No sé por qué en la literatura de García Márquez todo mundo quiere encontrar el prietito en el arroz. Como si los críticos temieran ese derecho que reivindicaba Cortázar, el derecho de aplaudir. Cuando se publicó El otoño del Patriarca se apresuraron algunos a escribir que no le llegaba a Cien años de soledad y cuando apareció Crónica de una muerte anunciada que es obra de arte mayor, aunque de reducidas proporciones, e incluso cuando surgió El amor en los tiempos del cólera, no faltaron los que aseguraron, como si fuera pecado estar a su propia altura, que se repetía. El Premio Nobel (después de todo, siempre se deja sentir el aleteo del colonialismo) los ha hecho irse con más tiento. Sin embargo, me temo que tras estas objeciones, si descontamos la envidia, esté el prejuicio que vuelve incompatibles popularidad y acierto estético. Como si no fuera verdad que Balzac tuvo (y tiene) legiones de- lectores y Víctor Hugo lo mismo.

Los Doce cuentos peregrinos no son, por fortuna, distintos a los que nos tiene acostumbrados García Márquez. Sn embargo, se advierte cierto aire otoñal. Son, creo que por primera vez, amargos. La muerte se cuela en “E1 rastro de tu sangre en la. nieve”, en “Tramontana” o en “Maria dos Prazeres” y la mala jugada del destino en “Sólo vine a hablar por teléfono”. Por momentos, aunque no al final, en “Buen viaje, señor presidente”. Al contrario, para ejemplificar lo que quiero decir, “La santa” se enfrenta a la muerte de un modo francamente .juguetón y, en este aspecto, se acerca más a sus anteriores relatos, aparece García Márquez de cuerpo entero.

Hay escritores, la mayoría, que tienen la insana pretensión de formar un objeto literario. Los menos, y a esa estirpe pertenece García Márquez, están interesados en narrar una historia, en contar un cuento. Narran, como Cervantes, para los que los escuchan.

Los relatos, ya que ocurren en Barcelona, Ginebra, Roma y París, tienen un aire europeo. Se permite el autor, incluso, expresiones en otros idiomas, pero los cuentos no pierden su buena índole popular. Son casi sin variar inverosímiles, yno digo fantásticos a propósito, porque la fantasía tiene algo de cuento de hadas, de arbitrariedad, y en este escritor hay más bien un narrador que, fingidamente crédulo y realmente supersticioso, se cree su propio cuento. Para él, como para todo cantor popular, parece ser real (aunque juegue en contra de la verosimilitud) un hombre que arrastra a su muertita incorrupta en su afán de canonizarla o unos niños que navegan en una inundación de luz o el no menos mágico y pleno de ternura, por más que trate de engañarnos con su disfraz realista, del presidente destronado que hay que proteger.

Respecto de sus otras obras, la formada por Doce cuentos peregrinos, tiene la singularidad de que parece cuidada con afanes de-miniaturista. No conoce punto de reposo en cuanto a que la lengua suene como recién inventada, sin que por eso tenga el menor parecido con la creación un tanto forzada de algunas vanguardias. No tiene un aire barroco, recargado, pero tampoco nada que se diga del modo directo del ques carente de imaginación, acostumbra llamar al pan, pan y al vino, vino. Cada descripción aparece con su Inesperada metáfora que a ratos se prolonga en breves alegorías y cada palabra lleva a cuestas, cuando lo lleva, claro, un adjetivo calibrado con minucioso tino. No parece que le falte ni le sobre nada. Tanta perfección, no eclipsa el humor, sello distintivo de la literatura de García Márquez que más olvidan mencionar los críticos y el que más aprecian los lectores.

Para terminar, sólo hay que añadir que en “La santa”, una obra perfecta, se cuela García Márquez como personaje lo que nos permite atisbar su época romana en que estudió guión cinematográfico nada menos que con Césare Zavattini, el maestro del neorrealismo.

(Carmen Galindo).