Juan Antonio Rosado
El modelo de economía en boga promueve la creación de necesidades. Inventar una necesidad es abrir un hueco, hacer que la gente se dé cuenta de una carencia, de que carece de algo. ¿Por qué? Porque los demás lo tienen y gozan de ello. Trátese de lo que se trate, siempre son bienes materiales. Para quienes, desde la infancia, han desarrollado la cultura del apego en todos los sentidos, es muy difícil concebir un mundo sin ciertas cosas. Hasta aquí, no he escrito contra este fenómeno. De hecho, para un escritor que desea escribir durante la noche y no cuente ni con velas ni con otro tipo de medio para ver, el que no haya luz eléctrica constituiría para él algo casi trágico. Es imposible, en una sociedad como la nuestra, vivir sin ciertos apegos a ciertas cosas que ahora resultan no sólo necesarias, sino a menudo indispensables.
No obstante, más allá de lo que cada quien —de acuerdo con su profesión y modo de vida— considera indispensable, existe la ambición desmesurada y la compulsión consumista que lleva a la gente más irracional a utilizar lo poco que tiene de razón para imitar o incluso emular a los demás. Los medios masivos de comunicación producen carencias y también envidias. Pocos se percatan de que no es el más pobre quien menos tiene, sino el que más ambiciona o necesita, y ocurre lo mismo al revés: el más rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita o ambiciona. El apetito consumista de tener (en lugar de ser más) resulta un claro ejemplo de lo anterior y muchos pensadores e intelectuales en general han reflexionado sobre este fenómeno.
El ser humano ha encarado el deseo desde distintos puntos de vista. Algunas tendencias filosóficas de la antigua India no veían en el deseo sino la fuente de todas las infelicidades, amarguras y carencias. Quien no desea, quien sólo recibe lo que el azar le trae, puede pasar sus días con la plenitud del que no carece de nada. La fuente de la felicidad —según esta visión— radicaría en no desear, lo cual haría quebrar todo nuestro sistema de consumismos a ultranza, que nos ofrece objetos inútiles en medio de una competencia sin cuartel. Pero el ser humano nunca dejará de ser un animal deseante o —como sostienen Deleuze y Guattari— una máquina deseante. El deseo nos conduce a lo que fuimos cuando lo saciamos porque, como no puedo desear lo que no conozco, el deseo está vinculado a la memoria, al recuerdo de un placer y a la necesidad de satisfacerlo: es dinámico y nos lleva a unirnos con un ser que no somos. Pero el deseo produce necesidades y más y más carencias: de ahí que sea como un vaivén, un oleaje.
