Centenario de María Félix
(1914-2014)
Luis Terán
“La vida de una actriz es sueño, y si no es sueño no es nada.”
María Félix
¿Quién fue María Félix?
Amada y odiada, ella misma gustaba de su propia personalidad y la imagen que se forjó en el cine; se divertía al subvertir la objetividad de los periodistas y del público. Ni la edad debilitó su temperamento avasallante y provocador. Unos cuantos meses antes de morir, la Félix asistió al Auditorio Nacional a presenciar un concierto de Luis Miguel; el cantante le dedicó su actuación, fue a su lugar a saludarla y le dio un beso en la boca. A la salida del espectáculo, los periodistas y fotógrafos rodearon el auto donde viajaba la diva: “Hasta luego, los quiero mucho, me despido de todos ustedes con el beso que me dio Luis Miguel”. Y realmente fue su última aparición pública.
Diva de Divas
Dice de ella el crítico de cine David Thompson (que durante muchos años publicó sus artículos en el New York Times) en su “Nuevo diccionario biográfico del cine”: “La pueden llamar una actriz terrible, la pueden llamar la diva de las divas, pero nadie puede negar que fue la más grande estrella de cine de México y la más grande de todas las estrellas del cine hablado en español (…) ella no sólo dominó la industria fílmica mexicana y fue un ídolo nacional, una celebridad de proporciones colosales, fue modelo de artistas de la talla de Diego Rivera, José Clemente Orozco y ya en el mundo en los años cincuenta y sesenta, de Jean Cocteau, Leonora Carrington, Leonor Fini, Remedios Varo, Pedro Friedeberg. (…) Siempre fue recibida como una reina: Eva Perón la consideró una gran amiga. Frida Kahlo le pidió que se casara con su marido, Diego Rivera. El rey Farouk de Egipto le ofreció dentro de la joyería Cartier un regalo millonario por una noche de amor. La Félix rehusó pero le preguntó si podría darle el regalo si aceptaba la noche con su chofer que sí le gustó; Farouk se negó y ella también.
“En el cine fue la mujer decidida, la vampiresa, la prostituta, la gángster, la revolucionaria.” Dice Thompson que lo que enloqueció al público mexicano, primero, y luego al internacional, fue su rechazo a la sumisión con un desplante machista. Según él varias de sus películas son derivadas de los vehículos trazados en Hollywood para Joan Crawford. Para él, sus trabajos más notables ocurren en Enamorada, Río escondido, de Emilio Fernández. En La fiebre sube al Pao, de Luis Buñuel y en French Cancán, dice que tanto la Crawford como Ava Gardner, figuras de la misma época, oscurecen ante la belleza brutal de la Félix. Personificando a la “Belle Abesse” en French Cancán, de Jean Renoir rinde homenaje a los pintores impresionistas en su película; como pensó que la pintura de su padre, Auguste Renoir no le iba a la Félix, le creó un ambiente Mattise a la Doña. Dice Thompson que domina la pantalla con su look Matisse.
María Félix Chamán
Para el novelista norteamericano, Edmund White que la entrevistó y le escribió un artículo para la revista Vanity Fair en 1991, la Félix pertenece a una clase de especie en extinción, la estrella de cine al estilo de Greta Garbo, Marlene Dietrich. La considera primordial en la historia de la cultura en México de los años cuarenta a los setentas “y más allá”. Dice, según sus palabras, que es una actriz que se transformó de máscara de alabastro criollo en la reina de los indígenas, ya que pidió a su última pareja, el pintor Antoine Tzapoff que la pintara como india del México norte, de donde ella era nativa, presumiendo su sangre yaqui. (Acotación: El cineasta Jean Renoir dijo: “María Félix pertenece a una tribu del norte de México, me daba la mano en la mañana y me dolía todo el día”).
