Entrevista con Sergio González Rodríguez

 

En la contraportada de la más reciente novela del escritor mexicano Sergio González Rodríguez, El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic (Literatura Mondadori, México, 2013), se topa uno con una arriesgadísima aseveración: “Hay novelas malas, regulares y buenas. Ésta es una novela extraordinaria sobre la venganza y el poder de la imaginación” (las cursivas son mías.)

Y más adelante: “Con esta obra, Sergio González Rodríguez renueva el género novelístico en las letras iberoamericanas y ratifica la creatividad que lo distingue.

 

Autor sin pasión ni coraje

Imposible negarle méritos a este autor, mucho más conocido —y reconocido— como crítico literario y, sobretodo, como periodista. Su reportaje Huesos en el desierto (Anagrama, 2002) es el primero que se sumerge hasta la cintura en los aún irresueltos feminicidios de Ciudad Juárez.

Como narrador, sin embargo, carece de la pasión y el coraje que lo distinguen como periodista.El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic es una negación casi absoluta, precisamente, del “poder de la imaginación”, y empieza desde el título, la segunda parte al menos, porque la primera, señala González Rodríguez, es un homenaje a James Joyce.

“El título es lo último que aparece durante la creación de la novela —afirma— y tuvo que ver con dos vertientes; una, El retrato del artista adolescente, de James Joyce, donde el protagonista está un poco inmerso descifrando el mundo y tiene una formulación de ideas estéticas que propone epifanías o revelaciones, y la segunda, se refiere a El hombre que confundía a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks, donde refiere entre otros casos la esquizofrenia”.

 

La trama

El protagonista adolescente de esta novela, Dano, no recibe por parte de su autor el mismo trato empático y, pudiera decirse, condescendiente, que James Joyce manifiesta hacia su alter ego, Stephen Dedalus. Aquí, la desbordada imaginación de Dano, así como su vocación como autor de cómics, es valorada —o infravalorada—, si no como un problema mental —aunque González Rodríguez menciona el término “esquizofrenia”— sí como una anomalía que el personaje que le hace contrapeso, un adulto cultísimo con una vasta biblioteca y que sabe todo sobre todo, inclusive sobre “cómics”, género que evidentemente desprecia, se siente obligado a “curar”.

González Rodríguez pone la siguiente reflexión en labios del “hombre mayor” que lleva la batuta de la narración: “(…) Los jóvenes pueden ser muchas cosas, pero casi nunca comunican dignidad, ni siquiera cuando se las gastan de cruzados de causas nobles. Tienen algo de farsantes, de mercachifles del oportunismo de la hora, de buscadores de su gajo de posteridad prematura en campañas gregarias. Si al menos fueran individualistas a ultranza, serían mejores. Caricaturas de cómica primario”.

Aun así, el autor afirma: “Es una novela para todo tipo de lectores. Puede parecer que es una novela juvenil pero, en cuanto uno la lee, descubre que no es solo una novela juvenil, aunque podría atraer a los jóvenes… de hecho, yo esperaría que lo hiciera. Se mueve más en el terreno de la novela de ideas, no solo la novela de acción”.

“Descreo —agrega— de las novelas que son solo entretenimiento o diversión. Considero que la novela es un género que permite muchas aproximaciones y debe dejar alguna riqueza en el lector. No me interesa escribir novelas con bromas y chistes en cada línea, donde se plantean historias anecdóticas”.

Mi desconcierto

Revelo a mi entrevistado mi desconcierto respecto a que una disertación sobre el cómic (que eso es, básicamente, esta novela) sirva a su finalidad central de ilustrar un “choque generacional” entre un adolescente actual y un hombre maduro cuya edad no se revela, pero podría estar entre los 50 y 60 años, es decir, alguien a quien le tocó vivir el auge y esplendor de los cómics en México.

“No pretendo ser un especialista, pero de niño leí comics tradicionales, llámese La Familia Burrón o Batman. Me parecía que tenía que plantearse una discusión desde el punto de vista generacional sobre la novela gráfica, por eso puse un diálogo entre el joven y el hombre mayor, que tienen punto de vista muy distintos. No dilucidan gran cosa, pero se desafían mutuamente”.

“Mi intención —agrega— es plantear este dilema: un chico que tienda a confundir el mundo con un cómic, seguramente va a tener graves problemas, y la misión del personaje maduro es decirle algo así como «te lo dije, el mundo es más complejo»”.

Y siguiendo con esta forzada convivencia entre realismo y ficción, González Rodríguez insiste: “Si alguien como Dano pretende ejecutar una venganza, seguramente va a fracasar porque su visión del mundo es demasiado simple. No hay una sola forma de ver el mundo, claro, pero a Dano esa forma específica de verlo se lo complica todo, porque pasa por alto que el mundo es más complejo y las variables mucho más elaboradas de lo que él preveía. No entiende la dimensión de sus adversarios, que es acerca de lo cual intenta prevenirlo el hombre mayor”.

¿Y qué hay de este “hombre mayor” —le cuestiono— sin nombre que insiste en “bajar de su nube” a un potencial artista que, como todo artista, no ve el mundo como a su mentor y al propio autor les gustaría que lo viera?

“Es un hombre mayor —dice— con un pasado como revolucionario, que estuvo en la guerrilla y mantiene su ideología revolucionaria. Se formó en el secreto de sí mismo. Tiende a retraerse y nunca sabremos bien quién es. Lo que él cuenta no es prácticamente nada en relación a toda su vida y desconocemos todo sobre él. Me interesaba más retratar una personalidad. Nos enteramos de paso que su madre murió, pero él no quiere contarse a sí mismo. No le crees a un personaje mientras no te cuente toda su vida, pero en la realidad hay mucha gente sobre la que crees que sabes mucho y no sabes nada. Estos son personajes de umbral de transición, que es a mi juicio uno de los aspectos más interesantes de la vida ultra contemporánea”.

No es común que un autor escriba sobre un tema que menosprecia o subestima, antes bien, escribe sobre lo que le apasiona, le intriga, sobre lo que quiere saber más. González Rodríguez quiso hacer la excepción o simplemente eligió un camino poco viable para una “novela de ideas”, como sería el caso de otros títulos de su producción, más loables, como la excelente El plan Schreber.

Por otro lado, y hay que recalcarlo, aquí no se está descubriendo el hilo negro: la estética del cómic, la novela gráfica no solo han influido en la literatura, sino que han contribuido a excepcionales experimentos formales, y en México tenemos bastantes casos de extraordinarios autores que las han fusionado con éxito como Bernardo Fernández, Francisco Hinojosa o Alberto Chimal, por no mencionar a Etgar Keret, Chuck Palahniuk o la genial Christa  Faust, quien ha recreado literariamente las atmósferas y el lenguaje propio del pulp o cómic bizarro.

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