Juan Antonio Rosado
En una carta de Alfonso Reyes a Pedro Henríquez Ureña (Monterrey, 21 de febrero de 1908), comenta el primero que un señor fue a visitar la capital del país y se quejó, alarmado, de la “enorme prostitución que hay en México”. Reyes le respondió: “Siento en el alma que no sea mayor, porque sería indicio de civilización”. Doy por supuesto que, si bien el ingenio regiomontano no profundiza ni continúa su reflexión, implica necesariamente una prostitución reglamentada, controlada por un poder que tendría en cuenta la sanidad de las trabajadoras y, claro está, sus lugares de operación y la seguridad de éstos.
El término “pornografía”, creado por Restif de la Bretonne en el siglo XVIII, en su libro El pornógrafo, contempla la regulación de la prostitución. En ese mismo siglo, el español Nicolás Fernández de Moratín compuso su extenso poema Arte de las putas, donde por primera vez
—hasta donde conozco— se menciona en literatura en lengua española la palabra “condón”, derivada del apellido de un higienista inglés. Cito los primeros versos del poema:
La pasión amorosa es bipolar: hiere y cura, mancha y limpia. A veces, mata. No requiere ni siquiera cuerpos. Basta sentirla, dejar que las emociones dominen la mente, la acaparen, la cerquen, la manipulen. En contraste, la prostitución es higiénica en tanto que nada del interior rebana nuestro ser hasta transformarlo, enaltecerlo o degradarlo. Permanecemos intactos porque no hay nada más allá de los cuerpos que pueda involucrarse en nuestro intelecto. Éste permanece puro e intocable. Y sin embargo, el solo pretender traspasar el umbral del cuerpo —o instalarse en la hybris para evadir las reglas del juego— puede ser en extremo arriesgado. Esta nota se titula “La prostitución necesaria” y no “La necesaria prostitución”. Preferí el adjetivo especificativo y no el explicativo porque no toda prostitución es necesaria: la hay producto de la explotación, de la miseria, de la violencia, del engaño. Aquí me referí a la necesaria para la armonía social. Si se le prohibiera, aumentarían los casos de violaciones y la violencia en general. Sería cerrar una válvula de escape. De Thaïs (léase la novela de Anatole France) a Linda Lovelace, hay un abismo.