Para Edmund White, la Félix es una heroína nacional, una chamana que con su belleza transmite magia, ilusiones al público. No le asombra que le hayan otorgado tributos por “Una vida al servicio de la nación”, como una especie de embajadora de México y que la Universidad Nacional Autónoma de México que ella admiró siempre, le extendiera una medalla al reconocimiento de su carrera, fundiendo varias de sus películas en nitrato de plata para realizar el premio. En tal ocasión, la Félix dijo, entre otras cosas, “Agradecidísima por la medalla que me otorga la Universidad Nacional Autónoma de México, institución que he admirado toda mi vida, más si fue el lugar dónde mi hijo Enrique estudió su carrera en Ciencias Políticas; yo que he sido una improvisada en el trabajo y que aprendí a fuerza de golpes y determinación, me siento doblemente honrada con la distinción”.
La Doña devoradora
Carlos Monsiváis publicó en El País, en España, el artículo “La Doña devoradora”. Dice Monsiváis: María recibió adjetivos como “Despótica, lúcida, inesperadamente tierna, narcisista al punto de la autofagia”. Amigos, Félix y Monsiváis, ella dijo de él: “Aunque siempre que habla o escribe de mí me hace polvo, de todas maneras lo adoro”. Monsiváis continúa: “María Félix siempre desdeñó esa variante del anonimato que es suponer cotidianas sus apariciones en público”. Y agrega: “María Félix se califica como una mujer con corazón de hombre, aunque en realidad “describe los derechos de una mujer, ella misma, que no representa al género y que nunca deja de representarlo”.
Habla también de “la suntuosidad de la Félix en sus películas, lo fascinante y divertido de estos melodramas no radica en los argumentos sino en las atmósferas, el extremismo de las situaciones y en los diálogos completamente trabajados para ella”.
También habla de que es imposible reconstruir con fidelidad el clima de acecho, difamaciones y odio cerrado que rodeó a María Félix en su ascenso y consolidación.
Todo lo que se dice de ella es creído y creíble, lo primordial es mencionarla, cada alusión a su existencia si se quiere acudir a términos casi exactos, es un altar o un patíbulo, a menudo ambas cosas juntas.
Las zonas sagradas de la Félix
Carlos Fuentes publicó su novela, Zona sagrada en 1967, últimamente no ha sido editada, pero es el libro con más reimpresiones del escritor. Es una versión de la vida de María Félix bajo el nombre de Claudia Nervo.
Estuvo a punto de filmarse en 1968, dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, con guión del realizador y de su mujer, Beatriz Guido, con las actuaciones de María Félix y Alfredo Alcón. La coproducción entre André Durona por Estados Unidos y Clasa por México estuvo a un tris de realizarse; Guido y Fuentes no se pusieron de acuerdo en ciertos puntos del libreto.
Para Clasa, Luis Alcoriza pensó reunir a María Félix con su hijo Enrique Álvarez Félix en Zona sagrada, con guión de Alcoriza, a punto de arrancar el rodaje, todo organizado para empezar la filmación, el presidente Díaz Ordaz ordenó cancelar el rodaje por un artículo que escribió Carlos Fuentes sobre la matanza de Tlatelolco en un periódico francés en 1969.
A fines de los setentas, el cineasta norteamericano, Robert Aldrich (murió en 1983), pretendió reunir a María Félix y a su hijo en una versión hollywoodesca de Zona sagrada que nunca pudo llevarse al cabo. Antes, Aldrich trató de convencer a la Félix de filmar en los cincuentas Apache, con Burt Lancaster, en los sesentas, Sodoma y Gomorra y La leyenda de Lylah Clare, que terminó interpretando, Kim Novak. El director que fuera asistente de Jean Renoir en El sureño, conoció a la Félix en el set de French Cancán. Había quedado fascinado con ella desde que la vio en Enamorada.
Estrella
Luis Spota escribió la novela, “La estrella vacía”, basada libremente en la vida de María Félix. Una actriz ambiciosa que se transforma en una celebridad. Aquí su nombre es Olga Lang; fue llevada al cine por el director Emilio Gómez Muriel, con un guión de Julio Alejandro en 1958.
