Ricardo Muñoz Munguía
La soledad la atrapó siempre. En gran medida por la circunstancia, en otros casos por su rebeldía o por los afectos que para Helena Paz Garro —así lo hace notar— nunca llegaron como quizás ella lo esperaba.
Helena Paz Garro contó con esa mirada que penetra su propio ser. También dejó en su memoria las huellas de los pasos oscuros, es decir, la gran mayoría se trata de escenas que se abollaban el espíritu. Habitó en un mundo que no era el suyo. Su niñez estaba plagada de adultos, su adolescencia con varios movimientos la inquietaban y su edad adulta apegada a un medio que no le acomodaba, tal vez por haberlo tenido en su vida y que si no aborreció, por lo menos no lo disfrutó y ahora no lo hacía parte de ella.
Es sumamente sabido que Helena Paz Garro no tuvo una relación cordial con ninguno de sus padres. En muchos momentos de su vida se sintió relegada. De su padre le tocó la constante lejanía que le obligaba sus labores, y de su madre, aunque estuvo con ella hasta su muerte, la dibuja en varios momentos ensimismada, lo que también es otro tipo de lejanía. Ambos padres de un carácter determinado y rígido la envolvían en cierta confusión. De su niñez, la que Helena enmarca con su abuela y otros familiares, muestra las llagas. Los viajes parecen no entusiasmarla. La edad adulta no la siente suya… Helena Paz Garro, desde su infancia, menciona los múltiples escalofríos que da la soledad, empujada a estar en ella y para ella. Su libro nos hace suponerla como la mujer que llegó a un territorio ajeno, el que habitó con la amargura de quien no puede negar ni renunciar su lugar, en el que no se reconoce, el que no debe abandonar.
Una larga lista de personalidades aparecen en estas páginas que desvelan momentos agrios y, también, instantes, los menos, que conseguían un tipo de felicidad. Y, por encima de todo ello, se trata de un testimonio valioso por habitar ese escenario donde los protagonistas de la política, la cultura, el arte…, en diversas parte del mundo, le tocó ser testigo.
