Cuando apareció Terra Nostra de Carlos Fuentes, muy pocos nos animamos a escribir sobre tan monumental novela (“para leerla se necesita beca”, decía Monsiváis), pero, en cambio, todo mundo se ha dado el gusto de opinar sobre Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, ya que requiere dos horitas para leerla de primera a la última página. La mayoría de la crítica, me cuentan, se ha declarado en contra, en especial porque el escritor tiene dos argumentos que lo perjudican, el que tiene más lectores que todos sus colegas juntos y el que su actuación política les causa resquemores a muchas personas, máxime, porque, agudos que son, como que ya le comienzan a inteligir que sus obras maestras y sus declaraciones tienen el mismo significado.

Hace tiempo conté en este espacio que a Juan García Ponce, sus personajes (los de “Tajimara”) le pegaron en una esquina de la Zona Rosa, pues bien, los de García Márquez ya presentaron demanda formal por medio de su abogado. De nueva cuenta, entonces, se plantean las relaciones entre lo verdadero y lo verosímil, entre el periodismo y la literatura, pero como yo ya les he dado la lata diciéndoles lo que pienso sobre el tema, preferiría tratar otro asunto, aunque de soslayo aparecerá, sin duda, al rato. Uno de mis alumnos de la UNAM, Arturo, comentaba en clase que él estaba en contra de los críticos que afirmaban que García Márquez se había entrampado en su propia retórica, desordenado como es, comenzó a aportar pruebas en las que el principal asunto era que existía menos desmesura, hipérbole o exageración, que en El otoño del Patriarca, aunque él mismo admitía que eso no sería un defecto y que la reiteración de una retórica es, al fin y al cabo, lo que llamamos el estilo de un escritor. Señalaba incluso que, por ejemplo, cuando uno entra a un museo y descubre un cuadro de Van Gogh, aunque no lo haya visto nunca, reconoce su estilo y afirma “ahí hay un Van Gogh”, es evidente, concluía que lo mismo podríamos decir es un Borges o un García Márque<. Así que encontrar rasgos de familia entre Cien años de soledad y otras obras de García Márquez no es, que se sepa, un pecado, aunque sí se supone que, como el arte es renovación incesante, creación, pues, hay que constatar, decía, que Crónica de una muerte anunciada, como que toca tierra y, concluía Arturo, “uno se lo cree de lleno, completamente”.

Crónica de una muerte anunciada, así como un libro anterior antológico Crónicas y reportajes, nos permiten espiar el arte de hacer literatura de García Márquez, ya que ambas obras, la primera reconocida como ficción y la segunda como periodismo, comparten el hecho de que surgen de entrevistas que luego, tanto en un libro como en el otro, ya no aparecen como tales, sino que toman la forma de ese género que, con un pie en la ficción y otro en la historia, reconocemos como crónica. Pero una vez establecida esta semejanza y este método, creo que también es válido decir que el relato de la tan anunciada muerte está muy cercano a otro que es el preferido del autor y de muchos críticos: El coronel no tiene quien le escriba; no sólo se reitera de manera muy evidente y quizá azarosa, el detalle de las cartas, unas ausentes y otras sin abrir, sino que Ángela Vicario tiene la misma fortaleza, a prueba de balas y de desengaños, que posee el coronel. Y aquí creo que encaja otra cuestión, no sólo el optimismo del novelista, sino esa su manera alegre y maliciosa de escribir, donde la constatación puntual de los hechos no sólo añade verdad al relato, sino que, sobre todo, hace sonreír al lector, datos en apariencia superfluos, pero que, puestos a definir, son lo indispensable en todos los grandes, se llamen Borges o García Márquez o Dostoievski. Pero el relato de García Márquez no sólo vale por lo que está, sino por lo que falta, por ejemplo, cuando afirma que la madre por una vez en su vida no le hace caso a su esposo y nos deja entrever, con sólo una frase, toda una forma de vivir. La desmesura de siempre, que según mi alumno Arturo se pone contradictoriamente límites con su política de puertas abiertas a la vida, se manifiesta, por ejemplo, con la rumbosa boda que, a pesar de toda su exageración, queda dentro de la cerca de lo posible. Se podría decir mucho más, pero como el espacio se acaba, sólo quisiera recordar que esta reconstrucción de lo real, este tratar “de recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria”, según la precisa y hermosa frase de García Márquez, es ni más ni menos que la misma tarea que emprendieron Proust o Joyce, por mencionar a dos, cuyos personajes son también documentalmente reales. Pero, y después de tantas notas mías a favor de la confusión entre verdad y ficción, te pregunto, lector, ¿si los personajes de García Márquez son reales, por qué, entonces, se declaran en Colombia inocentes? ¿No será que todo es real, salvo, claro está, el que se trate de una muerte largamente anunciada? Y esto te lo pregunto, porque, García Márquez, que le sigue la pista a la realidad, tiene, y ésta es una característica central de su literatura, una desbordante imaginación. (Carmen Galindo)