“Esa mujer es tan bella que hace daño”
“Tú no eres María Félix, eres una loca que dice ser María Félix”:
Jean Cocteau
El escritor español Terenci Moix, dice entre otras cosas de María Félix, “Reina continental, arribó a España para ejercer de emperatriz como en todo lugar dónde instituyó su poder. (…) “María Félix, después de su esplendorosa presencia en México captada por Gabriel Figueroa y Alex Philips, en sus trasplantes a cinematografías extranjeras lució divina y algunas veces hasta parodió su imagen de perversa. Inolvidable en French Cancán, de Jean Renoir; intensa en sus films de pasiones “A la francesa” como La fiebre sube al Pao , de Luis Buñuel, con Gerard Philippe y Jean Servais, y en Los héroes están fatigados, con Yves Montand, Curt Jurgens y Jean Servais. A la Félix la comprendió muy bien la pintora Leonor Fini, la realzó como la encarnación del arte y la personificación de todos sus poderes míticos; obsérvese uno de sus cuadros dedicados a la diva en la que sugiere a María convertida en corteza de árbol salvaje”. Dice también Terenci Moix que María simbolizó la autoridad de la gran matrona romana en uno de sus films italianos y que le faltó una tragedia griega, no sería ninguna sorpresa descubrirla en un juego de máscaras, ya que ella siempre fue “de categoría superior”. María siempre tuvo el don del cine, ninguna otra actriz de cine mundial sabe convertir las modas de los años cuarenta y cincuenta en atributos intrínsecos de la mujer fatal: los vestidos de terciopelo negro, los visones como símbolo de poder, los abrigos de enorme solapa como imaginados para esconder un rostro culpable, elementos que contribuyen a magnificar la ilusión de una mujer que todo lo puede y a quien a de cuadrar como nadie el mote de Doña, sea Doña Diabla o Doña Bárbara, o simplemente la Doña: María Félix”.
“Con ella todo se vale: demuestra ser “la india más bella en La escondida (en Europa, La pasionaria) proporciona a la épica de la revolución un halo romántico, con los fastos de la Belle Époque, luce con la excentricidad de una escultura “Art Noveau” en La belle Otero, Café Colón y French Cancán, donde el heredero de los grandes impresionistas se complace mirándola como si fuera la reencarnación de un Caprice orientalista. Esta María Félix convertida en homenaje a la pintura francesa nos deslumbra con su gracia y sus sorprendentes rasgos de humor”.
“Destaca también su enigmática presencia en La corona negra, film de culto que escribió para ella, Jean Cocteau. Aparece como una sombra onírica, siempre fatal, envuelta en el delirio y la pesadilla”. Cocteau dijo de ella: “Esa mujer es tan bella que hace daño” y: “Tú no eres María Félix, eres una loca que dice ser María Félix”. En La corona negra, Vittorio Gassman y Rossano Brazzi, son sus coestrellas.
María Félix: Fuego y fervor
El escritor Guillermo Cabrera Infante, dice en su ensayo “Estrellas, actrices y pecadoras” “… que las figuras de Hollywood, Mary Astor en El halcón maltés y Jennifer Jones en Duelo al sol, El retrato de Jenny y Ruby Gentry, tienen su contrapartida en María Félix, una actriz capaz de decir una frase que en otra mujer sería cómica, la Félix la llena de pasión y peligro. En su gran momento de Doña Diabla, María a la que siempre llaman “La Doña” en México, echa fuego por los ojos, humo por la nariz, (sin estar fumando) y al saberse traicionada por un hombre, de su boca sale un juramento que es una promesa. “¡Ahora seré Doña Diabla¡”, y pobre de aquél que lo dude”. Cabrera Infante que conoció y habló varias veces con ella en Paris, en la Habana y en España, agrega: “María que es rara avis, el Fénix que arde de ardor, es en su vida diaria tan fogosa y peligrosa como en el cine.
