. Lo vi cuando pronunció un discurso a los 35 años de la Asociación Filosófica de México; en ponencias en congresos de filosofía en España, en Puebla, en México, en Guadalajara. Lo vi feliz recibiendo algunos reconocimientos significativos y finalmente, lo vi en su ataúd pero ya irreconocible.  El maquillaje de la funeraria lo había dejado irreconocible.

La muerte de Villoro me dejó consternado. Me recordé cuando, visiblemente conmovido, se acerco al ataúd en donde yacía Sánchez Vázquez y le dedicó una profunda meditación. Dos filósofos distintos, dos grandes maestros del pensar que sostenían concepciones filosóficas distintas, pero que coincidían en dos cosas: este mundo debe ser cambiado y una nueva sociedad más justa y libre debe ser construida.

México, D.F. 13 de marzo de 2014.

(*)Profesor investigador del Departamento de filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Iztapalapa.