Patricia Gutiérrez-Otero
Para los niños y familiares de la guardería ABC
En la vida de una persona, algunos acontecimientos son paradigmáticos de lo que sucede en una sociedad, en ese sentido, las dos entregas anteriores las escribí sobre la situación que vivió mi madre en el Instituto Mexicano del Seguro Social (imss). Escribo sobre ella y su situación por los que no tienen quien escriba por ellos para narrar lo que les sucede en esa institución. El imss fue fundado en 1943 para brindar servicios de salud y seguridad social a los derechohabientes afiliados a ese Instituto mediante aportaciones de los trabajadores y de sus patrones. Con el paso del tiempo se ha transformado en un gran elefante en el que se manejan inmensas cantidades de dinero de manera burocráticamente ineficaz, amén de la corrupción típica de las instituciones.
Tras la primera columna que publiqué en este espacio, recibí un correo electrónico de Beatriz Elena Domínguez Andazola, Titular del Área de Gestión de la Coordinación Técnica de Atención y Orientación del imss. Se trataba de un amable machote que rezaba: “Por este conducto, me permito solicitarle sea tan amable de otorgarnos algún número telefónico de contacto con la finalidad de comunicarnos para obtener información complementaria, y estar en condiciones de atender su petición”. (Las cursivas son mías). En primer lugar, yo no había hecho ninguna petición, había denunciado una situación de facto en un medio público. Por otra parte, el correo tiene fecha del 15 de abril. Ese día falleció mi madre tras ser dada de alta hospitalaria el lunes 14 de abril por la tarde. El lunes 14 mi madre no podía respirar pues las enfermeras no explicaron al pariente de 24 horas que la bombita de oxígeno debía contener siempre agua por lo que se le quemaba el esófago (el tema del apoyo de los parientes de 24 horas merece un texto aparte: sugiero que los que prevean acompañar a un pariente tomen un curso exprés de enfermería y ascesis si no quieren regarla o ser regañados), ese lunes le quitaron los puntos de su muñón amputado y en la tarde la llevaron a casa. Al preguntarle al Dr. Rico, jefe de cirujanos de la clínica 58, qué analgésico le darían, respondió que las aspirinas eran más que suficiente. En la noche no soportaba el dolor, se le desprendieron los puntos, comenzó la agonía; a las 5:27 del martes 15, falleció.
Nosotros no pedíamos que los médicos salvarán un cuerpo colapsado, queríamos claridad médica sobre los hechos y que no se nos mintiera (no se le hizo a tiempo el doppler porque decían que ahí no tenían el aparato aunque ya con la pierna amputada se le realizó el estudio ahí mismo; también nos mintieron sobre una primera transfusión que jamás se realizó), pedíamos una atención integral a un paciente que quizá ya sólo necesitaba cuidados paliativos.
Estoy en contra de la privatización del imss, pero estoy a favor de una reorganización eficaz de recursos y estrategias para el bien de los médicos y del personal y, sobre todo, de los pacientes y sus familiares.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno.
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