En su ensayo “Ave Félix”, dentro del libro Cine o sardina, Cabrera Infante apunta: “Cuando surgió María Félix en el mes de abril era, como Afrodita, ya una mujer hecha. Uno de los dones de la Félix es que siempre fue una mujer: nunca nadie la recuerda como una muchacha o una adolescente alta. Aún las otras diosas del cine, versiones de Venus, como Greta Garbo o Marlene Dietrich, jamás fueron mujeres completas. La Garbo en Gran hotel era una temblorosa niña neurótica, una ballerina patética. Marlene Dietrich en El ángel azul era una púber pervertida. Pero María Félix fue siempre muy mujer. Ella no era una malcriada versión mexicana de la fierecilla domada, ni una bella máscara hierática y helada bajo la piel cobriza ni una india pasiva y apática, por mencionar a tres estrellas internacionales mexicanas. María fue siempre su propia ama, La Doña, y su carácter no le permitía jamás descender a la mera moza sumisa. Antes de la liberación de la mujer, ella no era sólo una mujer liberada sino dueña de su destino y en muchas ocasiones del destino de los hombres que se atrevían a cruzar su camino; como la Diana al ser sorprendida en su baño en el bosque por un cazador de imágenes, es capaz de matar al mirón con sus propios perros. La orden de matar proviene de la divinidad desnuda. María Félix era de temer y aún enamorada su amor era tan terrible como su odio y los celos hacían de Otelo un moro moroso. Cuando se piensa en las otras dos mujeres verdaderamente bellas del siglo veinte, Greta Garbo y Hedy Lamarr, María Félix es la única que abandonada en una isla desierta como Robinson Crusoe, sería una real Robinsona, capaz de no sólo sobrevivir y de reconstruir su civilización con dedicada, delicada minuciosidad, sino de rechazar a Viernes por superfluo y exterminar a todos los caníbales con su odio destructor. Mientras que otras como Hedy Lamarr hubiera sido violada por Viernes y devorada por los antropófagos, María se lo habría almorzado. Los ojos de la Félix son fuego y fervor”.
Cabrera Infante, más adelante agrega: “si a alguno le parece excesiva esta comparación, reducida a tres estrellas de cine: Greta Garbo, Marlene Dietrich, Hedy Lamarr es porque no encuentro otras bellezas del tamaño de María Félix. Parodiando a la Norma Desmond que personifica Gloria Swanson en Sunset Boulevard y viendo a tantas y tantas “starlets”, hay que decir: “No es que la pantalla haya reducido a las estrellas. Es que antes las estrellas eran grandes”. María Félix, nunca hay que olvidarlo es grande entre las grandes.
“María Félix es una original. Ella es su propio canon de belleza y sólo es posible compararla consigo misma. Su Gestalt se descompone en su larga cabellera en ondas. Pocos ojos del cine consiguen ese resplandor visible hasta en las fotos fijas”.
Cuando alguien me dijo: María Félix es todavía bella, respondí que “todavía” es una palabra mezquina para María Félix, eterna como Venus.
Y finaliza: “Quiero agradecer (,,,) el placer que María Félix me ha regalado sin pedirme nada en cambio. Lo escrito se une a los diversos homenajes que otros hombres le han rendido a su persona de distinta manera”.
María Félix: Ojos bárbaros
Salvador Novo, escribió una obra “La Güera y la Estrella”, uno de sus diálogos entre personajes famosos. Además de ser un intercambio de temperamentos fuertes, María Félix y la Güera Rodríguez, sostienen un incisivo diálogo intemporal. Es una obra con mucho humor.
Novo dirigió a La Félix en La voz humana, de Jean Cocteau para la televisión de Monterrey, en 1964, traducida y adaptada por el propio Novo. Novo apunta en sus memorias: “Es un positivo descaro lo hermosa que es esta mujer, que respira y exhala la felicidad de vivir, por sus ojos bárbaros, por su rostro de porcelana, por su cuerpo flexible y tenso, por su voz cálida y por el afecto con que prodiga atenciones a sus privilegiados…”
María Félix, una invención propia
Manuel Puig, el célebre autor de La traición de Rita Hayworth, de Boquitas pintadas, de El beso de la mujer araña, apuntó: “María Félix nunca imitó a nadie, ella es su propia invención. Critican su voz, en realidad es una voz fuerte, modulada, inconfundible”.
En Spoleto y en París
El teatrista argentino francés Alfredo Arias estrenó en 1963, su espectáculo, Diosa en Spoleto, Italia. Inspirado en vida y leyendas de María Félix que aparecía como la diosa Artemisa, un “show” surrealista enmarcado en las ruinas romanas de la ciudad.
Arias la reelaboró y la reestrenó en París en el teatro Space de Pierre Cardin en 1980.
