José Homero
Yo prefiero una gente que tiene pasión…
Emmanuel Carballo
Charles Baudelaire preconizaba al escritor crear un personaje. Cada sociedad, cada comunidad, circula mediante tipos. En la baraja de la literatura mexicana la carta del Crítico la encarna Emmanuel Carballo (1929-2014). Antes de él existieron Pedro Henríquez Ureña, Carlos González Peña, José Luis Martínez, después de él José Joaquín Blanco, Adolfo Castañón, Christopher Domínguez Michael… Con todo, Carballo continúa detentando el tipo del crítico, grabados rasgos diríase románticos: evaluación de una obra mediante el gusto personal, criterio y audacia para calificar aprobando o reprobando, proclamas proféticas sobre qué será y no leído. El crítico ante todo debe poseer un gusto, ser su propia medida, establecer apuestas, urdir un canon, trazar historias. El crítico como arúspice del tiempo: tasador del pasado, valuador del presente e inversor en la bolsa del porvenir literario. Un crítico vigía. Lejos tal figura de la mesura y el trazo toponímico del profesor de academia, de los dómines que hoy dominan la crítica.
Si la modernidad se sustenta sobre la diferencia, la irrupción de Carballo en el panorama apacible de las letras mexicanas de la primera mitad del siglo XX constituye una insolencia. Asociamos la modernidad literaria con poetas y más tarde narradores que convierten su intemperancia en identificación y bandera estética. Poetas malditos, poetas de vanguardia, infrarrealistas y neobohemios cuestionan y provocan los criterios del arte entronizado. Carballo, poeta menor, convirtió su vida, su actitud, en una provocación. Su crítica, más que por sus juicios, permanecerá como un performance: una actuación cuya propuesta era conmover. Cimbrar. Fue el gran poeta maldito de la crítica. Y un fajador literario como pocos.
Carballo conmovió a la República de las Letras siendo lenguaraz. En las diversas entrevistas que el maestro de los entrevistadores concedió —con Carballo la entrevista logra su madurez como género literario en México— se asume, presume y constriñe a un papel: francotirador, crítico bocafloja, franco hasta la insolencia y el descaro. Para una literatura que defendía el decoro y la continuidad de las estampas del álbum de familia, una literatura que tenía en Carlos González Peña —¿quién lo recuerda?— a su crítico y en el tibio Enrique González Martínez a su emblema, el ejercicio crítico de Carballo, en aquellos educados años cincuenta, seguro causó un pánico semejante a la llegada del ferrocarril a la estación Ciotat filmada por los Lumiere. Entrevistado por Elena Poniatowska, para el suplemento de México en la cultura, el arribista Carballo declaró que la única operación que González Martínez no realizó fue torcerle el cuello al búho. Fue la primera de una larga serie de entrevistas donde Carballo epataba a los burgueses espetando.
Encarnar un tipo, ser una figura sujeta a una serie, conlleva un mal: constreñir a la persona al personaje. Mucho de eso sufrió Carballo. Sí la figura de crítico emergió aun en su muerte, el rasgo que mejor lo define, es el de empresario. Empresario en su sentido lato, no el aborto lingüístico “emprendedor”. Singularmente una de las editoriales, acaso la más recordada de aquellas para las que trabajó, se nombró Empresas Editoriales, donde habría de rescatar y editar a autores que andando el tiempo devendrían esenciales. Estamos ante un creador de empresas culturales. Bastaría mencionar la fundación de la Revista Mexicana de Literatura, en 1955, con Carlos Fuentes —quienes la heredan, sabemos, a Tomás Segovia y Juan García Ponce; la creación de la serie Nuevos Escritores Mexicanos presentados por sí mismos, cuya inspiración, a decir de Antonio Saborit, procede de la Autobiografía precoz de Evguéni Evtuchenko, la editorial Diógenes, decana entre las editoriales independientes mexicanas, los suplementos y secciones de cultura que coordinó, el último de ellos punto, donde una nueva generación de críticos mexicanos, de diversas disciplinas, veló sus armas y acometió su propio camino inspirado en el ejemplo del director. Descubrió, promovió y estableció un modesto canon. Autores singulares y marginales, como Parménides García Saldaña, deben al respeto de Carballo por el talento la publicación de su obra. “Un crítico vale también por los escritores que descubre”, dijo a Marco Antonio Campos.
