El Vaticano protegió a Marcial Maciel hasta el final

Humberto Musacchio

Por fortuna, en las naciones más o menos democráticas hay libertad de cultos. Cada quien puede escoger la religión de su gusto o ninguna, si así le place. Las convicciones sobre la existencia de dioses, ángeles y seres extraterrenos están en el ámbito de la intimidad y basta que cada persona crea en un conjunto de dogmas para considerarse de una u otra filiación religiosa.

Pero la libre adscripción a un credo no exime a religión alguna del escrutinio público. Universidades y otros centros de estudio, la prensa y la crítica analizan las religiones, establecen sus características principales, sus semejanzas con otras, el número de creyentes con que cuentan, la capacidad de convocatoria y autoridad de sus líderes, el comportamiento de sus ministros, sus relaciones con el poder terrenal y su capacidad económica, que también cuenta.

Los católicos son muy libres de creer en la santidad de un pontífice que avaló a Augusto Pinochet y sus torturadores y asesinos, que levantó un imperio financiero para impulsar su política anticomunista, que guardó un injustificable silencio ante el suicidio de dos de sus banqueros (Roberto Calvi o Michele Sindona), que desplegó en múltiples formas su hostilidad contra los sacerdotes de la teología de la liberación y otros que tomaron la opción por los pobres, que abandonó a ministros como el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado por los militares de El Salvador; que recibió y bendijo a muy conocidos narcos mexicanos a cambio de su dinero y que se mostró indiferente ante los reiterados casos de pedofilia conocidos en Irlanda, Estados Unidos y otros países.

Para los mexicanos, resultan muy conocidos los escándalos del polígamo y pederasta Marcial Maciel, al que El Vaticano protegió hasta el final y a quien el cardenal Velasio de Paolis absolvió reiteradamente, pues representaba una importantísima fuente de ingresos para la iglesia de Roma. Con el fin de proteger a Maciel de las muchas denuncias que pesaban en su contra, se le envió a un monasterio en España, de donde Juan Pablo II lo sacó para traerlo en su última visita a México, para mayor escarnio de sus víctimas.

De modo que, más allá de los aspectos teológicos y las muy respetables creencias de los católicos, están el disimulo frente la archicorrupta curia vaticana, la voracidad ante el dinero mal habido, la protección de criminales y la complicidad en múltiples casos delictivos mundialmente conocidos. Juan Pablo II, lejos de ser un santo, fue un pecador que, como dice el chistorete que circula en estos días, respaldó a quienes instauraron el culto del Santo Prepucio.