Estirpe de genio:
Octavio Paz
“Hay una diferencia entre los mitos de ayer y de hoy: la ninfa se convierte en constelación por voluntad de Zeus, mientras que la María Félix que todos conocemos es el resultado de lo que hizo con ella misma, con su cuerpo y con su cara, con su alma y con su vida, todos sabemos que María pertenece a la raza de las divas y los ídolos. Subrayo que esa raza es una estirpe no de la sangre sino del talento, o más exactamente del genio.
“María Félix nació dos veces: sus padres la engendraron y luego ella se inventó a sí misma. María Félix es una mujer muy mujer que ha tenido la osadía de no ajustarse a la idea que se han hecho los machos de la mujer. Es libre como el viento; dispersa o congrega a las nubes, las parte o las ilumina con una centella, con una mirada. Su magnetismo se concentra en sus ojos alternativamente serenos y tempestuosos; atraen y fulminan. Como Armida: la comparación es inevitable, un momento es hielo y otro fuego. Hielo que el sol desata en arroyos, fuego que se transforma en claridad”.
El embrujo de María Félix
El historiador Enrique Krauze escribió en el prólogo del libro, “Todas mis guerras”, de María Félix: “Usted se ha robado el siglo”, y más adelante refiere: “María Félix optó por proteger su personaje. Desde un principio, percibió que en torno a él se había creado un mito y sintió que su imperativo mayor era respetarlo. Su distancia, como en aquel cuento de Rulfo, se oye.
“Su genio verbal me sorprendió casi tanto como su hermosura tenaz. Cada frase tenía giros inusitados. Había algo de fuete, de puñal en sus hallazgos, una sorpresa incesante que no tenía su origen en lecturas o reflejos miméticos sino en un venero propio, construido al cabo de mil experiencias, viajes, personas, su trato con escritores –Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Renato Leduc, Mauricio Magdaleno, Efraín Huerta,- contribuyó seguramente a alertar su oído, pero la originalidad de su voz era evidente. Y si a la creatividad se aunaba la corrección, la charla de sobremesa se volvía lo que fue aquella: un acto de encantamiento”.
El secreto es que no hay secreto
El gran director de fotografía, Nestor Almendros destacó en su libro Cinemanía que uno de los momentos cumbres en la cinematografía mexicana ocurre en La Cucaracha cuando María Félix y Emilio Fernández se comen un helado sentados a la mesa durante los festejos de una feria de pueblo; que el trabajo interpretativo de la Félix, a cargo de un excelente director de actores, Ismael Rodríguez, alcanza momentos insospechados; lo mismo sucede con Emilio Fernández.
La Félix asistió en Nueva York en 1982, a un club nocturno llamado “La cage au folles” (La jaula de las locas) en compañía de Néstor Almendros y un amigo de él que estudiaba cine; las travestis que imitaban a figuras fílmicas en el show del lugar quedaron sin habla cuando la vieron. Una de ellas, llamada “International Crisis”, le dijo: no podemos creerlo, yo vengo hasta a ti para preguntarte: ¿Cómo le haces, tu imitación es perfecta”. Ella sonrió y le hizo un cariño en el rostro: “el secreto es que no hay secreto”. Aunque no lo comprendieron, de alguna manera les reveló que era ella misma, y todas pasaron una noche inolvidable.
Para ella el glamour, esencial como el oxígeno
Los autores James Robert Parish y Don E. Stanke, señalan en su libro, The Glamour Girls que “el ejemplo más valioso de glamour en el cine, le fue negado a Hollywood. María Félix, estrella de docenas de películas mexicanas, francesas, italianas, españolas, argentinas, nunca filmó una cinta en inglés. Siempre permanecerá en los anales de la historia del cine como la gran pérdida para el cine norteamericano”.
“Siempre me ofrecieron contratos”, refiere La Félix, “pero ellos me querían para personificar indias y campesinas sumisas, y después de todo María Félix es María Félix”. No cayó en el chovinismo de Hollywood. “Para ella, el glamour era tan esencial como el oxígeno”. En sus films, “La Doña luce diez pies de alto, brilla como una aparición deslumbrante, ya sea como la amazona vengativa o la devoradora de hombres cubierta de minks y esmeraldas”.