Generosidad con los jóvenes
Carballo siendo atrabancado, en ocasiones de ánimo levantisco y proclive al arrebato —sus insultos a Octavio Paz más que denigrar al poeta exhiben a Carballo como resentido—, fue ante todo generoso. Personaje paradójico, promovió la lectura de nuestros clásicos y apoyó a los jóvenes. Consciente de su papel histórico no se asumió un crítico de largo aliento sino de una etapa: el crítico del momento más glorioso de la literatura mexicana: de los cincuenta a los primeros setenta. “Años definitivos para la literatura mexicana” sentenció. Tal decretó obligatoria para jóvenes escritores la lectura de Alfonso Reyes, a quien proclamó nuestro único clásico al tiempo que negaba tuviera obras relevantes en ningún género, descubrió y rompió lanzas a favor de los nuevos narradores. Reconoció a sus mayores y promovió a los jóvenes; abogó por una literatura eminentemente mexicana pero no provinciana; y además de la crítica como evaluación ejerció esa otra forma de la crítica, más modesta pero acaso más necesaria, que es el rescate, la historiografía, la antología. En suma la criba, el cimiento. Al cabo terminó construyendo un palacio de la memoria donde cada una de sus salas fueron otros tantos volúmenes firmados por Carballo: antología, compilaciones, notas críticas, historia. Al final: sus propias memorias.
Sumemos a la figura de Carballo la memoria. Si su actividad crítica y sus opiniones intempestivas signaron y cifraron su actuación, lo cierto es que junto a uno de los pocos libros clásicos de nuestra crítica, Protagonistas de la literatura mexicana, Carballo sumó otros títulos en los cuales visitó a nuestros clásicos, exhumó autores y en suma fue la piedra basal sobre la que erigimos nuestra memoria literaria. Junto al clásico libro de entrevistas, en nuestro anaquel deben figurar sus tomos de incursión histórica que son a un tiempo evaluación y registro generoso de la vitalidad de nuestras letras: Historia de las letras mexicanas en el siglo XIX y Diccionario crítico de las letras mexicanas en el siglo XIX (2001).
Destino curioso: comenzó siendo un crítico de periódicos, un juez que desde las páginas de la efímera cotidianeidad, dictaba sentencia y terminó siendo nuestro guardián del tesoro, el oficiante de la biblioteca mexicana. En su al final copiosa bibliografía —aún en los ochenta su bibliografía no alcanzaba una decena de títulos— queda pendiente la tarea de componer, labor de criba, una poética con sus declaraciones y precisiones sobre la tarea crítica. He aquí una: “El crítico tiene el compromiso de probar que sus juicios son correctos, que no habla de memoria sino que, por el contrario, sus ideas están respaldadas por la realidad estética de la obra que analiza. Por otra parte, tiene el derecho de decir lo que piensa tal como lo piensa, sin eufemismos, sin presiones, en voz alta y con toda la boca. Si yerra, que las letras mexicanas se lo reprochen; si acierta, que aplacen su sentencia de muerte y lo dejen vivir en paz sus contados días”.
Al final quedará de Carballo su perspicacia crítica, su generosidad como lector de la literatura mexicana, su apenas ponderada buena prosa. Memorialista, fue también ensayista. Lector de José Vasconcelos, por quien no ocultó su admiración —Ulises criollo lista en su tasa de clásicos, terminó siendo un buen discípulo. Lo prueban sus tomos de memorias; de los últimos Diario público. Así a Dionicio Morales le confesó: “Las memorias y los ensayos siempre me han gustado. Quizás el verdadero Emmanuel Carballo, el más valioso, sea el que hace ensayos, textos autobiográficos y entrevistas, que es una manera de hacer que los demás se confiesen a sí mismos”.
Quizá también en ese porvenir que ya es presente los lectores descubrirán que detrás de la figura del Crítico en la baraja de la literatura mexicana palpitaba el rostro colorido de la carta 0 del tarot: Le mat.
