Ricardo Muñoz Munguía
(Primera de dos partes)

La mirada, que no el poder ver, es la virtud de leer el fondo de lo que nos rodea. Escenarios, personas, hechos que para el que sólo ve pueden pasar desapercibidos pero para el que goza de esa mirada es la de encontrar detalles o instantes que vienen a ser tatuajes en la memoria. Así, la palabra es la mención, es periodismo.
La escritora Ana Livia Salinas González —nacida en Coyoacán, en la Ciudad de México— es de esa mirada honda. Su libro, que por nombre completo lleva el de La palabra en el espejo: recopilación de una inmersión periodística, es prueba de ello. Los cinco apartados que integran el volumen ofrecen un panorama de los temas que atraen su atención, que van de lo histórico, como es el caso de la primera sección, en que nos deja ver a José Guadalupe Posada, el gran grabador mexicano del humor macabro y satírico que murió en la pobreza y fue a parar en una fosa común, junto a otras tantas calaveras que le ocuparon su mirada; y ahí también la periodista radicada en Tabasco expone a Manuel Alfonso Manilla, fundador de la tradición gráfica que antecedió a Posada y que también produjo mucho material para ilustrar las publicaciones que salían del taller de Antonio Venegas Arroyo. Con ilación, porque salió también de la imprenta del mismo Venegas Arroyo, atiende el corrido y apoyada de la imaginación le da cuerpo al creador que enmarca a los juglares de la Revolución y, por otro lado, a las andanzas, por llamarle de algún modo, del dinero: monedas de oro atesoradas mientras los billetes no ofrecían certidumbre pues podría surgir una nueva moneda en ese México revolucionario. Otro aspecto que considero el final de viva voz revolucionaria —que en los noventa ya se podía sentir extinta esta generación—, es la gente que fueron testigos de aquellos acontecimientos que hoy abundan en más de un siglo, como es el caso de Caro, abuela de Ana Livia —quien recoge estas voces—, una mujer que vivió la Decena Trágica que, entre otras cosas, era ver los cadáveres amontonados en las calles del Zócalo; o, también de su tía abuela, Luisita, quien tenía que ir a su trabajo agachada para evitar las balas que eran constantes por los fuegos cruzados de los bandos huertistas y maderistas. También presenta un interesante esbozo de Belisario Domínguez en su discurso que ningún impresor quiso reproducir pero una joven valiente, trabajadora de una imprenta, lo sacó en máquinas ajenas y a escondidas, hasta el asesinato de este médico chiapaneco, en Coyoacán. El segundo apartado registra celebraciones tradicionales tabasqueñas que pueden ser tan extrañas como la de arrojarse harina u otras de sincretismo religioso, así como el infaltable Día de muertos que en varias culturas prehispánicas consistía en poner al lado de la persona muerta el cadáver de un perro para que éste lo ayudara en su viaje, y a mí en especial me atrae esta creencia porque tiene su origen en la Laguna de Chigna­huapan (Pue­bla), según Fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de la Nueva España —y que después fue retomado por Alfonso Caso—; y para cerrar este apartado la autora se ocupó en describir la presencia —de las más valiosas para el cómic mexicano— que le fue impactante pues se trataba ni más ni menos que de “Kalimán, el hombre increíble”, que había llegado a su oficina para que ella lo entrevistara. La tercera sección se centra en la pasión que deja el escribir, de cómo un ensayo que elaboró sobre Baudelaire la traslada, o traslada al poeta francés, a combinar los tiempos o jalarlo fantasmalmente para que se entable una comunicación; otro, sobre el análisis en los microtextos y sus estudiosos; después atiende de manera crítica a la poesía, y a la pseudopoesía, desde sus escenarios reales de valor o de pura pose; y de lo que ella salva
—también literalmente, pues no olvidemos la inundación de 2007—, es un volumen del tabasqueño Teodosio García Ruiz que agrupa crónicas en el volumen Villahermosa, peligro para caminantes.